Aquellos días en los que el temporal de levante hacía imposible bucear en el Mediterráneo, la única alternativa, para poder estar en remojo, era bucear en el Mar Menor. Buceábamos de día y de noche. Aquella roca estaba llena de camarones y peces zorro y gobios, junto a peces alga de la familia de los caballitos de mar. Pudimos comprobar en las fotos como el pez alga intentaba traicioneramente pillar desprevenido a algún camarón pequeño para zampárselo con su boca de trompeta. Pero la imagen captada por la cámara submarina daba fe de que el camarón no se dejaba atacar ni por la espalda. En un repentino disparo de bala de sus pequeñas pinzas delanteras dejaba al pez alga fuera de combate. No obstante, el pez lo intentaba una y otra vez. Luego aquellos animales que parecían almejas sin concha que como topos iban surcando bajo la superficie de la arena del fondo caminos buscando su comida. Por otro lado las caracolas que aplicaban sus ventosas y sus aristas de la concha, junto a un jugo narcotizante a los berberechos que encontraban. Y los encontraban a través del olfato. El berberecho cuando se sentía atrapado sacaba un pie ambulacral mas largo que un dedo meñique, y a modo de pértiga, pegaba saltos alejándose de su enemiga la caracola de mar. Pero, poco duraban esos saltas y después de encerrarse en su concha, otra vez la caracola venía a comérselo.
Una vez en el Mediterráneo los bancos de espetones bien ordenados, y los cormoranes, ponían un acento distinto en la faunística de la mar.
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