El agua tenía 26 grados aquel día. Solo llevaba 2,5 kilos de lastre en el cinto, un traje de 3 mm, que ya tendría unos 15 años y dos pares de escarpines en los pies de 2 y 3 mms.En las manos no llevaba guantes de caucho, solo de neopreno.Algo de frio sentí en las manos. La bajada de temperatura del agua del mar desde los 28 grados a los 26 y el viento del norte levante hacían que tuviera algo de frio en las extremidades de los dedos de las manos.La nueva flecha recién comprada y bien afilada aquel día tuvo un estreno dorado, igual que el color de la propia flecha. Lo primero que se aproximó a la flecha o viceversa, la flecha se aproximó a un pez, fue cuando divisé un grupo de 4 lechas pequeñas. Elegí la mas grande y acerté. Una corvina de 1,300 gramos que dormitaba la siesta en una cueva quedo ensartada mientras huía y ya lejos de la vista del ojo humano, pero no así del alcance de la flecha dorada. La misma suerte corrieron un salmonete que quiso evitar su muerte huyendo y escondiéndose en una roca y una dorada al atardecer.Aunque la plancha hizo el trabajo aquella noche sobre el salmonete y la lecha, solo pude comer el salmonete. La lecha ya no me cabía. Pero cayó al día siguiente después de calentarla.
El merluzo megalodón ya estaba viejo, por eso ya no pesca nada decente.





