Fui aquel día a buscar el mero del día anterior, el del castañazo borriqueteril. Ataviado, como siempre con un montón de fusiles, gancho saca meros, gancho sarraceno bien retorcido, tridente y arpones de repuesto. Al entrar por la playa, una niña bebé, de menos de dos años, se acercó a tocar mis fusiles. Intenté que se alejara de aquellos instrumentos de matanza, llevándome los fusiles hacía la mar. Su mamá iba detrás de aquella criatura humana. Acerté cuando le pregunté por la edad, pues la madre me lo confirmó, casi dos añitos. Pero no tuve suerte alguna, al preguntarle por su nombre, debería ser muy difícil, debería estar avergonzada, o, simplemente, sabría que a los extraños, mejor no darles el nombre, ni en presencia de su abogada mamá. La chiquilla, en vez de darme el nombre, se encasquilló la teta de su mamá, allí mismo, en aquel preciso momento en que yo estaba esperando que me dijese como se llamaba. Me recordó a la mamá coneja y al bebé conejil. Porque, al igual que aquellos, cualquier lugar, hora y paraje, es idóneo para amamantar a un mamífero. Lo que sucedió aquel día es que, de recogida por la carretera, ya anochecido y con luna llena, no me encontré con la mamá coneja y su bebé conejillo.
Tampoco, pude ver ni rastro del mero del castañazo. Seguramente, el día anterior le aburrí, de tantas y tantas veces como bajé a ver donde se había escondido. Seguramente cambio de territorio, viendo que yo había invadido el que, hasta entonces, era suyo.
Aquel día La Mortefrita 3, no me dio oportunidad alguna de apretar el gatillo, pues no vi, ni un pulpo, ni otra cualquier pieza digna de un arponazo decente. Ni siquiera un salmonete y mucho menos un salmoneitor. Todo ello, a pesar de que, la mama, amamantadora de la playa, me desease mucha suerte cuando me disponía a entrar al agua y me despedí.
El agua, continuaba en 16 grados, la mar estaba planchada. Al volver, a lo lejos, mirando a poniente, los rayos del sol hacía difuminar el infinito del horizonte. Allá, muy lejanas, se divisaban unas montañas perdidas entre la niebla, los rayos del sol y la distancia. Allí, hasta aquellos acantilados, hoy no podría llegar, pero se podía ver claramente en lo alto de aquella cadena de montañas, cuyos acantilados tocaban la mar, bajando en un desnivel profundo y vertical, cincelado a pico, una punta que, miraba al cielo en forma de teta tremenda, e infinita. Aquel pico, o teta serrana, era una mas de la costa sarracena, de aquel remoto y recóndito lugar de la Sarracenía, llamado la Mortefrita 3, en donde sus fondos marinos se pierden en el abismo oscuro de las tinieblas submarinas, dando repeluz mirar desde la superficie, hacía abajo, en aquella masa de agua oscura, opaca, e impenetrable a la vista. Por eso, tal vez, se llamase aquella costa, La Mortefrita 3. Porque yo, al menos, 3 veces seguidas, allí, no habría de volver, para que el mero del castañazo borriqueteril no se burlase mas de mi. Pero, no importa, otro merazo, castañacetero y borriqueteril, se pondría en el punto de mira, de mi fusil certero, para quedar refrito de un arponazo.



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