MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 17 de enero de 2019

Alfa y el salmonete.




























Coloqué la brújula sobre el mapa para señalizar el lugar mas optimo para bucear la primera vez del nuevo año. Después de un constipado, pensaba que no estaría al 100 por ciento. Así que, elegido el lugar, la noche anterior inicié las labores de preparar el equipo, afilando arpones y cambiando las lienzas ya gastadas por la erosión de las rocas, el sol y el salitre marino.
Solo estuve 3 horas buceando. Las mucosas estaban secas, a pesar de que me metía agua del mar en la boca y me la enjuagaba, soltando un chorro, a modo de ballena. El moco que no había sido expulsado aún, me hacía estar en baja forma. Pero, aquel día, se trataba de ir cogiendo poco a poco, la rutina, la forma y acostumbrarme al gélido frio de las aguas que, aquella jornada rondaban los 15 grados.
Baje a media agua,  unos 13 metros, inspeccionando el fondo que estaría a unos 3 metros mas abajo. No vi nada de vida submarina. Solo pequeños  chirretes nadaban en forma de bancos, a toda velocidad. Era el mes del chirrete frito.
El día estaba muy gris. El sol, solo se vio unos minutos, pocos antes de ocultarse. La jornada había terminado y había que salir.
Durante la jornada alfa del año nuevo, lo primero que encontré en el fondo marino, fue una bandera alfa enorme. Señal de buena suerte, pensé, para comenzar el año. Después, mas adelante, había fondeado el plomo de la boya entre unas rocas, mientras inspeccionaba una cueva, donde había visto un mero decente en otra ocasión. Cuando intenté tirar de la cuerda y levantar el plomo, me di cuenta que unos brazos de pulpo, que habían aprisionado el plomo, se desprendían de aquel y se escondían entre el fondo y una roca. Bajé a inspeccionarlo. Me pareció un buen pulpo y apuntando a uno de sus ojos, apreté el gatillo. Ascendí a coger aire y a por el gancho sarraceno. Clavando el gancho en el cuerpo del animal, que apenas daba espacio, pues se había ocultado profundamente en la cueva, tiré al mismo tiempo del gancho y del arpón, usando la técnica submarina extractiva de Pitágoras. El teorema fue resuelto en un plis plas. El animal abandonó convencido su indefensa guarida, ante la teoría del matemático griego. 
Acababa de pasar por allí la lancha de la guardia civil. Miré el pulpo. Pesaría un kilo y poco mas. Vi que el arpón se había metido por debajo del ojo, en donde el pulpo no tenía ningún cerebro. El gancho sarraceno, tampoco le había herido en zonas vitales. Tenía que decidir si el pulpo iba al arcón para hacerlo a la cartagenera, o le perdonaba la vida, soltándole en su hábitat. Esto último, es lo que decidí, acusando dos sentimientos contradictorios, uno positivo por haber salvado la vida de un noble animal y otro negativo por la pérdida de un suculento manjar como pulpo a la cartagenera. Estaba seguro que el primero vencería sobre el segundo. Y, aquella decisión, me alejaría y me diferenciaría de los indeseables depredadores que cazan de todo, para convertirlo en billetes, infringiendo todas las leyes y contra toda ética moral. Se les podría definir, como imbéciles morales de la billetería, para quienes un billete, vale mas que un suculento plato, y, lo que ya es imperdonable, para esos indeseables, un billete vale mas que un amigo, o que cualquier persona. Al final, los billetes no les servirán ni para alfombrar su ataúd, ya que se los llevará la peste y las rencillas de los herederos y también Hacienda. Pero, en este deporte, hay desaprensivos que no lo hacen por deporte, sino por billetes. Esa es su motivación hasta la muerte. Y cualquier cosa, amigos, `parientes, o leyes, que se interpongan, entre el desaprensivo y el billete, siempre, siempre, elegirán el billete.
Después de salvarle la vida al pulpo y poner distancia entre mi persona y los indeseables depredadores billeteros, vi un salmonete grande, al que dejé herido dando vueltas sobre su cerebro destrozado. Ascendí a ventilarme. Pero, cuando bajé a recoger al salmonete muerto, este había desaparecido. Seguramente alguna morena se lo habría zampado, por el olor y el color verde, de la sangre que su cabeza desprendía. Después vi otro salmonete, pero al sentir mi presencia en la superficie, fue a ocultarse en una cueva. Bajé a inspeccionar la cueva. Pero solo vi un salmonete pequeño en las proximidades. Antes de ascender, miré de nuevo a la cueva con la linterna encendida. Le vi. Vi su testuz enorme, con aquellos ojos de imbécil moral, de merluzo megalodón. Solo hice dos cosas, antes de ascender, apagar la linterna para no asustarle, dirigir la mirilla del fusil hacía su cabezota, pensar que era un merluzo megalodon y no un salmonete cualquiera. Y por ultimo apretar el gatillo. El animal estaba posado con su barbilla sobre una gran piedra del fondo de la cueva. El arpón le penetró frontalmente, por encima del ojo, atravesándole el cerebro y saliendo por su barriga. Era el salmonete alfa. El primer salmonete cazado del año nuevo. Parecía un mero, por la forma de posarse en la cueva. Parecía un merluzo megalodón, un imbécil moral, que no sabía tomar decisiones de acuerdo con los principios de la lógica y de las normas de la moral y las buenas costumbres de superviviencia, pero su vida terminó de esa manera y su muerte servirá para hacer un salmonete a la plancha, saboreado en la buena mesa. Sin gastarse un billete para comprar un manjar tan excelente. En la mar,  en todo cuanto se refiere a la pesca recreativa, no valen los billetes, solo las recetas de cocina, un buen congelador y tener buena puntería.
No en vano, el día anterior estuve practicando con el arco. Ese deporte del tiro con arco, junto al del verano pasado de la quincallería barata, son los mejores para afinar la puntería. El día alfa, no podía haber sido mas gratificante, en cuestión de punterías.

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