Las escasas horas de luz solar, aquellos cortos días previos a Noche Vieja, me indicaban que, para la pesca que había en aquellas fechas, cualquier sitio era bueno para hacer ejercicio, ponerse en forma dándole caña a las aletas y hacer algunas apneas.
El agua seguía en 16 grados. El día anterior vi bañarse a unos extranjeros en la Isla Plana. Allá cada cual y con su confort y sensaciones contra, o con el frio. A mi, me gusta abrigarme bien, antes de zambullirme.
Aquel día fue a pescar a un lugar, previamente señalado en aquel mapa antiguo, para guía de imbéciles merluzos y tiñalpas. Era un lugar bastante frecuentado por buceadores de botellas, por lo que, salvo sorpresas, no esperaba encontrar grandes piezas. Vi varios pulpos, a los que acaricié con la punta del arpón, pasándola suavemente sobre su cabeza, en señal de vacuna salvavidas contra desaprensivos tiñalpas. Pesarían algo mas, muy poco mas, de un kilo. Pero ya tenía el arcón congelador lleno de piezas y solo buscaba a una pieza mas que decente. También vi, entre rendijas pegadas al fondo, algunos meros próximos al kilo, a quienes enfoqué con la linterna repetidas veces, a modo de vacuna de larga vida tengan a salvo de merluzos.
Cuando, me dirigí a la parte mas a levante, me di cuenta que el agua estaba tan turbia y removida, por una mar de fondo que se había metido, que opté por volver y no continuar pescando.
Aquel día, nada mas meterme, me encontré una pieza metálica de acero inoxidable que estaba en el fondo submarino. Se veía su brillo desde la superficie. Bajé, como siempre hago, para ver de que se trataba. Era un sonajero, un cencerro, para buceadores de botellas, para comunicarse entre ellos. Lo colgué en el aro portapeces, a modo de trofeo en metálico de aquel día. Pues, dada mi cabezonería en no disparar nada mas que a una pieza gorda, aquel día le perdoné la vida a algunos pulpos y meros, que tal vez algún borrico, les hubiera disparado, para convertirlos en dinero contante y sonante. Yo, me conformé con el sonajero de buceo.
Cuando ya salía, me encontré un objeto que necesitaba para regar mi huerto. Era una manguera con su boquilla aspersora. Bajé a extraerla, e intentar llevármela. Pero, aquella manguera, había sido reutilizada, para aprisionar un muerto de piedra que estaba en el fondo. Por eso, no pude tirar de ella. Salí de la mar, no sin antes, fotografiar un cormorán. Esos animales, son palmípedos, como los patos, pero con pico afilado para clavar peces, que bucean igual que puede nadar un tunido, a una velocidad exagerada, moviendo a modo de aletas, sus alas bien hidrodinámicamente pegadas a la cola. El animal, estaba relajado mirando la puesta de sol. Así quedó inmortalizado por la única herramienta que llevaba colgada en la boya, que no servía para matar. Algunos días, merece la pena aflojar las gomas del fusil y coger la cámara submarina. A fin de cuentas, las imágenes perduran y no cuestan nada, solo unos minutos de la jornada.
Cuando llegué a casa, después de la ducha, me comí los boquerones fritos del día anterior. Estaban buenos fríos.







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