Divisé aquella boya de pescador submarino muy lejos, mar adentro. Pensé que estaría sobre algunas piedras sobre un fondo superior a 15 o 20 metros. Así que me lancé hacía donde se encontraba la boya, nadando velozmente. Pero cuando me estaba acercando, vi que la boya se movía mas veloz que yo, lo que me impedía alcanzarla, a pesar que comenzó a nadar hacía donde yo me encontraba. Me rebasó y continué detrás de aquella boya tan veloz. No podía darle alcance, quien fuera el pescador que llevaba aquella boya, nadaba con una velocidad que me era imposible igualar. Por fin pude darle alcance, cuando el pescador fondeó la boya y se sumergió. Le divisaba desde la superficie, y me pude dar cuenta de algo que se me quedó grabado. Aquel pescador submarino solo llevaba una aleta en un pie. En el otro no llevaba aleta alguna, ya que el pie estaba cortado. Un pequeño muñón era lo que quedaba de su pie izquierdo. Llevaba el pantalón cosido y pegado sobre el muñón para no tener frio. Aquella visión me hizo tal impacto que me llevó a pensar en la poca distancia que cada día nos encontramos de la muerte. Aquel pescador submarino tenía un pie muerto, mejor dicho Le faltaba el pie. Le saludé y me dijo que llevaba buceando desde muy temprano por lo que llevaba mas de 6 horas aleteando con un solo pie y no estaba nada cansado. Pero no solo eso, sino que nadaba mas veloz que yo con dos aletas y que acababa de comenzar la jornada de pesca. Aquel buceador era la prueba viva de que las limitaciones inhabilitantes solo se encuentra en nuestro cerebro, porque cualquier circunstancia inhabilitante puede ser superada por quien pone en ello voluntad. A pesar de que solo llevaba un gran sargo colgado en la boya, aquel pescador estaba motivado, tal vez, porque cada minuto dentro del agua se estaba superando a si mismo y a los demás, mientras hacía deporte.
Después de saludarle me alejé en sentido contrario al del buceador de una sola aleta.
El agua estaba en 24 grados. Me puse el traje comprimido de 7 mm que tenía varios años. La chaqueta estaba tan acartonada y falta de elasticidad, que me estrangulaba la garganta. Tuve que darle un corte, pero me seguía estrangulando. Estaba deseando salir. Me puse un chaleco de 3 mm. En el cinto 3,5 kilos de plomo. No tuve frio.
Nada mas meterme divisé tres mújoles que entraron a una cueva. Vi salir dos de ellos. Bajé a por el tercero que no había salido. Allí estaba, apunté a su gran cabezota y el arpón le penetró en ella dejándole muerto. Después falle un mero de unos dos kilos. Puse el arpón hacía abajo y la culata hacía arriba. Tal vez eso hizo que el arpón no siguiese la guía del cañón y el tiro saliera desviado. Después clavé un gran salmonete y una corvina. Salí a las 5,30 horas de estar buceando. La pesca la regalé a un conocido que pasaba por allí. Tendría que comer solo brócoli aquel día.







