El gancho sarraceno, no fue capaz por si solo de extraerlo. Aquel pulpo de las 15,50 horas, en 15,5 metros de profundidad, se resistía dentro de su guarida de una forma sobrenatural. Con una fuerza superior a la de cualquier brazo humano. Las boyas flotadores hicieron su trabajo durante mas de una hora, pero el pulpo no cedía. Un buen mero, hubiese cedido, ante circunstancias semejantes, y se hubiese dejado extraer. Pero el pulpo no. Y eso que tenía clavados dos arpones en su cerebro y el famoso gancho sarraceno. Después de bajar unas 20 veces a dicha profundidad, se me ocurrió algo que era elemental, tirar de todos los arpones y del gancho sarraceno a la vez, en un fuerte tirón para que, todas las fuerzas juntas pudiesen extraer al pulpo sin oponer resistencia y sin desgarrar. La idea funcionó, fue como un milagro, el pulpo cedió ante tres puntos de fuerza extractora clavados en su cerebro. Después, en la superficie, ya solo quedaba aplicar la hoja del cuchillo, dando varios tajos entre los ojos y dentro de la boca del animal, para dejarle inerte, e inofensivo. Una vez colgado en la boya, tuve que abortar la jornada, ya que una barrera de medusas me impedían continuar. Deambulé por la playa, buscando una pieza de recompensa, pero solo pude extraer dos pulpos cartageneros, un magre y dos salmonetes. Con estos últimos comí aquel día, de mar en calma y vísperas de sequía, por las circunstancias adversas que me impedían bucear un día si y cien mil también.
El agua estaba en 17 grados, mismo equipamiento del día anterior, con 6 kilos de plomo en el cinto.





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