Aquel día, tenía que poner tierra por en medio, en todo lo que tocaba el merluzo megalodón. Debería hacer muchos kilómetros, hasta llegar a la Sarracenía. El tiempo no acompañaba. Llovió casi todo el día. Por lo que supuse que el agua estaría turbia. Me equivoqué. Estaba mas transparente que en verano. El sol no se veía, totalmente nublado y con lluvia. Tanto al cambiarme para meterme, como para salir, las gotas de lluvia me dejaron duchado.
Estuve buceando en torno a los 15 metros, al principio de meterme, buscando pulpos profundos gordos, aprovechando que la visibilidad era tan buena, que se veía el fondo a 15 metros, desde la superficie. Pero, no vi ninguno. Seguramente esperaran a febrero, cuando el agua esté mucho mas fría de los 16 grados, que había aquel día. Continué buceando en menos fondo. Bajé varias veces al ver un mero que pesaría unos dos kilos, pero estaba difícil, muy difícil. Bajé a verlo y a medirlo, unas diez veces, pero desistí, pues quedaba poco sol y si se complicaba, llegaría a anochecer sin sacarlo.
Vi, desde la superficie varias corvinas perro esconderse. Pero cuando bajaba, solo las corvinas normales quedaban para dispararles. No di ningún tiro, por supuesto. También vi un pulpo de algo mas de kilo, al que acaricie livianamente, en señal de amistad, con la punta del arpón. Algunos dentones chicos de medio kilo se me aproximaban, pero no iba a dispararles. Buscaba al mero del castañazo, pero, salvo otro mero de poco peso, ese día no era el del megamerazo.
Se me hizo muy tarde para salir. El sol ya se había puesto totalmente y las nubes dejaban un rastro de tormenta.
Al salir, un extranjero de Estonia, con una prenda de vestir con el anagrama de "free diving", me esperaba en la orilla. Parecía un guardia. Pero no, solo era un tiñalpa, que, en la oscuridad de la noche, mientras salía del agua, iba contando las puntas de los arpones que llevaba. Sin hablar, pues no entendía nada de español, si hizo un ademán de preguntar algo así, como: ¿para qué tantos fusiles?. Le iba a decir algo pero, no lo hice. Tampoco me iba a entender. Buscaba, aquel tiñalpa, si había pescado algo. Pero, no lo encontró. Si, claro que había pescado algo. Un gran salmoneitor, que escondí en la malla, para que no se escapase, pues aún después de haberle rematado, tenía energía para desprenderse del aro portapeces. Por eso lo guardé a buen recaudo. Estoy seguro que, aquel tiñalpa animalista extranjero, me hubiese recriminado en mi propia tierra, el porqué le disparo a un salmonete. No hacia falta entenderle, se dedicaba a la apnea, pura, dura y por solo la apnea. Era, según pude entender de Norwich. Pero, tenía una pinta de Estonio, que tiraba de espaldas. Porque, aquel día, al ¿anochecer, con el frio y el agua que caía, ¿Qué narices pintaba allí, esperando ver mi salida?. Aquel día, por fin, pude bucear donde el borrico, del merluzo megalodón, no había metido su hocico.









No hay comentarios:
Publicar un comentario