MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

miércoles, 27 de febrero de 2019

El agujero de la rata y la roca del zorro. El sargo estaba enmedio.





















Habida cuenta de que,  la presión del Bien Emérito y merluzo megalodón, sobre la zona, era abusiva. Decidí aquel día, meterme a bucear en el Cabo de las Corrientes. Aquel Cabo, conocido porque, en él habitaba una rata enorme en su agujero. La rata solo comía basura. Debido a la cantidad de mierda que comía, la rata estaba gorda en abundancia. Su agujero, se hallaba en pleno asfalto, junto a la acera, muy próximo a la alcantarilla. Cada día, cuando la rata se levantaba muy de madrugada, veía desde su agujero, la silueta recortada,  allá en el horizonte, sobre una roca, del zorro del Cabo de las Corrientes. Aquel zorro, por su hábitat, se alimentaba de pequeños roedores del majestuoso monte que conformaba el Cabo. Pero el zorro, jamás pudo ver a la rata, ya que, aquella se encontraba a dos kilómetros de distancia, metida en su agujero.
Harto el zorro, de comer siempre lo mismo, un día, le llegaron noticias de una rata enorme, bien alimentada y engordada a base de basura y mierda.
La rata, no aspiraba a salir de su agujero, pues allí tenía la basura y mierda necesaria para satisfacer su vida de rata. Por otro lado, le daba un miedo terrible pensar que,  si abandonaba su agujero, aquel zorro que,  ella veía cada mañana de madrugada, colocado en su roca,  majestuosamente y de forma depredadora, podría  acabar con su pobre vida de  rata. Pero la rata, no pensaba que el zorro se hallaba a mas de dos kilómetros de distancia y que por mucho olfato que tuviese, o mucha vista, jamás podría oler, ni ver a la rata, ya que entre ambos había, como ya he repetido,  unos dos kilómetros de agua marina. En aquel agua marina, casualmente, aquel día, se hallaba aquel inocente sargo en época de celo, soltando esperma a diestro y siniestro.
Un día, la rata al levantarse, no divisó en la roca al zorro, como habitualmente ocurría. La rata pensó que el zorro ya no existía, y que,  aquel día sin zorro, era su día, para salir a conocer mundo, lejos de aquel fétido agujero, junto a la alcantarilla.. Fue, aquel mismo día,  cuando casualmente, al zorro le llegaron noticias de una rata enorme, bien alimentada y que podría llenar su despensa, durante una semana, si la cazaba.
 Los ratones del monte, hartos del zorro, le hicieron llegar aquella noticia. El zorro, creyó a pie juntillas la noticia de los ratones, sin percatarse que, estos eran sus enemigos. Así que, el zorro se zambulló en el agua y nadó y nadó, velozmente,  por las aguas marinas, como solo sabe hacerlo un zorro hambriento, hasta llegar al agujero de la rata gorda. La rata, a la misma vez, había salido a conocer mundo aquel día, viendo que el zorro no se veía. Cuando el zorro llegó al agujero de la rata, siguiendo las indicaciones de los ratones del monte, se encontró con el agujero vacío. La rata no estaba, o, estaba dentro del agujero y no se veía. Pero el zorro, que tiene por costumbre utilizar la astucia y la paciencia. Esperó a que la rata volviese a su agujero, o, si estaba dentro del mismo, saliese a buscar su comida. Pasó todo el día esperando, mientras la rata comemierda, se divertía aquel día, conociendo mundo, muy lejos de aquel agujero inmundo. Pero ocurrió que,  a la hora de la cena, con un hambre voraz, la rata decidió volver a su casa.
 Era ya de noche, cuando la rata divisó el culo del zorro, que agachado, tenía el culo en pompa y la cola enrollada, mientras hociqueaba y hacía guardia en el agujero de la rata. La enorme rata, no se lo pensó,  especialista en comer vísceras por el ano de los animales, con nocturnidad, saltó de un golpe con sus incisivos  y los clavó en el culo del zorro, mientras mordía las vísceras del ano, hasta sacarlas al exterior. Mordía y mordía la rata los intestinos del zorro, mientras aquel corría como alma que lleva el diablo, por el dolor que sentía. Corría el zorro por el monte del Cabo de las Corrientes, recortando su silueta a la luz de la luna,  para desembarazarse de aquello que le estaba comiendo los intestinos de mierda. Pero la rata había llegado ya, después de haberse comido los intestinos,  a sacar el corazón del zorro y se lo comió también, dándole muerte en el acto, en el preciso momento que, el zorro había llegado a su roca. Así que, la rata se quedó a vivir en la roca donde habitaba el zorro, comiéndose su cadáver en varias semanas y a los ratones del monte después.
Esta fábula viene a cuento, porque, los cantamañanas, los tiñalpas, los merluzos megalodones, y otros síndromes no diagnosticados, no saben que,  las cosas pueden tornarse desagradables, muy desagradables,  e imprevisibles, cuando abandonan sus hábitats. Esos hábitats que,  aunque, no tengan mas horizonte que la mierda y la basura, no obstante, son la base de su alimentación, y  nunca deberían abandonar, ni despreciar.
 Por otro lado, la prepotencia, la astucia y la paciencia, de un zorro, que cree,  que se las sabe todas y está por encima de los demás, a los que considera idiotas, e imbéciles, puede ser la causa de su muerte. Como sucedió a Aníbal, al general Leonidas en las Termopilas, en Troya a los troyanos, a Magallanes,  a Hitler, a Alejandro Magno, a Napoleón, a Felipe II con su Armada Invencible, a la coalición Franco Española, frente a la flota inglesa en Trafalgar, etc. Moraleja, un tiñalpa, un don nadie, una simple rata, podría acabar con todo un estratega, con el mejor de los navegantes y con toda la vida de la Tierra, en un plis plas.
Por supuesto, que, también cabe extraer de este cuento, una lección contra la cobardía, la tacañería, la ratería y la vida miserable del comemierdas. En la vida no hay que tener miedo a lo que aparentemente se ve, puede no ser como nosotros lo vemos, puede que el poderoso se aproveche del miedo de los ignorantes. Pero, el verdadero enemigo del rata, del miserable, del tacaño, del que no sale de su inmundo agujero, no son los demás, él mismo y su corta mente,  constituyen su propio y mayor enemigo. Aquel que se deja llevar, por como piensen los demás de él y no vive libremente la vida, solo es un esclavo de su mente enfermiza, que solo ve males, prejuicios y vergüenzas, donde no las hay. Mientras tanto, no le da vergüenza comer mierda y vivir como un miserable, encerrado en un agujero.
En esta historia, apareció un sargo entre el agujero de la rata y la roca del zorro. Estaba en celo y el esperma se le salía por el ano. Cuando un certero disparo acabó con su vida. Ya muerto, posado sobre  la aleta, el sargo de un kilo,  soltaba su esperma blanco, en un instinto animal post-morten, en un anhelo, ya frustrado,  de perpetuar su especie. Era una pena, pero ese instinto animal, había llegado demasiado tarde.  El Cabo de las Corrientes, entre el agujero de la rata comemierda y la roca del zorro, no fue,  aquel día, favorable al sargo, suculenta comida del Sabio Borriquete. No la mierda, sino el sargo, por supuesto.

viernes, 22 de febrero de 2019

La chapería, la chicletería, la sepiería y la pulpería.



 
A pesar del anticiclón de 1,300 hectopascales, una fuerte corriente me dificultaba con creces avanzar hacia levante. La cantidad de plomo de lastre tuve que reducirla hasta unos 7 kilos, pues el exceso,  luchando contra corriente, me fatigaba a tope. Cuando oí decir a un sabio de la zona, afirmando incluso, que había muchas chapas y eso que él no iba buscándolas, no pude por menos que pensar todo lo contrario. En la chapería, no había chapas. Si, con mucho buscar podía encontrarse en 3 kilómetros de recorrido una sepia. Sepia que no chapa. Las chapas son para los chapistas, tampoco para los chaperos. Prostituir el vocabulario habitual, por formas poco ortodoxas, solo trae cosas por el estilo, a poder considerar chapero al que se prostituye, chapero al que almacena chapas. Si almacena chapas y las vende, según el termino prostituir la chapa, podría considerarse relacionado con el chapero, con  el chaperismo, o, tal vez, con el Chapo de Chiapas. Sea como fuere, parece que se puede ir de sobrado, llamándole a algo, no su nombre adecuado, sino una tergiversación total, en las antípodas de la definición gramatical y del vocabulario de la R.A.E.L. Si el académico cartagenero, se enterase de la prostitución del lenguaje español por otro, como el chaperismo, fácilmente podría calificar al blasfemador del diccionario, como un auténtico "tiñalpa", palabra que aunque no venga en el diccionario, según Pérez Reverte, es una antigua palabra cartagenera, ya en desuso, que significa, pobre hombre.
Dejando la tiñalpería para los merluzos, o bien, dejando la merlucería para los tiñalpas, lo que si era seguro, es que chapas, solo encontré una con forma de pez posado en el fondo. De lejos, la vi. Parecía un extraño pez del Cantabrico, familia de los tiburones, que tiene la piel con pintas y rasposa, pudiendo medir mas de un metro. Con los reflejos que me acompañan cuando diviso una buena pieza, me preparé el fusil, dispuesto a disparar a aquella estupenda pieza. Me fui acercando con sigilo al pez. Este permanecía mirando a la pared de posidonias, posado tranquilamente en la arena. Apunté, iba a apretar el gatillo y como un flash, me vino al cerebro la verdadera realidad en 3D, de lo que yo veía como un pez. Era una chapa de fibra de vidrio, tal vez, restos de alguna patera embarrancada en la playa, que con los temporales de poniente, había quedado silueteada con la figura de un pequeño tiburón. Fue la única chapa que vi. También vi, solamente una sepia.
En cuanto a pulpos, vi cuatro que saltaban el kilo de peso y a los que no quise disparar. Ya de recogida, pensé en inmortalizar aquellos pequeños pulpos con mi cámara. Fui a la boya a coger la cámara submarina y me di cuenta que no estaba. La habría perdido. Tal vez no la hubiese echado y la hubiese dejado en el coche. Sea como fuere, cuando divisé al cuarto pulpo, ya no lo dudé, lo inmortalicé de un disparo entre los ojos. Tal vez el animal no tuviese la culpa de haber perdido yo mi cámara submarina, pero pagó la inmortalidad, con la del teléfono móvil. Solo pesaba un kilo y cuarto. Cuando salí, descubrí que la cámara submarina la había dejado olvidada en el coche, pero aquel pobre pulpo de la pulpería, había pagado como un criminal, sin haber tenido culpa de nada. Solo era un pobre pulpo, un tiñalpa. Pero el crimen estaba hecho, el pobre animal ya no podía volver a la vida.
En esto de la pesca, o tiene uno la cabeza fría, los pensamientos inmutables y afina la puntería, o comete una carnicería en la merlucería del tiñalpa, o confunde una chapa con una Pintarroja.

miércoles, 20 de febrero de 2019

El salmonete sordo




El agua había bajado un grado, respecto los días anteriores. Ahora estaba en 14 grados. Solo estuve 3 horas y poco buceando. El traje nuevo de 7 mm, dos chalecos en el cinto, 9,900 gramos de plomos distribuidos en 2,4 en el chaleco y 7,5 en el cinto, para bucear en unos 7 metros de profundidad. Para mas profundidad, 12 y 15 metros, solo 7,5 kilos de plomos, distribuidos 2,4 en el chaleco y 5 kilos en el cinto.
Aquel día el agua no estaba muy transparente, a pesar de que el viento de levante y del norte deberían haberla dejado limpia. No obstante, había en el agua una especie de humo que impedía ver el fondo a una profundidad de mas de 10 metros. Eso, me hizo buscar salmonetes, que en esta época del año, con el agua próxima a los 15 grados de temperatura, es ideal para que los mas grandes se acerquen a la orilla de la mar.
Los días anteriores me fastidié los tímpanos, por bajar sin compensar para no asustarlos. Porque el salmonete tiene unos oídos enormes. Esos oídos son mas grandes cuando mas grande es el salmonete.
Vi, los de uno de ellos, tan grandes, que parecían los oídos de una persona. Por otro lado, estos megasalmonetes, o salmonetor, tienen una fuerza enorme bajo el agua, incluso atravesados por la cabeza con el arpón, si aún están vivos. Algunos de ellos me arrastraron debajo del agua.
En la báscula, los salmonetes mas grandes superaban los 400 gramos. Eran bestiales.
Aquel día, con tanto lastre, terminé cansado. Pues no es lo mismo aletear para mover 6 kilos, o 5 kilos de lastre, que hacerlo con 10 kilos de plomo entre el cinto y el chaleco.  Que lejos quedaban aquellos años de novato, en los que buceaba con 12 kilos de plomo y un solo fusil. Los años, hacen quitarse plomos y llevar un arsenal de fusiles. Un fusil por cada década dedicado a la pesca submarina. No obstante, pese a la apariencia de ir bien armado de fusiles, rara vez los utilizo todos. Pero, se ha dado el caso, algún día, que si, que los he necesitado todos y me ha faltado algún fusil mas. Por eso, hace ya varios años, tuve que utilizar también los del compañero para lograr matar un mero, que tuvimos que sacar al día siguiente. Por ello, jamás de los jamases, me dejaría un fusil de los 4 que llevo en casa.  El que llevo habitualmente es de 90. Llevo otro de 90 de repuesto. También otro fusil de 75 cm. Y, por último un fusil de 115 cm. Este último es para las esperas, mientras que el de 75 es para pequeñas piezas, o cuevas estrechas. Por lo que resta, es lógico, si no quiere uno quedarse colgado, llevar otro fusil de 90 de repuesto, pues el que mas se utiliza y es fácil que, un día pueda fallar, cuando mas pesca haya. Por eso, yo respeto al que se mete sin fusiles, al que se mete con uno, incluso, al que se mete con dos. Pero, yo seguiré metiéndome con los de siempre. Uno, por cada década de practica de este deporte. Total, van colgados de la boya, en forma hidrodinámica.
Como aquel día tenía comida en el frigo, tendría que congelar los salmonetes. Opté por regalar los mas grandes a mi vecina. Que dijo que estaban riquísimos. Claro, estaban frescos y grandes. Yo disfruté de la pesca, regalé dos salmonetes que pesaban 800 gramos y me quedé con otros 800 gramos de salmonetes en el congelador. Que lejos quedaban aquellos días en que sacaba en una jornada mas de 3 kilos de salmonetes.

miércoles, 13 de febrero de 2019

martes, 12 de febrero de 2019

Ensayando la matanza del dia de San Valentin




Enseñar la muerte



Pudiera parecer contradictorio, pero, a todos nos enseñan a vivir, pero no a morir. ¿Cómo vamos a enseñar a morir a los demás, si nosotros tampoco sabemos?. Estas peregrinas ideas, se pueden acumular en la cabeza, mientras la gélida agua del mar se nos mete hasta el tétano. Asimismo, si para morir, hay primero que quedarse frio, a ver quien tiene narices de aprender. O, es por el contrario, cuando después de morir se queda uno fiambre?, es decir frio?.  Sea como fuere, lo que hay que hacer es no pasar frio, ni sufrimientos, mientras uno pueda y este vivo.  Lo contrario, bañarse en invierno en agua helada, madrugar con el frio innecesariamente y hacer sufrir al cuerpo, con tormentos por el estilo, no conlleva a nada bueno, nada más que, a pasarlo mal innecesariamente. Los males, ya vendrán solos.
Con estas filosofías del buen vivir, no madrugué aquel día, entrando al agua a bucear a las 16 horas.  Solo estuve 3 horas buceando. Salí ya con el sol puesto. El cuerpo lo tenía caliente, a pesar de que el traje ya había encogido su grosor inicial. Hacía dos días, con el mismo traje salí congelado. Todo depende del viento y de la temperatura exterior, pues, en la pesca submarina, se está mas tiempo en superficie en contacto con el aire, que sumergido.
El agua, continuaba en 15 grados, mismo equipamiento de jornadas anteriores. Nadé velozmente, sin ver ningún animal, avanzando unos 2 kms. hasta alcanzar aquel cabo. Vi, después de bajar, un pulpo bien escondido en su cueva. Parecía grande, le apunté al ojo y apreté el gatillo. Luego, cogí un segundo fusil mas corto y disparé otro arponazo en dirección a donde había clavado el primero. El animal se metió mas en su gran cueva.  Tuve que coger el gancho sarraceno, e intentar aplicar el teorema de Pitágoras, tirar de arpones y gancho, con fuerza a la vez. Pero después de tres intentos de tirar, el pulpo tenía mas fuerza que yo. Al final pude extraerlo. Cuando salió, el animal llevaba una piedra como mi puño aprisionada en su boca y tentáculos. Le di varios tajos con el cuchillo, pero el pulpo no moría, ni murió. Me di cuenta que el primer arpón había perdido su muerte, o aletilla. Cuando colgué al pulpo en la boya, me di cuenta que me enseñaba algo plateado. En su cuerpo había quedado incrustada la muerte del arpón, a pesar de que el pulpo continuaba completamente vivo.
Me sentí entonces un bellaco, por cazar este tipo de animales, mas inteligentes que los humanos, mas valientes, mas nobles y sobre todo mas fuertes. Que crimen mas grande matar un animal así, indefenso. Porque sus únicas armas son las anteriormente descritas. El pobre pulpo se halla completamente desnudo. Es su fortaleza e inteligencia lo que puede salvarle la vida. Los humanos, no le llegamos al pulpo, ni a la suela de un dedal.
Seguí buceando y avanzando, sin parar de mover las aletas, buscando al pulpo de 7 kilos, u otra pieza decente. En otra de las bajadas, oculto en su cueva, vi otro pulpo, parecía de mayor tamaño que el anterior. Pero estaba muy escondido. Le disparé un arpón, luego metí el gancho sarraceno y con bastante dificultad, conseguí extraerlo. Me había engañado, aunque los dedales eran gordos, el pulpo, era mas pequeño que el anterior. Pesaría solo kilo y medio, como así fue.
La mar estaba muy fuerte, una fuerte resaca de sursuroeste se metía por el cabo y me impedía avanzar. Pensaba seguir mas adelante. Pero en aquel momento, vi algo que me hizo retroceder y comenzar la retirada. Se trataba de la hora y de un santo y señal que me indicó que retrocediese. Eran las 18 horas y el sol se pondría en media hora. Tenia que volver con la corriente a favor a toda velocidad. No podía dudarlo. Pero en caso de duda, aquel santo me indicaba con su dedo el camino. Era curioso, pues el Santo, siempre indicaba la dirección  opuesta. Pero aquel día, el Santo estaba vuelto de espaldas al mar y con su indicie indicaba la tierra. Hice caso al Santo y volví dándole caña a las aletas sin tregua. Al poco me encontré la señal. Se trataba de un bonito sillón de mimbre que yacía en el fondo submarino, bastante alejado del acantilado. El sillón estaba apoyado de espaldas sobre su respaldo. Otra señal que me indicaba que debía volverme hacía mi espalda y retroceder.
A veces, sale uno con autentico miedo a bucear, solo ante el peligro y contra viento y marea. Pero ya lo tenía decidido. El próximo día, me compraría un traje de camuflaje nuevo. No pensaba pasar frio, ni calamidades en vida. El frio para los muertos, las calamidades y penas, solo las pasan los pobres desgraciados, sin que ellos tengan parte, ni arte. No obstante, algunos, son adictos a las penas y calamidades, voluntariamente, pasan frio, madrugan, viven miserablemente, porque no saben vivir. Tal vez, se crean que, de esa forma, aprenden a morir. Pero, en eso se equivocan. Hay que aprender del pulpo, que me enseñó la muerte, pero se negó a morir. Al final murió congelado.

domingo, 10 de febrero de 2019

El día de Lobos Cazadores.



























De tan poco madrugar, los días se hacían cortos. Aquel día entré al agua a las 16 horas y salí casi a las 19 horas. Tres escasas horas, sin disparar ni un tiro. El agua seguía en 15 grados, mas cerca de la orilla en 16 grados. Me coloque, en el cinto 7,5 kilos de plomo, dándome cuenta que a la poca profundidad que había, no me sobraba. Así podía bajar sin mucho esfuerzo y subir sin ninguna molestia. El traje de 7 mm, sin peto, con dos años de antigüedad, dos chalecos de 3 mm, muy gastados. No sentí frio aquel día, si bien no paré de nadar.
Antes de entrar al agua, divisé aquella barca azul, que parecía estar echando redes. Luego, desde dentro del agua, me di cuenta que era un pescador submarino, que buceaba en aquellos escullos sumergidos. Seguramente, por el color de la barca, deduje que sería un pescador submarino ya mayor, al que apodan el "Coletas", por una coleta de pelo canoso que luce, al igual que una tupida melena canosa. Di la vuelta para otro lugar, intentando no coincidir en el territorio que aquel pescador estaría esquilmando, en el que solo se puede ver algún mero chico y alguna corvina pequeña.
En uno de los momentos que saqué la cabeza del agua, vi venir un barco a motor, tipo pesca  de altamar, venia como llamado por alguien, parecía que no iba a parar, pero si lo hizo. Se detuvo junto a la barca del pescador submarino y le pidió los documentos. Aquel subió a su propia barca y se los entregó en una especie de cubo. Seguramente eran guardianes de la reserva marina del Cabo. Probablemente, no indagarían nada mas que en la licencia, y no en lo que había pescado aquel buceador. Se marcharon dejándole continuar con su pesca. Poco a poco, pusieron proa a donde me encontraba. Yo les esperaba y antes de que llegaran a donde me encontraba junto a la costa, enfilé sacudiendo las aletas hacía el barco de los vigilantes de la reserva marina. Saludé y pregunté, como iban las cosas. Ellos me preguntaron si llevaba la licencia de pesca. Les dije que llevaba una fotocopia, pero que si llevaban un ordenador en el barco, con meter mi D.N.I., podrían verificarla. No, no llevaban ordenador, o lo tendrían averiado, roto, o apagado. Cogí la caja estanca, donde guardo todas las licencias desde hace casi 40 años, me dijeron que no hacía falta llevarlas todas, solo la última. Claro, pero a mi me gusta guardarlas todas, les dije. Al final ni siquiera les apetecía y no se molestaron en ver mi licencia, se darían cuenta que llevaba los papeles en regla antes de acercárselos, con solo ver la decisión e interés que tenía en guardar todas las licencias. Dijeron que no hacía falta, que en otra ocasión. Así, pensé yo, estos vigilantes no van a levantar un acta por irregularidades nunca, si no terminan sus actuaciones hasta sus ultimas consecuencias. Siempre podría haber sorpresas, licencias caducadas, etc. Si tampoco miran las capturas, tampoco podrán saber si son legales o ilegales. Si dan la talla o no. Sea como fuere, se despidieron amablemente, no sin antes, comentarles lo de las noticias del día, la captura y denuncia de dos furtivos que practicaban irregularmente la pesca de noche y sin licencia en aquella zona,  tal vez dentro de la reserva del Cabo. Pero no fueron los agentes medioambientales quienes les cogieron infraganti por la noche, sino la Guardia Civil. A ellos, a los agentes medioambientales, les daba lo mismo, incluso preferían que fuese la Guardia Civil, porque, pensé yo, tener que pasar toda la noche en un barco,  en invierno, vigilando una reserva submarina, debe ser peor que un pequeño complemento en el sueldo, por hacer vigilia y vigilancia nocturna. Con el frio que cae en medio del mar, sin una estufa, sin un ordenador, sin medios y sin mucha motivación. En fin, después de marcharse, continué buceando, sin ver ningún animal decente en cuanto a talla para dispararle. Eso si, en aquel bajo, alineado con el monumento de la Edad Media, continuaba la puerta y ventanas forjadas de hierro, yaciendo en el fondo submarino, como una puerta a un cementerio sumergido. Alli, no había peces, ni grandes,  ni pequeños. Quien, con que objeto y cuando,  colocó aquella obra de herrero, en el fondo del mar, en un bajo tan pequeño. Eso, los medioambientales no lo sabrán, porque para eso deberian hacer como los cormoranes, sumergirse y cazar como lobos a los depredadores, cazadores furtivos y contaminadores del mar, desde el agua, no solo desde la cubierta de un barco. También colaborando con sanidad y comunicándose datos sobre la trazabilidad de las provisiones de los congeladores en restaurantes de los poblados mas próximos, por si acaso cantasen la identidad de los proveedores pescadores furtivos de la zona. Esas y no otras, son las formas de acabar con la ilicitud en la practica de la pesca, tanto submarina como de superficie. Tanto recreativa como profesional. Obteniendo pruebas y datos, para pillar in fraganti a quienes se burlan de las leyes todos los días, de sus guardianes y de quienes las respetamos. Asi, seriamos todos iguales y no habría pillos que por convertir el fondo del mar en una cartera llena de billetes, son capaces de negarse a hablar con los amigos, si es que esos seres pueden tener amigos, o simplemente son puros interesados.