El agua estaba en 26 grados. Llevaba en el cinto 2,5 kilos de plomo, e iba sobrelastrado. Al final me quité el medio kilo de mas y me quedé con 2 kilos. Llevaba la chaqueta de 3 mm, que ya tenía muchos años, el chaleco de 3 mm y unas bermudas de neopreno. No tuve frio.
Los barcos y motos acuáticas, hacían su juego de asesinos, alrededor de mi visible boya. Me prometí no gritar para no cansarme mas, pues la fuerte corriente me estaba extenuando. Tan solo me limité a grabar sus asesinos movimientos hechos a conciencia, con mi cámara submarina encontrada mientras buceaba. Eran, además de unos asesinos, unos descerebrados. Cuanto mas grababa mas se acercaban a mi boya.
Estaba en baja forma, después de no haber buceado en dos meses casi. Solo bajé en 6 horas 44 veces.
Fallé varios salmonetes. Pero cogí, no obstante cuatro. Una corvina también fue pasto del arpón casi infalible. Incluso, un salmonete al que le disparé en la cabeza, seguía vivo, pero dando vueltas y nadaba para alejarse de mi. No obstante, el arpón fue tan certero, que adivinó la trayectoria de las vueltas y de un certero disparo atravesó la pequeña cabeza de aquel salmonete loco.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20. No estaba mal para estar en baja forma y nadando contra una fuerte corriente. La mar estaba casi planchada. Una pequeña brisa de sureste y la fuerte corriente eran los únicos obstáculos a vencer. También la falta de practica de puntería. Pero al final pude comer dos salmonetes, uno de los cuales peso 300 gramos.