MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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lunes, 21 de enero de 2019

Aquellas corvinas, no eran estupidas, ni idiotas, ni imbéciles. Otros animales y algunas personas, si.



































No debemos confundir al estúpido con el idiota o con el imbécil…

Es mucho más peligroso un IMBÉCIL que un IDIOTA y, por último, que un ESTÚPIDO.

Vamos a intentar explicarlo…

ESTÚPIDO. Del Latín Stupidus, significa sorprendido o asombrado, de ahí estupefacto. Los romanos empezaron a aplicarla de modo despectivo a aquellos que eran un tanto timoratos o que se asombraban por todo. Resumiendo, un estúpido es un alelado o un pasmado. Es decir, se llama estúpido a toda persona que realiza una estupidez fruto de ese pasmo. Por estupidez nos referimos a un acto que no necesariamente provoca un mal a alguien pero que ocurre por una carencia de sentido común en el individuo que lo realiza.

IDIOTA. Idiota proviene del griego Idiotes, palabra con la que se designaba a las personas inexpertas o profanas en algún tema o profesión. A lo largo de los siglos el significado fue variando hasta que en el siglo XII entró en nuestro idioma proveniente del francés Idiot que significa persona ignorante. Es decir, un idiota es un ignorante.
El sujeto es consciente del acto que está llevando a cabo. Sin embargo, lo realiza de todas formas, porque su sentido común no le da para hacer un acto más inteligente. No da para más.

IMBÉCIL.  Proviene del Latín Imbecillis y significa persona débil o enjuta. Aunque en un principio hacía referencia a una dolencia física, con el devenir del tiempo cambió para definir un mal mental y así imbécil era “débil mental”. El imbécil también es plenamente consciente del acto que está realizando. Sin embargo, y ahí estriba la peligrosidad del imbécil, lo ha planeado y ha desarrollado estrategias para ascender socialmente a base de imbecilidades. El acto de imbecilidad, a diferencia del de idiotez o estupidez, está orientado a la aceptación de los que considera sus pares. Es decir, va dirigido hacia un grupo específico .

Según Savater hay varios tipos de imbéciles:

-El imbécil que no cree en nada y que todo le da igual.

-Aquél que cree que lo quiere todo y luego paradójicamente no hace nada.

-El que no sabe ni quiere saber, simplemente sigue a la masa como si fuera una oveja más del rebaño.

-El que sabe lo que quiere pero no se molesta en conseguirlo ya que no le apetece esforzarse.

-El imbécil que tiene mucho ímpetu pero no es capaz de diferenciar lo bueno de lo malo.
Una vez definidos los términos, para no entrar en detalles, pasaré a comentar la jornada de pesca.
El cielo amenazaba lluvia aquel día. No me importaba mucho, debería meterme a bucear si, o si. Los biorritmos estaban cargados a tope. Había dormido lo suficiente y quería visitar aquellos lugares sarracenos, a los que tenía desde hace años, olvidados.
Solo estuve 3 horas buceando. Hice varias esperas, esperando que entrara alguna pieza grande. Pero fue todo en vano. Allí no había ni un vivo.  Cogí el fusil de 90, con el arpón recién afilado y me dispuse a hacer pesca al agujero. No recuerdo cuantas veces bajé con la linterna, tal vez no las suficientes, pero solo pude ver a algunas corvinas pequeñas y otras de mayor tamaño. Estas últimas no daban muestras de ser imbéciles para dejarse atrapar. Las veía cuando me ventilaba, pero al bajar desaparecían. Sabían latín aquellas corvinas perro, no eran ni estúpidas, ni imbéciles, ni idiotas, según las definiciones previas de esta entrada.
La lluvia no paró en todo el día. Un fuerte viento del norte levantaba olas de masa y de superficie. Yo, no daba mucho crédito en que aquel día divisara un mero grande. Lo intenté, pero solo vi meros pequeños.
El agua estaba en 15 grados. El color del día era plomizo. No se vio el sol en ningún momento. Tanto al cambiarme al entrar, como al salir, el agua de la lluvia helada me duchaba. Pero eso me fortalecía. No obstante, las secuelas del constipado aún eran evidentes. Los pulmones estaban llenos de moco, que no había sido expulsado, ni se podía expulsar, de momento. Solo que, ese moco, me impedía respirar y llenar los pulmones a tope. Aquel día, me gané el jornal de la resignación, la fortaleza y la contumacia. Para comer, no podían faltar los huevos. Me comí una docena de huevos fritos con patatas. Por cuestión de huevos no iba a fallar. Eso si, eran huevos de codorniz, a punto de caducar. Otro día caerá ese mero que ando buscando. De momento, le echaba huevos.

 

 


jueves, 17 de enero de 2019

Alfa y el salmonete.




























Coloqué la brújula sobre el mapa para señalizar el lugar mas optimo para bucear la primera vez del nuevo año. Después de un constipado, pensaba que no estaría al 100 por ciento. Así que, elegido el lugar, la noche anterior inicié las labores de preparar el equipo, afilando arpones y cambiando las lienzas ya gastadas por la erosión de las rocas, el sol y el salitre marino.
Solo estuve 3 horas buceando. Las mucosas estaban secas, a pesar de que me metía agua del mar en la boca y me la enjuagaba, soltando un chorro, a modo de ballena. El moco que no había sido expulsado aún, me hacía estar en baja forma. Pero, aquel día, se trataba de ir cogiendo poco a poco, la rutina, la forma y acostumbrarme al gélido frio de las aguas que, aquella jornada rondaban los 15 grados.
Baje a media agua,  unos 13 metros, inspeccionando el fondo que estaría a unos 3 metros mas abajo. No vi nada de vida submarina. Solo pequeños  chirretes nadaban en forma de bancos, a toda velocidad. Era el mes del chirrete frito.
El día estaba muy gris. El sol, solo se vio unos minutos, pocos antes de ocultarse. La jornada había terminado y había que salir.
Durante la jornada alfa del año nuevo, lo primero que encontré en el fondo marino, fue una bandera alfa enorme. Señal de buena suerte, pensé, para comenzar el año. Después, mas adelante, había fondeado el plomo de la boya entre unas rocas, mientras inspeccionaba una cueva, donde había visto un mero decente en otra ocasión. Cuando intenté tirar de la cuerda y levantar el plomo, me di cuenta que unos brazos de pulpo, que habían aprisionado el plomo, se desprendían de aquel y se escondían entre el fondo y una roca. Bajé a inspeccionarlo. Me pareció un buen pulpo y apuntando a uno de sus ojos, apreté el gatillo. Ascendí a coger aire y a por el gancho sarraceno. Clavando el gancho en el cuerpo del animal, que apenas daba espacio, pues se había ocultado profundamente en la cueva, tiré al mismo tiempo del gancho y del arpón, usando la técnica submarina extractiva de Pitágoras. El teorema fue resuelto en un plis plas. El animal abandonó convencido su indefensa guarida, ante la teoría del matemático griego. 
Acababa de pasar por allí la lancha de la guardia civil. Miré el pulpo. Pesaría un kilo y poco mas. Vi que el arpón se había metido por debajo del ojo, en donde el pulpo no tenía ningún cerebro. El gancho sarraceno, tampoco le había herido en zonas vitales. Tenía que decidir si el pulpo iba al arcón para hacerlo a la cartagenera, o le perdonaba la vida, soltándole en su hábitat. Esto último, es lo que decidí, acusando dos sentimientos contradictorios, uno positivo por haber salvado la vida de un noble animal y otro negativo por la pérdida de un suculento manjar como pulpo a la cartagenera. Estaba seguro que el primero vencería sobre el segundo. Y, aquella decisión, me alejaría y me diferenciaría de los indeseables depredadores que cazan de todo, para convertirlo en billetes, infringiendo todas las leyes y contra toda ética moral. Se les podría definir, como imbéciles morales de la billetería, para quienes un billete, vale mas que un suculento plato, y, lo que ya es imperdonable, para esos indeseables, un billete vale mas que un amigo, o que cualquier persona. Al final, los billetes no les servirán ni para alfombrar su ataúd, ya que se los llevará la peste y las rencillas de los herederos y también Hacienda. Pero, en este deporte, hay desaprensivos que no lo hacen por deporte, sino por billetes. Esa es su motivación hasta la muerte. Y cualquier cosa, amigos, `parientes, o leyes, que se interpongan, entre el desaprensivo y el billete, siempre, siempre, elegirán el billete.
Después de salvarle la vida al pulpo y poner distancia entre mi persona y los indeseables depredadores billeteros, vi un salmonete grande, al que dejé herido dando vueltas sobre su cerebro destrozado. Ascendí a ventilarme. Pero, cuando bajé a recoger al salmonete muerto, este había desaparecido. Seguramente alguna morena se lo habría zampado, por el olor y el color verde, de la sangre que su cabeza desprendía. Después vi otro salmonete, pero al sentir mi presencia en la superficie, fue a ocultarse en una cueva. Bajé a inspeccionar la cueva. Pero solo vi un salmonete pequeño en las proximidades. Antes de ascender, miré de nuevo a la cueva con la linterna encendida. Le vi. Vi su testuz enorme, con aquellos ojos de imbécil moral, de merluzo megalodón. Solo hice dos cosas, antes de ascender, apagar la linterna para no asustarle, dirigir la mirilla del fusil hacía su cabezota, pensar que era un merluzo megalodon y no un salmonete cualquiera. Y por ultimo apretar el gatillo. El animal estaba posado con su barbilla sobre una gran piedra del fondo de la cueva. El arpón le penetró frontalmente, por encima del ojo, atravesándole el cerebro y saliendo por su barriga. Era el salmonete alfa. El primer salmonete cazado del año nuevo. Parecía un mero, por la forma de posarse en la cueva. Parecía un merluzo megalodón, un imbécil moral, que no sabía tomar decisiones de acuerdo con los principios de la lógica y de las normas de la moral y las buenas costumbres de superviviencia, pero su vida terminó de esa manera y su muerte servirá para hacer un salmonete a la plancha, saboreado en la buena mesa. Sin gastarse un billete para comprar un manjar tan excelente. En la mar,  en todo cuanto se refiere a la pesca recreativa, no valen los billetes, solo las recetas de cocina, un buen congelador y tener buena puntería.
No en vano, el día anterior estuve practicando con el arco. Ese deporte del tiro con arco, junto al del verano pasado de la quincallería barata, son los mejores para afinar la puntería. El día alfa, no podía haber sido mas gratificante, en cuestión de punterías.