En cuestión de merluzos depredadores, hay categorías como en todo. Andaba aquel día, buscando la huella del merluzo depredador mas grande que se haya tenido constancia en toda la historia de la Tierra. Se trataba del merluzo megalodón. Por eso, siguiendo las marcas del mapa antiguo, me dirigí a aquel lugar, en el que sabía a ciencia cierta que, aquel merluzo megalodón, había pasado por aquellos fondos submarinos en su instinto depredador. Yo, además, buscaba a un buen mero, o un buen pulpo, de los del castañazo. Estuve 3 horas buceando. Me alejé tanto de la costa, que me encontraba sobre unos bajos submarinos salvajes. Pero salvajemente destrozados por la huella humana. En el fondo, multitud de hierros estaban sumergidos, pero no de una forma cualquiera. Eran mas bien la puerta al cementerio submarino, en lo que había quedado convertido el lugar. Era una puerta de cerrajería, con formas recurvadas que darían bien colocada, en una casa andaluza, el resultado de una arquitectura estética. Allí, solo anunciaba la entrada a un cementerio submarino. Los peces, lo sabían. Allí no había ningún pez. Estaban todos amontonados en un lugar distante, en una grieta a 12 metros de profundidad, en donde las maragotas, lábridos, meros, sargos y morenas, convivían felizmente alejados de aquella basura humana.
Seguí buscando la huella del merluzo megalodón, vi meros kileros, junto a maragotas negras. Vi pulpos mas que kileros, vi huevos de calamares colgados en grietas y cabos flotantes, con aquellas imágenes, que inmortalicé con mi cámara submarina, haciéndoles fotos, mientras las curiosas vaquillas miraban, atentamente, sin dar crédito a lo que veían. Los meros kileros abundaban, estaban confiados los animalitos. Parecía mentira que no hubiese un mero decente. Todos habrían sucumbido en épocas pretéritas a la depredación del merluzo megalodón. Allí, no había nada que pescar, salvo sacar fotos. Era el cuarto día, sin disparar un tiro.
Ya casi a la puesta del sol, los cormoranes y gaviotas, tomaban los últimos rayos, antes del ocaso. Era víspera del día de los inocentes. Y, a mi personalmente, me parecieron todos aquellos animales, los del aire y los del mar, unas inocentes criaturas indefensas ante el acoso del merluzo megalodón, y expulsadas de su hábitat, por los efectos de la basura humana que abunda mas que la grama.












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