Así que, me puse el equipo y me lancé a aquellas tranquilas aguas. Nadé contra corriente, pero apenas había. No vi nada en dos kilómetros y medio
, desde el palmeral, hasta la puerta de la calle donde habita Borriquete. El sol se iba a poner en una hora y media y debía deshacer el camino recorrido para llegar otra vez al palmeral. Pero todo no iba a ser mala suerte, a pesar de que, antes de meterme, le comenté a mi amigo Borriquete, que mi problema sería sacar un número mayor de piezas que las legalmente permitidas, a lo que Borriquete me comentó que, no iba a tener problemas con el peso.
Como si el presagio de Borriquete fuese certero, me encontré con 8 kilos de plomos de lastre metidos en su cinto. Gracias a la gran boya neumática que llevaba pude transportar el pesado lastre, hasta el coche, durante un trayecto dentro del agua de mas de 2 kilómetros. El presagio de Borriquete se había cumplido. No tuve problemas con el peso, pero en este caso el peso era pesado, plomos. Nada de pulpos, nada de sepias. Solo saqué dos pulpos medianos y un sargo adormilado al atardecer calimoso. Claro, de mi ansía de no madrugar, resultó que salí ya de noche del agua.
El agua estaba entre 15 y 16 grados. La mar tenía algo de mar de fondo, pero planchada por el fuerte viento de levante norte. Me puse el traje de 7 mm sin peto, comprado este año, junto a dos chalecos de 4 mm en el pecho. Llevaba en el cinto 7,5 kilos de plomos y en el chaleco 4 kilos. Un lastre que nunca suelo llevar, pero que, habida cuenta del poco fondo era necesario, para poder hacer alguna espera a lubinas, que nunca vi aquel día.
Mientras tanto mi amigo Borriquete, ajeno, aquel fin de semana, a las penurias que produce la pesca submarina, disfrutaría de los frutos de sus pesqueras anteriores, tal vez en muy buena compañía. Ahora me tocaba a mi sufrir bucear y pescar, si hallaba alguna pieza digna de disparar. El fin de semana el anticiclón prometía un respiro a la mala mar de la Manga.
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