MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 20 de diciembre de 2018

El dia de la coneja amamantando al conejito, en medio de la carretera en una noche de luna llena








Aquel día, me encaminé a los Mortofretes 2, un lugar paradisiaco, enclavado en la desembocadura de dos ramblas, con unas casitas pegadas a la orilla del mar, encaladas y habitadas. Antes de entrar al agua, divisé a dos jóvenes, que tenían una lancha neumática desinflada en la orilla. Antes de ponerme el equipo, me dirigí a ellos y les pregunté, si habían buceado y si el agua estaba transparente. Uno de ellos me reconoció, se trataba de un chaval con el que había buceado hace mas de 20 años, cuando el tendría poco mas de 16 años. Desde entonces no lo había vuelto a ver, y difícil es identificarme, pues con barba y la pinta que llevo, solo pudo hacerlo viéndome descargar el equipo del coche. El otro joven, era de aquel caserío junto al mar.
Cuando me metí al agua, en la playa, encontré un plomo para el cinto y se lo regalé a aquellos jóvenes. Yo tenía muchos, y cada vez, o casi siempre me suelo encontrar plomos.
El agua a 16 grados, pero el sol daba con sus rayos y la sensación térmica dentro del agua era de unos 18 o 19 grados. El agua estaba remansada y transparente, solo que no se veían nada mas que piezas pequeñas, pequeños sargos, pequeños meros, pequeños pulpos y sobre todo, el fondo era de muchas rocas. Los rayos del sol sobre el paisaje de monte y acantilado de la superficie, daban a aquel un aspecto de relajación y tranquilidad. Los árboles que poblaban aquel monte, junto con las rocas peladas y piedras calizas blancas, parecían sacadas de un lienzo de acuarelas. Lástima que no tuviese mas tiempo para hacer fotos desde el agua, porque podría presentarlas a un concurso de fotografía. Pero tenía que llegar a aquella punta, luego a la siguiente y por último a las siguientes, hasta Para alcanzar aquella roca, en donde casi siempre suele haber corvinas perro. Pero aquella roca estaba a casi tres kilómetros.
A la ida, divisé un calamar en un fondo de 10 metros, que nadaba veloz hacía mar abierto. A la vuelta lo volví a ver, era ya casi la puesta de sol. Bajé y le disparé, pero el arpón resbaló por su piel y huyendo me saludo con un disparo de su chorro de tinta. No era muy grande, ya crecería.
Siempre tengo por norma, no disparar a pulpos pequeños, de kilo, hasta no haber encontrado el cuarto pulpo, así evito colapsar la cuota de 5 piezas nada más meterme y sobre todo con piezas tan chicas. En general, no suelo dispararles a esos pulpos, sino a los grandes. Pero, aquel día se me cortocircuitaron las normas, disparé a aquel pulpo que parecía grande, y torcí la punta del arpón del disparo. El pulpo no era tan grande, pero el arpón me lo dejó inservible. Pensé cambiarlo por otro, pero opté por intentar enderezarlo en las rocas del acantilado. Lo conseguí enderezar y continué dándole latigazos con las piernas a las largas aletas, tenía que llegar antes de una hora de ponerse el sol hasta aquella roca. Lo conseguí, llegué, eran las 17,17 horas, quedaba media hora o menos para anochecer y debía desandar casi tres kilómetros. El inconveniente se presentó cuando me di cuenta que no había mucha corriente, pero a la vuelta la llevaba en contra. Con razón nadaba tan suelto a la ida. Empecé a darle latigazos a las largas aletas, sorteando cabos, puntas y golfos, haciendo el recorrido de vuelta, lo mas en línea recta que podía, tomando atajos por en medio de la mar.
Solo un salmonete y aquel pulpo mediano, fueron las capturas de aquel día vísperas del equinoccio de invierno. Cuando salí, uno de los jóvenes que vi antes de entrar, estaba allí y me preguntó por la pesquera, después de tres horas buceando. Me dio vergüenza decirle que no había sacado nada mas que un salmonete. Pero, el lo sabía porque era de aquel lugar y conocía todas las piedras, sabía que estaban peladas. Hoy día ya quedan pocos lugares vírgenes como hace unos 50 años o mas. Todo está ensainado, esquilmado, por multitud de pescadores submarinos que se meten todos los días por todos lados, para transformar el fondo del mar en una suculenta cartera de billetes, sin saber que, con esa actitud se van a cargar la simiente de generaciones futuras y la suya propia.
El camino de vuelta, por carreteras estrechas, llenas de barrancos, ramblas, pendientes y caseríos, de noche, era un poco peligroso. En mitad de la carretera, a la luz de la luna, los faros del coche enfocaron, lo que parecía un conejo encima de otro. Pensé que la pasión conejil  es tremenda y no puede esperar, jugándose la vida para hacerla efectiva en lugares como una carretera en una noche de luna llena. Pero me equivoqué, se trataba de una coneja, a la que un conejito pequeño había abordado, sin poder esperar, en mitad de aquella carretera, para mamar la leche de sus pequeñas ubres conejiles. Cuando deslumbrados por los focos del coche, se separaron, pude ver que debajo de la coneja salía el conejito pequeño, que no tendría mas de un mes. Buen año para la natalidad conejil, pensé, las pocas lluvias caídas, han favorecido dicha natalidad.

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