De tan poco madrugar, los días se hacían cortos. Aquel día entré al agua a las 16 horas y salí casi a las 19 horas. Tres escasas horas, sin disparar ni un tiro. El agua seguía en 15 grados, mas cerca de la orilla en 16 grados. Me coloque, en el cinto 7,5 kilos de plomo, dándome cuenta que a la poca profundidad que había, no me sobraba. Así podía bajar sin mucho esfuerzo y subir sin ninguna molestia. El traje de 7 mm, sin peto, con dos años de antigüedad, dos chalecos de 3 mm, muy gastados. No sentí frio aquel día, si bien no paré de nadar.
Antes de entrar al agua, divisé aquella barca azul, que parecía estar echando redes. Luego, desde dentro del agua, me di cuenta que era un pescador submarino, que buceaba en aquellos escullos sumergidos. Seguramente, por el color de la barca, deduje que sería un pescador submarino ya mayor, al que apodan el "Coletas", por una coleta de pelo canoso que luce, al igual que una tupida melena canosa. Di la vuelta para otro lugar, intentando no coincidir en el territorio que aquel pescador estaría esquilmando, en el que solo se puede ver algún mero chico y alguna corvina pequeña.
En uno de los momentos que saqué la cabeza del agua, vi venir un barco a motor, tipo pesca de altamar, venia como llamado por alguien, parecía que no iba a parar, pero si lo hizo. Se detuvo junto a la barca del pescador submarino y le pidió los documentos. Aquel subió a su propia barca y se los entregó en una especie de cubo. Seguramente eran guardianes de la reserva marina del Cabo. Probablemente, no indagarían nada mas que en la licencia, y no en lo que había pescado aquel buceador. Se marcharon dejándole continuar con su pesca. Poco a poco, pusieron proa a donde me encontraba. Yo les esperaba y antes de que llegaran a donde me encontraba junto a la costa, enfilé sacudiendo las aletas hacía el barco de los vigilantes de la reserva marina. Saludé y pregunté, como iban las cosas. Ellos me preguntaron si llevaba la licencia de pesca. Les dije que llevaba una fotocopia, pero que si llevaban un ordenador en el barco, con meter mi D.N.I., podrían verificarla. No, no llevaban ordenador, o lo tendrían averiado, roto, o apagado. Cogí la caja estanca, donde guardo todas las licencias desde hace casi 40 años, me dijeron que no hacía falta llevarlas todas, solo la última. Claro, pero a mi me gusta guardarlas todas, les dije. Al final ni siquiera les apetecía y no se molestaron en ver mi licencia, se darían cuenta que llevaba los papeles en regla antes de acercárselos, con solo ver la decisión e interés que tenía en guardar todas las licencias. Dijeron que no hacía falta, que en otra ocasión. Así, pensé yo, estos vigilantes no van a levantar un acta por irregularidades nunca, si no terminan sus actuaciones hasta sus ultimas consecuencias. Siempre podría haber sorpresas, licencias caducadas, etc. Si tampoco miran las capturas, tampoco podrán saber si son legales o ilegales. Si dan la talla o no. Sea como fuere, se despidieron amablemente, no sin antes, comentarles lo de las noticias del día, la captura y denuncia de dos furtivos que practicaban irregularmente la pesca de noche y sin licencia en aquella zona, tal vez dentro de la reserva del Cabo. Pero no fueron los agentes medioambientales quienes les cogieron infraganti por la noche, sino la Guardia Civil. A ellos, a los agentes medioambientales, les daba lo mismo, incluso preferían que fuese la Guardia Civil, porque, pensé yo, tener que pasar toda la noche en un barco, en invierno, vigilando una reserva submarina, debe ser peor que un pequeño complemento en el sueldo, por hacer vigilia y vigilancia nocturna. Con el frio que cae en medio del mar, sin una estufa, sin un ordenador, sin medios y sin mucha motivación. En fin, después de marcharse, continué buceando, sin ver ningún animal decente en cuanto a talla para dispararle. Eso si, en aquel bajo, alineado con el monumento de la Edad Media, continuaba la puerta y ventanas forjadas de hierro, yaciendo en el fondo submarino, como una puerta a un cementerio sumergido. Alli, no había peces, ni grandes, ni pequeños. Quien, con que objeto y cuando, colocó aquella obra de herrero, en el fondo del mar, en un bajo tan pequeño. Eso, los medioambientales no lo sabrán, porque para eso deberian hacer como los cormoranes, sumergirse y cazar como lobos a los depredadores, cazadores furtivos y contaminadores del mar, desde el agua, no solo desde la cubierta de un barco. También colaborando con sanidad y comunicándose datos sobre la trazabilidad de las provisiones de los congeladores en restaurantes de los poblados mas próximos, por si acaso cantasen la identidad de los proveedores pescadores furtivos de la zona. Esas y no otras, son las formas de acabar con la ilicitud en la practica de la pesca, tanto submarina como de superficie. Tanto recreativa como profesional. Obteniendo pruebas y datos, para pillar in fraganti a quienes se burlan de las leyes todos los días, de sus guardianes y de quienes las respetamos. Asi, seriamos todos iguales y no habría pillos que por convertir el fondo del mar en una cartera llena de billetes, son capaces de negarse a hablar con los amigos, si es que esos seres pueden tener amigos, o simplemente son puros interesados.










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