No
debemos confundir al estúpido con el idiota o con el imbécil…
Es
mucho más peligroso un IMBÉCIL que un IDIOTA y, por último, que un ESTÚPIDO.
Vamos
a intentar explicarlo…
ESTÚPIDO.
Del Latín Stupidus, significa
sorprendido o asombrado,
de ahí estupefacto. Los romanos empezaron a aplicarla de modo despectivo a
aquellos que eran un tanto timoratos o que se asombraban por todo. Resumiendo,
un estúpido es un alelado o un pasmado. Es decir, se llama estúpido a toda
persona que realiza una estupidez fruto de ese pasmo. Por estupidez nos
referimos a un acto que no necesariamente provoca un mal a alguien pero
que ocurre por una carencia de sentido común en el individuo que lo realiza.
IDIOTA.
Idiota proviene del griego Idiotes,
palabra con la que se designaba a las personas
inexpertas o profanas en algún tema o profesión. A lo largo de
los siglos el significado fue variando hasta que en el siglo XII entró en
nuestro idioma proveniente del francés Idiot que significa persona ignorante.
Es decir, un idiota es un ignorante.
El sujeto es consciente del acto que está llevando a cabo. Sin embargo, lo realiza de todas formas, porque su sentido común no le da para hacer un acto más inteligente. No da para más.
El sujeto es consciente del acto que está llevando a cabo. Sin embargo, lo realiza de todas formas, porque su sentido común no le da para hacer un acto más inteligente. No da para más.
IMBÉCIL.
Proviene del Latín Imbecillis
y significa persona débil o enjuta.
Aunque en un principio hacía referencia a una dolencia física, con el devenir
del tiempo cambió para definir un mal mental y así imbécil era “débil mental”.
El imbécil también es plenamente consciente del acto que está realizando. Sin
embargo, y ahí estriba la peligrosidad del imbécil, lo ha planeado y ha
desarrollado estrategias para ascender socialmente a base de imbecilidades. El acto de imbecilidad, a diferencia del de idiotez
o estupidez, está orientado a la aceptación de los que considera sus pares. Es
decir, va dirigido hacia un grupo específico .
Según
Savater hay varios tipos de imbéciles:
-El
imbécil que no cree en nada y que todo le da igual.
-Aquél
que cree que lo quiere todo y luego paradójicamente no hace nada.
-El
que no sabe ni quiere saber, simplemente sigue a la masa como si fuera una
oveja más del rebaño.
-El
que sabe lo que quiere pero no se molesta en conseguirlo ya que no le apetece
esforzarse.
-El
imbécil que tiene mucho ímpetu pero no es capaz de diferenciar lo bueno de lo
malo.
Una vez definidos los términos, para no entrar en detalles, pasaré a comentar la jornada de pesca.
El cielo amenazaba lluvia aquel día. No me importaba mucho, debería meterme a bucear si, o si. Los biorritmos estaban cargados a tope. Había dormido lo suficiente y quería visitar aquellos lugares sarracenos, a los que tenía desde hace años, olvidados.
Solo estuve 3 horas buceando. Hice varias esperas, esperando que entrara alguna pieza grande. Pero fue todo en vano. Allí no había ni un vivo. Cogí el fusil de 90, con el arpón recién afilado y me dispuse a hacer pesca al agujero. No recuerdo cuantas veces bajé con la linterna, tal vez no las suficientes, pero solo pude ver a algunas corvinas pequeñas y otras de mayor tamaño. Estas últimas no daban muestras de ser imbéciles para dejarse atrapar. Las veía cuando me ventilaba, pero al bajar desaparecían. Sabían latín aquellas corvinas perro, no eran ni estúpidas, ni imbéciles, ni idiotas, según las definiciones previas de esta entrada.
La lluvia no paró en todo el día. Un fuerte viento del norte levantaba olas de masa y de superficie. Yo, no daba mucho crédito en que aquel día divisara un mero grande. Lo intenté, pero solo vi meros pequeños.
El agua estaba en 15 grados. El color del día era plomizo. No se vio el sol en ningún momento. Tanto al cambiarme al entrar, como al salir, el agua de la lluvia helada me duchaba. Pero eso me fortalecía. No obstante, las secuelas del constipado aún eran evidentes. Los pulmones estaban llenos de moco, que no había sido expulsado, ni se podía expulsar, de momento. Solo que, ese moco, me impedía respirar y llenar los pulmones a tope. Aquel día, me gané el jornal de la resignación, la fortaleza y la contumacia. Para comer, no podían faltar los huevos. Me comí una docena de huevos fritos con patatas. Por cuestión de huevos no iba a fallar. Eso si, eran huevos de codorniz, a punto de caducar. Otro día caerá ese mero que ando buscando. De momento, le echaba huevos.









































