Allí estaba, pensé. El mero parecía un mero de unos cuatro kilos. No apreté el gatillo, pues llevaba el fusil cargado en la primera muesca. Así que subí a la superficie, cargué el fusil en la segunda muesca, y bajé con la linterna y el fusil para buscar a aquel mero. Allí estaba, pero esta vez había agotado mi tiempo de apnea, así que subí de nuevo a la superficie y me ventilé los pulmones. Bajé de nuevo, le ví allá al fondo de la cueva, se veía mas chico debido a la lejanía. Pero se le vía un ojo. Apunté a uno de aquellos ojos, y apreté el gatillo con la frialdad que requiere un tiro de cirujano, es decir, sin mover la culata mientras apretaba el gatillo, salvo para afinar la puntería cosa que hice unos fracciones de segundo antes de apretar el gatillo. Ni siquiera miré si había dado en el blanco. La apnea aquel día no era muy buena. Una semana anterior durmiendo unas cinco horas como máximo, tenía mi organismo un poco colapasado. Pero no importa, me lo tomé con tranquilidad. Busqué la boya sacameros. Coloqué el cigarro sacameros, o fideo, después una de las boyas, y busqué un segundo fusil para afianzar al mero con un segundo disparo al cerebro. Me costó mucho, pues había cambiado el arpón del fusil de repuesto recientemente, y la primera muesca se encontraba mas retrasada de lo habitual. Así que no pude cargar las gomas del 18. Busqué en la boya un obús de repuesto que fuese mas largo, para ver si me era posible cargar el fusil en la primera muesca. Me costó un poco, porque, entre la fuerte corriente y el pequeño oleaje, me hacían balancearme y no atinar con el enroscado del obús. Al final lo conseguí. Pero entonces me dí cuenta, que la boya sacameros y el cigarro sacameros, había sacado al mero de su guarida. Así que el trabajo me lo habían hecho las boyas. Pero cuando vi al mero me pareció muy chico. La cueva y la distancia a la que se hallaba el mero me habían engañado sobre el tamaño del animal. Pero ya estaba clavado y bien clavado y no podía abandonarlo. Así que lo colgué en el aro. Después vi al rato una gran cola de pescado asomando por una grieta entre dos rocas. Bajé varias veces, pero cada vez que bajaba el pez desaparecía. Era una corvina perro enorme. Me dí cuenta que volvía a aparecer una vez me veía en la superficie, pero se escondía cuando bajaba. Pero allí estaba entrando y saliendo. Así que me convertí en una especie de gato para atraparla. Bajé una última vez sin casi hacer la maniobra de wansalva para no asustarla, aún sabiendo que me podía estropera los tímpanos. Pero por el tamaño del lomo, aquel animal se merecía correr un pequeño riesgo. Varias veces bajaba y varias veces desaparecía el pez. Hasta que una última vez la clavé atravesándola por el cuerpo de arriba hacia abajo. El animal se debatía clavada del arpón, por lo que no tardé mucho en clavarle el cuchillo en la cabeza para matarla.
Después ví otro mero, que saqué de un disparo certero hacía uno de sus ojos. Tampoco era muy grande. Algunos pequeños salmonetes fueron cazados mientras nadaban a media agua de disparos de cirujano.
La apnea fue mala, pero el aro estaba casi lleno de pescado. La suerte del pescador submarino es inversamente proporcional a su forma física.