Aquel día pasé por la puerta de la tienda de artículos de pesca submarina y no entré a comprar nada. Me limité a recoger unos cartones de envolver artículos de pesca, que acababan de dejar en la puerta. Había recibido el encargo de mi amiga de construirle un barco de cartón. El itinerario para la travesía de fabricar un barco maqueta con cartón me llevó 14 días, dedicándole en ocasiones once horas al día. Una noche, después de acabar cansado, me preguntaba, si merecía la pena acostarse a las cuatro de la madrugada, pegando cartones para dar forma a un navío de 28 cañones. Pero la decisión la tomé el día que recogí aquellos cartones. Después de casi diez días perdidos, dejando abandonada la pesca submarina, los deberes de la casa, y toda la vida diaria, no cabía volverse atrás, o por contra todo el tiempo empleado y la salud perdida, hubiese sido en balde. Trabajaba contra reloj, pues el barco había de estar terminado para la fiesta del cole de carnaval, en donde mi pequeña y chapucera obra sería arrastrada por las calles próximas al colegio, por unos marineros de seis años.
Aquello, de construir barcos en maqueta me gustaba, si quitaba la tensión que me estaba matando por la falta de ejercicio y el abandono de todo en casi medio mes, respecto de las obligaciones diarias. La única obligación que me había propuesto era no hacer nada hasta no acabar aquel navío. Pensaba que si en vez de cartón fuese madera, la obra sería perfecta y mas fácil de moldear. Pero también pensé que al hacer la maqueta primero en cartón, eso me daría mayor experiencia, para dentro de equis años hacer otra maqueta que tenía en mente, pero esta vez en madera, y con la mayor precisión posible en la escala de medidas. Tal vez algún día haga el navío Víctory, aquel buque insignia de Nelson, en donde fue herido de muerte en la batalla de Trafalgar, por una bala disparada desde un navío español. La simiente había sido sembrada, mis hijas me regalaron, hace unos años, los planos del navío Víctory, pero aún no había comenzado, ni siquiera, a mirar aquellos planos, pues me había propuesto en mi jubilación, que primero tenía que hacer mucho ejercicio hasta hartarme y recuperar la salud, antes de hacer trabajos de mayor dedicación en cuanto a empleo de tiempo y sedentarismo.
Pero la labor de acabar la maqueta encargada por mi amiga, se me estaba ya empalagando. La última efeméride fue que, como no cabía en el ascensor, tuve que bajar con aquel barco ya terminado por las escaleras desde una altura de doce pisos, cargado de material y de bolsas, además de con el dichoso barco. Me fui a entregarlo estresado, porque veía que llegaba tarde. Pero cumplí mi promesa y el barco salió en el desfile de carnaval de aquel colegio, por la calle, tirado por unos marineros de tan solo seis años, que tenían toda la vida por delante para embarcarse en aventuras marinas. Objetivo cumplido, a costa de un poco de salud. La hipertensión me estaba matando. Pero tal vez había merecido la pena acabar el barco.
Ahora lejos de la obra, terminada y entregada, volveré a recuperar mi vida normal. Empezaré buceando, porque después de dos semanas en el dique seco, debería ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido alejado de la mar, mientras construía aquel navío de 28 cañones, al que bauticé como Nuestra Señora de los Ángeles.
Ahora lejos de la obra, terminada y entregada, volveré a recuperar mi vida normal. Empezaré buceando, porque después de dos semanas en el dique seco, debería ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido alejado de la mar, mientras construía aquel navío de 28 cañones, al que bauticé como Nuestra Señora de los Ángeles.