Aquel día había estrenado guantes nuevos. Las lluvias de la semana anterior habían dejado el agua echa barro o blanca. Por eso aquel día no esperaba encontrarme con visibilidad alguna. Pero me equivoqué. Allí en aquel lugar en donde no había montes ni ramblas, el agua estaba algo blanca, pero la visibilidad era superior a los diez metros. Por eso, me dirigí al lugar. Eran las 14,30 de la tarde. Cuando bajé a aquella cueva y me escondí, a unos diez metros de profundidad, no esperaba que aquellos dentones de entre kilo y medio y dos kilos, estuviesen esperándome. Se trataba de dentones suicidas. Que se acercaban a la punta del arpón. Sentí mucho que no tuvieran un peso mayor. Pero, al no ver ejemplares mas grandes, disparé. El tiro no podía ser mas fácil. Eran ellos los que se clavaban en el arpón. Pude clavar a otro, pero dejé que se acercara y no disparé. Después de las 15 horas habían desaparecido.
También vi dos abadejos grandes, pero no pude dispararles. Clavé una corvina y una lecha. Pero ya el mes de octubre hacía ver que empezaba la época de la pesca. El verano se había marchado sin nada que hacer. Espero tener mas suerte este otoño.
El agua estaba en 24 grados. Llevaba un traje que hace varios años tenía 7 mm y que ahora tendría unos 5 mm. El pantalón sin peto. Pero me puse un chaleco de 2 mm, ya muy viejo. En el cinto llevaba tres kilos de plomo, pero me puse medio kilo mas. Sin el medio kilo bajaba con un poco de esfuerzo, pero al subir la flotabilidad me impulsaba rápidamente a la superficie. Con el medio kilo de más, bajaba sin dificultad, pero al subir notaba cierto trabajo. Como no estaba a mucho fondo, opté por llevar los tres kilos y medio. Tampoco era tanto, pensé.
1 comentario:
pues precisamente, el último día que hablamos se me olvido decirte que en octubre, la cueva del muñón, suele ser agradecida, por lo que veo, tu si te acordaste
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