MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

viernes, 30 de noviembre de 2018

El pulpo Hemingway amaba los libros y la cerveza.









El agua continuaba de color chocolate. La visibilidad no superaba los 4 metros en algunos sitios, en otros, ni siquiera dos metros. La marejada del viento del suroeste hacía estragos. No esperaba durar mucho dentro del agua buceando aquel día. Solo estuve dos horas.
La temperatura continuaba en 18 grados centígrados del agua marina. El traje de 7 mm, con dos chalecos y 6,5 kilos de plomos, eran una barrera contra el frio. Era agradable bucear en esas condiciones de comodidad.
Casi, a poco de haberme metido al agua, divisé algo blanquecino, que desde la superficie parecía una biblia abierta en su atril. Por unos instantes, pensé que sería raro encontrar vida submarina cerca de un icono de cultura humana. Deduje que si algún animal se atrevería a aproximarse a un libro, debía ser un animal curioso, inteligente y nada miedoso. Miré el contenido del libro, pero no conozco el idioma alemán. Parecía alemán. Mis pocos conocimientos de google del idioma inglés, me hizo descartar este como lenguaje de aquel libro. Era alemán, sin lugar a dudas. Cuando levanté la vista del libro, vi un pulpo junto a aquel compendio de cultura alemana. No muy lejos del pulpo, una botella de cerveza de cristal vacía. Aquel animal, deduje, sentía curiosidad por la lectura y por el aprendizaje de idiomas extranjeros, obra del hombre. También sentía querencia por los envases de cerveza, lo que no quería decir que se la hubiese bebido el. Pero nunca se sabe. Un pulpo es capaz de descorchar una botella de cristal y beberse la cerveza íntegramente. Lo que no estoy muy seguro, es que supiera leer en lenguaje alemán. Pero, desde su punto de vista de depredador, no dudo que pensaría, que tal vez otro animal marino,  curioso de la lectura, podría acercarse a indagar en el contenido del libro y en ese momento el pulpo podría darle caza. Era una trampa para intelectuales submarinos. Yo, fui la primera víctima del cebo intelectual de aquel pulpo, pero de rebote, le disparé un arpón entre los ojos, y le convertí en una de las viandas que mas me gustan, pulpo a la cartagenera, asado a la plancha y servido con vinagre y aceite, cortado en trozos en un plato, junto con pan tierno.
Sentí lástima de aquel pulpo tan culto, cosa rara, entre tanto bestia  depredador humano que,  solo ve en un pulpo un manojo de billetes para engrosar su abultada cartera y morirse rico rodeado de billetes, en una agónica, enfermiza, miserable  y continuada acción infractora de la Ley de Pesca Recreativa.

El día de las bolas de plomo. Las alegres compañías.



 
La temperatura del agua aquel día era de 18 grados. Traje de 7 mm, semi nuevo, con dos chalecos y 6 kilos de plomo en el cinto. Circunstancias adyacentes a la vida de la casa, me hicieron entrar al agua tarde, a las 15 horas y la puesta de sol a las 18 me limitó la jornada a solo 3 horas de buceo.
El agua estaba turbia, la visibilidad no era mayor de 4 metros. Las recientes lluvias y el sempiterno viento de lebeche, no hacían por mejorar la transparencia de la mar. Bastantes medusas pequeñas próximas a la orilla, era otro obstáculo. No obstante, anduve a las 15,50 horas, buscando en la profundidad de 15,50 metros, una guarida de pulpos grandes. Era algo descabellado aquel día.  Dada la poca visibilidad del agua, lo que hice fue utilizar la técnica del ciego. Colocaba el plomo de fondear la boya, aproximadamente donde calculaba que podía estar la cueva del pulpo, luego bajaba y rectificaba el lugar donde colocar el plomo. En eso andaba, cuando una de las veces que quise tirar desde la superficie para cambiar el plomo de lugar, me di cuenta que era imposible, se había enganchado a algo y no lo podía despegar del fondo. Así que tuve que bajar a 15,50 metros de profundidad para liberarlo. Mi sorpresa fue grande, cuando descubrí que lo que aprisionaba al plomo era un pulpo dentro de la cueva que andaba buscando, por lo que dejé al pulpo y al plomo atrapado, para servirme de guía la cuerda de la boya en mis bajadas hasta el fondo, para intentar capturar al pulpo. En la primera bajada, por supuesto que apenas se veían 4 metros de cuerda, bajé por ella y disparé al pulpo a uno de los ojos, a la vez que enganchaba el mosquetón del fusil a la boya, para que el pulpo no saliese de su guarida y cambiase de lugar, haciendo desaparecer mi fusil con el arpón clavado. En la segunda bajada y en la tercera, intenté en vano con el gancho artesanal, extraer al pulpo clavado de su cueva, pero era imposible, porque el pulpo estaba dispuesto a dejarse desgarrar patas y cuerpo, aferrado bien dentro de su cueva, sin darme la mayor oportunidad de extraerlo. La cueva era muy grande y era imposible incluso ver al pulpo. En la siguiente bajada, opté por tirar del arpón, para ver si el pulpo salía, pero no, no salió, el arpón se desclavó y en las tinieblas de la turbiedad  del agua, ascendí a la superficie dando por abortada la extracción de aquel valiente animal. Aunque, aún bajé una quinta vez, para intentar con el gancho extraerlo. Todo fue en vano. Continúe  buceando, sin ver nada importante, algunos sargos, un mero que rondaba el kilo, amigable y fotogénico, al que no quise grabar, porque el sol tendía a ponerse. Volví y salí solo con un salmonete. Al salir un francés me pregunto por la pesquera. Le dije, que nula. La respuesta que me dio el francés estaba cargada de filosofía: Otro día pescaría. Si, llevaba razón, otro día, pero una retirada a tiempo es lo que da la oportunidad de pescar otro día. Dejarse la vida intentando en condiciones nada favorables intentando sacar un pulpo, no es lo aconsejable para nadie que tenga sensatez por su vida y por la del pulpo.
Aquel día, solo encontré en varias ocasiones bolas de plomo en el fondo. Eran muy gordas. Restos de los pescadores de caña de lanzar. La noche anterior tuve un sueño, que junto a la turbiedad del agua, me hicieron ser sensato. En el sueño, veía con envidia mientras yo estaba aburrido, como un compañero de trabajo iba acompañado de tres chicas. Reían y se lo pasaban muy bien. Incluso, viéndome a mi, solo y aburrido, me invitaron a unirme a su grupo. No recuerdo exactamente cual fue la excusa que les di para no acompañarles. Al despertar me di cuenta que el compañero de trabajo, que vi en el sueño acompañado de tres chicas, hacía varios años que había muerto. Era muy alegre y le gustaba vivir bien. Pobrecito. Y yo, envidiándole en sueños. Al menos estoy vivo, aunque las circunstancias de la pesca no me sonrían todos los días. Ese sueño, me llenó de prudencia a la hora de bajar aquel día. No se puede uno jugar la vida por una tontería. La vida vale mucho mas que un pulpo grande.



miércoles, 7 de noviembre de 2018

Erase una vez una mina de quincalleria barata y de mociones de censura.








Aquel día me fui a la mina de los Morteretes. El agua estaba en 19 grados. Llevaba un traje sin peto de 7 mm, con dos chalecos de 3 mm. En el cinto 6,5 kilos de lastre. Tal vez con un pantalón de 5 mm hubiese ido bien, incluso con el traje entero de 5 mm.  Pasé un pelín de calor.
Aquel lugar, habitual del Sabio Borriquete, no dejaba lugar a dudas, la Virgen en forma de pez, podía aparecerse en cualquier instante. El agua estaba turbia, cosa mas emocionante, pues sin verla, podía una gran pieza colocarse en tus narices.
La primera sorpresa fue que, al cargar el fusil para grandes piezas, quebró el cabezal de las gomas. Como llevo varios fusiles, quité un cabezal de otro, e intenté colocarlo en el arma larga, pero fue imposible, pues no pude quitar el casquillo del cabezal del fusil largo. Se había encasquillado. Con dos pares de guantes de latex en cada mano y encima unos guantes de neopreno de 3 mm,, no podía. Abandoné la intención, volviendo a colocar el obus en su fusil y cogí el de 90 cm, cargado en la segunda muesca y con dos vueltas de hilo. Hice varias esperas en mitad de nada, esperando que Los Morteretes, me fuesen propicios y apareciese la pieza de mi vida. Todo fue en vano, solo aparecieron unas lechas de 700 gramos, mas escamonas que nada. Así que aborté las esperas en el fondo, para pasar a la pesca del indio sobre el fondo, habida cuenta de que el agua estaba turbia y la visibilidad escasa. Así andaba, viendo amigablemente unas corvinas de 700 gramos, a las que saludaba y no disparaba. Ellas, las corvinas, sintiendo en mi un ser amigable, se dejaban hasta fotografiar. Un sexto sentido bajo el agua, transmite a través de las ondas acuáticas, las intenciones de cualquier animal. Eso lo sabían las corvinas y todos los peces. A mi me faltaba muchas horas de agua, para saber las intenciones de los peces, pero algo iba aprendiendo.
Unas de las veces, divisé en otras piedras una corvina que daba la talla y a lo lejos, pues ella adivinó mis pensamientos y huía a esconderse, disparé in extremis, con la puntería que me había dado la quincallería barata. Lógicamente, aquella quincallería, me hizo no errar el tiro y la corvina, a pesar de estar lejos cayó fulminada.
Me dispuse a volver, quedaba media hora de sol, nadando hasta el lugar desde donde entré al agua. Y necesitaba una medía hora de darle a las aletas, para llegar a nado hasta aquella costa.  Pero, cuando faltaban cien metros para salir, y había una profundidad de tres metros, me vi rodeado amigablemente por un banco de depredadores de gran tamaño. Se trataba de palometones. Como siempre llevo la punta del fusil hacía delante, mientras nado, solo tuve que apuntar a su espina dorsal, lo más próximo a la cabeza y con la puntería y la rapidez que, me había facilitado la practica de la quincallería barata, el arpón penetró en la espina del pez, dejándole tieso. Tan tieso que hasta solté el fusil, irresponsablemente para abrazarlo y clavarle el cuchillo en su cabezota. Estaba dura, pero le di muerte. Mientras esta operación realizaba, vi como los compañeros del abatido espetón, daban vueltas pacientemente a mi lado, tocándome, esperando que su amigo volviese con ellos. Después de un tiempo prudencial que duró unos cinco minutos, desaparecieron. Lástima que no hubiese venido un compañero conmigo este día, pues habría podido, a su antojo, disparar al mejor palometón que hubiese elegido.
Aquel día improvisé con un arpón roto, unas gomas viejas de fusil y un trozo de cuerda de tender la ropa, un gancho para sacar pulpos. Cuando lo estaba fabricando y afilando, sentí pena de ser tan cruel con los animales marinos, con lo amigables que ellos son conmigo. Pero bueno, como siga así, paso a cazar cazadores de peces en vez de peces. Eso tendrá que esperar. Pero sigo sin comprender y nunca he comprendido, a quien convierte la fauna del fondo marino en billetes, esquilmando la mar todos los días, para engrosar su cartera, o su losa, con algo que no va a disfrutar. Yo no entro en que eso es ilegal y esta castigado con una buena multa, sino que pienso en que, si la cartera, o la losa, es grande y sin fondo, puede dejar el fondo del mar sin peces y morirse rodeado de billetes, porque no podrá gastarlos. En cambio, el fondo de mi congelador es pequeño y con poco está lleno. Cazo para comer y regalar a mis amigos. Disfruto de la vida y me da gusto verme rodeado de peces, sin ver en ellos billetes, sino solo peces, alimentos, naturaleza viva y sobre todo, hago ejercicio fisico. Pero la codicia puede ser tan avara, que, algunos pueden y prefieren trocar amigos, parientes y buenas gentes, a cambio de acumular billetes. Y eso, eso si que es una infamia, sin entrar en que, también,  es un ilícito administrativa en materia de pesca. Pero de momento, solo cazo peces.