La mar tenía un oleaje de levante de medio metro, o mas, de altura. Había previsión de levante de fuerza 3 de beafourt. No obstante me metí a bucear. Pensé que por lo menos tendría que aguantar una hora, para hacer un poco de ejercicio. Pero el vaivén de las olas me hacía sentir mareado y daba la sensación que ese día iba a echar el hígado. Aguanté la primera hora, nadando contra la corriente, para que a la vuelta me fuese favorable el regreso con la corriente a favor. Aguanté otra segunda hora y así hasta cinco horas y media luchando contra una corriente y una mar de fondo que hacía una fuerza contra todo lo sumergido, incluyendo al buceador.
Vi dos espetones, a los que, incomprensiblemente, no conseguí acertar con el arpón en dos ocasiones.
Después, poco antes de iniciar el retorno, en la misma piedra que un año antes lo había visto, estaba el mismo mero. Pesaría un kilo. Guardé el fusil en lugar seguro y eché mano de la cámara fotográfica. El mero se dejaba fotografiar a regañadientes. En las últimas tomas se cabreaba y se marchaba sin dejar tomar la instantánea.
Las gafas que me encontré días antes, previamente desinfectadas y bien lavadas, eran una maravilla. Por su reducidísimo volumen interno, hacían que me sobrase aire en los pulmones para que la apnea durase mas y me cansaba menos. No solo eso, también ofrecían menos resistencia tanto en los descensos como en las ascensiones, incluso en superficie, con lo que los movimientos eran mas rápidos y mas seguros, pudiendo así economizar aire y tiempo.
El agua, en superficie, estaba en 22 grados. Tenía un ligero turbión por encima, debido, principalmente, a la alta temperatura que hacía descomponerse el plancton, pero también debido a la mar de fondo que removía todo el lecho marino. Mismo equipamiento que el día anterior, con cuatro kilos de lastre en el cinto.









