Vi venir a aquel barco desde la lejanía. Esperaba que virase antes de aproximarse al lugar en el que me encontraba, porque de no hacerlo hubiese chocado con la costa. Pero la proa se hacía cada vez mas grande, estaba casi encima de mi. No me lo podía creer. A aquel barco de guerra le ocurría algo extraño, o había perdido los frenos, o se le había atascado el motor a toda máquina, o el timonel estaba dormido, o simplemente la Armada me había declarado la guerra por ser un pescador submarino. El temor se iba apoderando de mi ánimo y ya estaba pensando por donde podía escapar de la proa de aquella enorme máquina de guerra, cuando de repente en cosa de pocos segundos el barco viró 90 grados para entrar en casi mínimos dentro de la bocana del puerto.
La pesca era de morralla. No se veía en aquel lugar ni en pescado de cierto tamaño. El fondo estaba turbio. Las aguas habían caído hasta los 24 grados. Aquello era desagradable por la cantidad de partículas que la corriente sacaba de los puertos y llenaba toda la mar.
Llevaba el traje de 3 mm ´comprado recientemente, un chaleco de otros 3 mm. y dos kilos y medio de plomo. Al final de la jornada el frío se notaba un polín. Pensé que ya era el momento de ponerme una chaqueta de mayor grosor, y quitarme el chaleco, o tal vez dejármelo y colocarme esa chaqueta de 7 mm. en origen y que ahora solo tendría 5 mm, por haberse comprimido con el paso del tiempo.
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