El mes de octubre de 2013, no me iba siendo propicio. Incluso hasta esa fecha, los meses pasados del año tampoco lo habían sido. La pesca submarina era nula. La mar todos los fines de semana estaba mala. En octubre tuve que hacer algo que no había hecho en toda mi vida, viajar a Barcelona. El motivo era una boda de un familiar. No habían transcurrido doce días desde la vuelta del viaje a Barcelona, y aún no estaba recuperado, cuando tuve que marchar de nuevo, esta vez por la muerte de otro familiar. Por eso, aquel mero de tres kilos y las dos corvinas de un kilo, que habían constituido las pesqueras de los días siguientes al segundo viaje, me habían hecho atenuar un poco el cansancio de tanto viaje y tanta pena, en tan corto espacio de tiempo.
El agua estaba en 22 grados, llevaba el traje de 7 mm, sin peto y un chaleco de 1 mm. Era agradable bucear por la temperatura y la transparencia del agua. Llevaba en el cinto dos kilos y medio de plomos. El cuarto día de pesca noté que las apneas eran mejores que en los tres días anteriores. Tal vez los glóbulos rojos, blancos y el hematocrito, que habían bajado por debajo del mínimo por motivo de tomar antibiótico durante un mes, se hubiesen repuesto a sus valores normales.
El último día no pesqué solo. Mi compa de pesca me acompañó con su kayak y probamos el lastre de su nuevo fusil de madera fabricado por él artesanalmente. Era un arma letal, con 100 cm de longitud, y doble goma no circular. El próximo día probaremos su fiabilidad certera en los disparos con ayuda una diana preparada para ello.