No tuve mucha apnea aquel día. Acostarme temprano, no era lo mejor, pues se desvela uno de madrugada y no se descansa lo suficiente. Por eso, aquel día, solo avancé con las aletas, pero bajé pocas veces. Aunque algunas de ellas superara los 15 metros de profundidad. Lo primero en encontrarme fue una paellera para 20 personas, de mas de metro y medio de diámetro, a la que faltaba una de las asas. Allí estaba en el fondo del mar, entre posidonias. Solo necesitaba, el arroz, los ingredientes y los comensales vendrían solos, sin llamarlos. Pero, opté por dejar allí la paellera, para que sirviera de resto arqueológico dentro de unos miles de años, si el material fuera tan bueno como lo eran los recipientes romanos, fenicios, etc., que yacen el el fondo marino miles y miles de años sin deteriorarse.
Aquel día, solo vi dos salmoneitor y un pulpo. Me había dejado en casa preparada la comida. Arroz hervido con verduras para tres días. Pero, ¿Cómo iba a desaprovechar comer pescado fresco y tan rico como el salmonete?. Opté por la proteína del salmoneitor, antes que por la fibra y el almidón de las verduras con arroz. Así, ya tendría comida para el día de Noche Buena y Navidad. Como dirían los catalanes, la pela es la pela, nada de gambas de supermercado, sino productos frescos de la mar.
El último día del otoño, por ser el mas corto del año, solo estuve buceando 3 horas y media. Otro día continuaría con una larga jornada. Que no se vaya a creer el merazo que me he olvidado de él. Que empiece a ponerse ya nervioso y a temblar. Que daré el castañazo al meraco, aunque, el día de la paellera, me lo di yo. Había bajado a diez metros a divisar una grieta en la que, desde la superficie, parecían adivinarse las patas y antenas de una descomunal langosta que no cabía en la grieta. Todo fue un espejismo y las ganas de comer langosta que tenía, pues solo se trataba de una composición muy bien hecha de forma natural, de pequeñas rocas y trozos de posidonia. La grieta, se encontraba junto a un gran promontorio sumergido a unos diez metros de profundidad. Tuve la mala suerte que al ascender, giré hacia mi izquierda, golpeándome, con el hombro y la cabeza, contra aquel promontorio. Si el hombro no hubiese absorbido la mayor parte del impacto, seguro que me hubiese abierto una brecha en la cabeza. Y todo eso, por haberme acostado temprano como una gallina, por haberme desvelado de madrugada, por no haber descansado lo suficiente y como consecuencia no tener una apnea relajada y tranquila. Por eso, subí con prisas virando, hasta darme el castañazo contra el fondo marino. Iba aquel día tan a tragalopavo, que ni siquiera miré la temperatura del agua, pero, seguro que estaba como el día anterior, a 16 grados.





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