Aquel primer sábado de febrero, me metí solo a bucear pues mi compañero de buceo se encontraba enfermo. El agua estaba en 13 grados. Llevaba el traje de 7 mm con pantalón de peto, no obstante hacía mucho frío. En el cinto llevaba 3,5 kilos de plomo y en el chaleco 1,6 kilos, en total 5,1 kilogramos. Solo estuve 4 horas buceando. El viento soplaba del suroeste, la mar estaba planchada, pero había olas de mar de fondo que rompían en la orilla, lo que dificultaba la entrada.
Desde la superficie localicé a aquellas lubinas que entraban y salían de las grietas rápidas. No sabía qué eran, si corvinas, dentones o lubinas. Estarían en celo, pues tenían pintas de colores sobre la piel y desde arriba se veían oscuras. Baje y clave una atravesándole las agallas. Mientras la colgaba del aro portapeces, las demás desaparecieron y ya no las ví, a pesar de que escudriñé bien todas las rocas próximas. En una de esas búsquedas bajo las rocas, divisé unas grandes pinzas al fondo de una cueva. Lo sabía, porque hacía unos veinte años me había encontrado algo similar. Aquello era un gran bogavante de unos tres kilos y mas de un metro de envergadura, con pinzas mas grandes que mi mano. Disparé un arpón apuntándole de refilón, y fallé el tiro. Después volví a fallar otro disparo y ya no lo volví a ver mas. El gran bogavante había aprendido que yo no tenía buenas intenciones respecto a su ser vivo. Estaba tan lejos allá al fondo que tal vez el arpón no había llegado a tocarle.
