Otro día de aguas tranquilas y mar en calma. Elegí aquel lugar recóndito, esta vez La Mortofreta 3, porque hacía muchos años que no buceaba por allí.
Se repetía de los Mortofretes 2, la historia desde el comienzo, pues cuando ya estaba dispuesto a meterme al agua, apareció uno de los compañeros que tuve hace mas de 20 años, que también tenía intención de bucear allí. Le dije que, no podría esperarlo, pues seguro que me alcanzaría enseguida, ya que él llevaba menos equipo pesado que yo. Además, le dije que solo le dispararía al cuarto pulpo que viese, si era del tamaño cartagenero. Pero, no dudé en incumplir mi norma, nada más ver el primer pulpo que, superaba con creces el tamaño para ser de Cartagena. A los foráneos ni agua.
Seguí buceando, atravesando una rambla donde los cascotes de las crecidas llenaban el fondo marino. Pero no vi ningún otro pulpo. El agua estaba en 16 grados. El traje comprimido en el macuto, al quinto día de buceo, dejaba pasar un poco el frio del agua. Dado que buceaba en unas profundidades entre 12 y 13 metros. En aquel fondo, no se veía posidonia, solo rocas que se perdían en los abismos infernales del fondo submarino. Yo no tenía nada de fe en que allí pudiese pescar nada. Pero los fondos eran muy buenos y la costa se perdía en el infinito salvaje del horizonte, sin reservas que la limitasen.
Bajé a aquellas rocas partidas, entre las que una especie de cañón submarino dejaba entrar entre rayos y sombras la luz del sol. Miraba debajo de las rocas, cuando, antes de subir a la superficie, rastreándome por el fondo, divisé en medio de aquel cañón, tranquilo, al mero del castañazo borriqueteril. O, tal vez el mero para calmar merluzos y dar satisfacción a la gastronomía casera. Etra un gran mero, comparado con la simiente que se ve, poblando el fondo de rocas submarinas. Aquel mero pesaría unos 5, o, tal vez, seis kilos. Pero, aquel animal, tenía un problema. Era antisocial por naturaleza, o por adopción, o usucapión. Seguramente, en aquella recóndita costa perdida, entre ramblas, valles, acantilados y rocas calizas, jamás había visto a un buceador submarino y pudo confundirme con un depredador. Pero, tal vez, fuese lo contrario y yo estuviese equivocado, dado que ya no existen lugares vírgenes para practicar la pesca submarina. Tal vez aquel mero esquivo y tan escamado, viese cada día en aquel acantilado que caía a pico perdiéndose en las profundidades, multitud de pescadores submarinos y multitud de buceadores de botellas. Sea como fuere, al mero le vi esconderse bajo una de las piedras que en forma de hilera caían hasta el abismo submarino. Me ventilé tranquilo, unos cinco minutos antes de bajar. Bajé una vez, dos, tres veces, así hasta cerca de 30 veces, buscando el escondite del mero, pero solo logré intuir que se hallaba en la misma cueva ciega en la que un compañero de aquel epinephelus guaza de menor tamaño se había escondido también, de la que era imposible ni verle la cola.
Estaba en esto de buscar al mero, cuando apareció el excompañero, que me saludo, me pregunto, si había visto algo, se lo conté y continuó nadando hasta perderse en el infinito de la costa. Yo, seguí, allí, buscando el escondite del mero, hasta que ya, comprendí que era imposible verlo, por eso estaba tan grande, porque sabía esconderse rápidamente de una forma perfecta.
Seguí dándole a las aletas, siguiendo el camino emprendido por el excompañero. Ví su pequeña boya lejos, muy lejos. Yo no llegaría hasta allí, pues apenas quedaba una hora de sol y tendría que desandar casi dos kilómetros con las aletas. Me entretuve bajando a los abismales fondos, pero, salvo meros pequeños, y sargos chicos, no ví nada mas que una rascasa grande, a la que disparé.
Ya, de recogida, entre unas posidonias cercanas a una playa, vi una cubierta de una rueda de coche, con inquilino dentro. Era un octopodus, que tampoco era cartagenero. Le disparé a un ojo, e intenté tirar del arpón. Yo apenas podía despegar la rueda del fondo marino, de lo que pesaba, pues el pulpo agarrado a la rueda, tenía mas fuerza que yo y me daba dos opciones, llevarme la rueda con el pulpo agarrado a aquella, cosa imposible, por lo que pesaba y era imposible mover, o dejaba al pulpo allí con su rueda y el arpón clavado en su ojo. Ni una cosa, ni la otra, apliqué la técnica extractora del pulpo de las 15,50 horas, a 15,50 metros de profundidad. Cogí el gancho sarraceno y se lo clavé en el cuerpo al octopodus. Agarre a la vez el arpón y el gancho sarraceno, el animal fue objeto de la solución del teorema de Pitágoras, solo que aplicado a la pesca submarina. El cuadrado de los catetos sumados es igual al cuadrado de la hipotenusa. Si consideramos la hipotenusa, la fuerza del pulpo y a los catetos, el arpó y el gancho sarraceno, no hay pulpo que se resista.
El excompañero ya hacía rato que había salido cuando lo hice yo.
De vuelta a casa, por esos estrechos caminos, veredas que parecían senderos, mas aptas para cabras que para coches, pude contemplar la misma escena de unos días antes. La madre coneja, amamantaba otra vez a su hijo conejil, en medio de la carretera, a la misma hora. Cuando iluminados por los faros del coche, se separaron tomando la orilla del camino, para perderse en el campo, primero la madre y detrás el hijo, solo pude pensar en, lo poco que la naturaleza distingue a los animales del hombre, en aquellas funciones que sirven para perpetuar las especies, aunque zopencos que no aprenden, también los haya en el mundo conejil. Tal vez, el que no haya aprendido sea yo, por invadir,por segunda vez, su hábitat natural para procrear y reproducirse.








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