Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.
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miércoles, 30 de octubre de 2019
viernes, 18 de octubre de 2019
La sama hembra de las gomas agrietadas
Aquel día, había comprado dos pares de escarpines nuevos antes de meterme de pesca. El agua estaba en 23 grados y llevaba 4,5 kilos de lastre en el cinto, con un traje de 5 mm y un chaleco gastado de 3 mm.
El agua estaba algo turbia, por lo que, encontrar el punto en el que hacer esperas, me costó un buen rato.
Localizado, hice dos o tres inmersiones, hasta que en una de ellas vi pequeñas samas. No les hice caso, esperando que la madre se acercase. Al poco rato, la que, supuestamente, podría ser la madre, se dirigió hacía la punta de mi arpón. No esperé a que me ofreciese el lado y le disparé de frente. La sama, dada la lentitud del arpón a causa de unas gomas agrietadas, tuvo tiempo de girarse, por lo que la flecha se le clavó tras las agallas, a muy poca distancia del cerebro. El animal alcanzado, se dirigió hacia el fondo para esconderse entre la posidonia. Tiré del fusil y la cuerda de la flecha, mientras ascendía, impidiendo que el animal se desgarrase frotándose contra el fondo, a pesar de la doble muerte de la flecha. En superficie, la cogí de debajo de las agallas y le clavé la daga, dándole muerte.
Ventilé limpiando los pulmones, he hice lo mismo una segunda vez. Otra sama, esta vez macho, se me dirigió hacia la punta del arpón. Hice la misma técnica, dispararle de frente apuntándole a los ojos. Pero, las malditas gomas agrietadas ralentizaron la velocidad de salida de la flecha, permitiendo a la sama, girarse de lado antes de recibir el impacto de la flecha. Dado que la cabeza de aquella sama macho era enorme en relación al resto del cuerpo, el impacto de la flecha alcanzó su lomo cerca de la cola en un pellizco, que el noble animal desgarró escapando del arpón. Con esto aprendí que, en las esperas, es mejor esperar a que el pez ofrezca el costado, para evitar que, la diferencia de altura entre la cabeza y la cola, al girarse, pueda el arpón no alcanzar carne en la que clavarse, errando el tiro.
El próximo día, compré gomas nuevas para el fusil. Pero el viento había cambiado, por poniente, y no vi ni un pescado. No disparé ni un solo tiro.
jueves, 3 de octubre de 2019
Los mújoles de la convalecencia.
Ya hacía mas de tres meses que no practicaba la pesca submarina. Una tendinitis, por un golpe contra una roca del fondo submarino, luego una contractura muscular en el cuello, como resultado de estar 7 horas haciendo kayak, etc.
Aquel día, no aguanté mucho dentro del agua, menos de tres horas. El agua estaba en 24 grados. Llevaba el traje de 5 mm, no muy viejo, con un chaleco de 3 mm, ya bastante viejo y gastado. En el cinto llevaba 4,5 kilos de plomos.
Tuve bastante calor. Estaba desentrenado y me costaba hundir las aletas dentro del agua, debido al grosor de los escarpines. Había una gran corriente de poniente, que a la ida me era favorable, pero que, a la vuelta me daba problemas. Por eso opté en volver sin haber desarrollado la longitud de ida que habitualmente solía hacer. El agua estaba bastante turbia. No se veía pescado. Unas lechas esquivas después de divisar una cueva. Unos mújoles que besaban las rocas, intentando sacar proteínas vegetales para aumentar su grasa y sus huevas de cara a la freza del otoño. Disparé a uno de aquellos mújoles. Le dí con el arpón cerca de la cabeza, pero no le atravesé. El animal, soltaba sangre por la herida y quedó como atontado. De un segundo disparo, esta vez si le atravesé en plena cabeza. El segundo mugélido quedó ensartado por la flecha detrás de la cabeza en el primer disparo. La flecha negra con ribetes de camuflaje verde, había sido penetrante y certera. El animal cambió de color desde la entrada de la flecha hasta su cola. Podría decirse que quedó paralizado, pues el arpón o flecha había partido su espina vertebral.
La anécdota de aquel día, no muy propicio, después de la convalecencia, es que la boya nueva, sin estrenar, quedó pinchada antes de entrar a bucear. Pude hacer un simulacro de boya, colocando dos garrafas vacias, una en la parte delantera y otra en la parte trasera, de la boya. De esta forma, podría aguantar los plomos del cinto sobrantes, el pescado capturado y los fusiles colgados.
La bandera, se partió por su mástil de caña de bambú. Tuve que improvisar un arreglo con las cuerdas que tenía el propio mástil, pero fue en vano. Aquella boya desinflada, con el mástil de la bandera alfa, partido, parecía mas bien un navío español desarbolado en la batalla de Trafalgar. Cuanta calamidad reunidas, para después de una larga convalecencia. Meldecir no maldije, pero si lo siguiente.
Al día siguiente hice un boceto de lo que sería mi invento, para que las ruedas del kayak, no se plegaran al transportarlo. El inconveniente, es que no tenía maderas, ni apenas tornillos. Tuve que reutilizar unas lamas de somier, ya muy ajadas por las inclemencias marinas, y después echarle un poco de cola para unir las capas de madera despegadas. Una chapuza.
No en vano, el kayak me dejaba contracturada la espalda y las cervicales, por lo que unos buenos ejercicios de estiramientos, me vendrían bien.
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