MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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martes, 25 de septiembre de 2018

El final del verano del dieciocho. Lo bueno de la quincallería barata.









 

 



Mucha comida sana, pero nada de pesca submarina. Solo nadar y nadar, pasar calor y caminar.
Por fin el verano se acabó. Se fueron los veraneantes. Si la temperatura del agua baja de grados, posiblemente acuda el pescado a la orilla. Aún no ha sucedido. A final de septiembre el agua esta en 26 grados. Durante los meses pasados, llegó a alcanzar los 29 grados centígrados. No había pasado en ningún año antes, que la temperatura de la mar, en estas costas, hubiese alcanzado cifras tan elevadas. Algo estaba sucediendo en el clima. El agua del mar, solo era un testigo.
Estuve metiéndome a bucear varios días seguidos al final del verano. Salía sin pegar un tiro. Solo se veían, simiente de pulpos y meros chicos. Buena señal para épocas futuras, pero de momento solo aburrimiento y entrenamiento para días mejores. De tanto tiempo sin bucear, casi dos meses, el estomago se había pegado a los pulmones, debería despegarse en unas cuantas salidas y dejar espacio para ventilar y hacer buenas apneas.
Aquel día, me fui a los lugares del bajo de la piedra gorda, en busca de dentones, pero, visto que no había, debido a la alta temperatura del agua, comencé a pescar al agujero. No bajé muchas veces en 5 horas, solo unas 60 veces, según indicaba el reloj submarino. No vi nada, solo aquella dorada y aquella corvina. La dorada pesaba un kilo y la corvina 700 gramos. Se lo regalé a mi familia, mientras yo compraba en el supermercado boquerones para hacerlos a la plancha, que están riquísimos.
El agua estaba en 26 grados, llevaba el traje de casi 20 años de 3 mm en origen y que ahora tendría un milímetro, un chaleco de otro tanto, pues el pantalón no llevaba peto. En el cinto solo un kilo y medio de plomos. Era delicioso bucear en aquel bajo, daba la sensación de estar en una fuente termal. Pero no había pescado. Aquella dorada me miró de frente al fondo de la cueva, le apunté y el arpón le entró por la pinta amarilla de su cabeza, saliéndole por debajo de su vientre. La corvina, me miró mientras huía a esconderse. Esa fue su perdición, mirarme de perfil. Antes de desaparecer el gatillo sentenció un disparo alcanzándola por el cerebro. Quedó muerta en el acto igual que la dorada. Parecía mentira que después de dos meses sin bucear y sin disparar un tiro, la precisión en la puntería no hubiese sufrido merma alguna. Claro, la quincallería barata del mes de junio, tal vez, tuviese mucho que influir en esa precisión. Ya solo falta sacar el meraco, para calmar la humildad del Sabio Borriquete, a quien ya se le estaba pasando el disgusto de aquella quincallería barata del pasado 22 de junio. Que huevas tan ricas tenían aquellos espetones.


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