La temperatura del agua había subido dos grados en superficie, alcanzando los 21, pero a partir de 10 metros de profundidad la fría termoclina helaba el espíritu. Traje de 3 mm y un chaleco de 3 mm. En el cinto 5,5 kilos de plomos. Otro día de viento del sureste que luego roló a noroeste. La mar aparecía cubierta con un manto de polvo que convertía la transparencia submarina del día anterior, en una especie de calima submarina. Una ligera lluvia la noche anterior tal vez fue la causante. Pocos peces se divisaban aquel día. El mero del día anterior de talla respetable, no estaba en su lugar, ni se le esperaba. Vi otro mero, también de talla apta para dispararle, pero solo me dejó verle huyendo en dos ocasiones. Después desapareció. Tal vez otro día me diera una oportunidad de hacerle una foto con el arpón. Una dorada y una corvina, para afinar puntería. Ya de recogida unos salmonetes que me sirvieron la comida. Otro día tendría mas suerte.
Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.
Política de cookies
Este sitio emplea cookies para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre tu uso de este sitio web. Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que autorizas el uso de cookies.
Entendido y estoy de acuerdo.
sábado, 20 de junio de 2020
viernes, 19 de junio de 2020
El dia que la sama hembra me esperò
Después de una larga semana en dique seco, llegó el día de sumergirse. El agua estaba en 19 grados. El viento del sureste, con fuertes rachas, la había enfriado dos grados. El traje de 5 mm, con un chaleco de 3 y 5,5 kilos de lastre en el cinto, dejaba pasar cierto frescor que, tendía a acumularse en las extremidades, sobre todo en las manos.
No viendo ni rastro de espetones, a pesar de que en estas fechas suele verse abundantes parejas de estos simpáticos y bien armados animales marinos, que se encuentran en época de celo, con unas huevas exquisitas y enormes, es por lo que decidí entrenarme disparando a los salmonetes, para tener algo que comer aquel día. El disparo fue de precisión con los dos primeros salmonetes, pero mas tarde erré todos los disparos verticales. La teoría es que al estar el arpón vertical en el momento de apretar el gatillo, dos fuerzas desvían el tiro, una la de gravedad y otra la del culatín de la flecha que, colea por la fuerza de la gravedad, desviando la punta del arpón unos milímetros, los suficientes para que un disparo bien apuntado, salga desde inicio defectuoso y errado.
La jornada comenzó sumergido a las 15 horas, siendo la hora de abandonar el fondo marino y la pesca, aproximadamente a las 20 horas. Los dedos de los pies los tenía ya escocidos del roce de las enormes aletas.
En todo el trayecto, solo vi salmonetes, un pulpo grande, cuya tozudez en quedarse con el plomo de fondeo de la boya, fue vencida por un fuerte tirón de la cuerda flotante que suspendía aquel. También vi algunas corvinas, no muy grandes. Una de ellas la sumé al colectivo de piezas para comer aquel día, si bien, luego solo comí uno de los salmonetes congelando el resto de piezas. Pero la única pieza apta para una comida de tres personas, fue aquella sama hembra. Estaba el animal, visto desde arriba con los clásicos colores de la herradura. Tiras de color marrón verticales por todo su cuerpo. Nunca he logrado descifrar porque las samas con estas coloraciones, sobre todo a primeras horas de la tarde, adolecen de tres problemas: el primero es, que se las puede ver desde la vertical de la superficie del agua en estado de reposo. El segundo es que se encuentran o bien durmiendo y haciendo la digestión pesada, después de depredar algunas piezas, o tal vez se encuentran concentradas, camufladas entre el fondo marino, al acecho de presas con la técnica de la espera, precisamente la técnica de pesca, con la que el pescador submarino las puede cazar a ellas. El tercer problema de la sama es que, con esos colores verticales se la puede cazar sin hacer una espera.
Pero, después de muy pocos segundo de haber avistado a la sama hembra, esta inició la huida, no mar adentro sino hacía la orilla, escondiéndose en alguna grieta. Aquella sama, pensé, se había escondido haciéndome la espera y hasta que me perdiese de vista no saldría. Mi conocimiento de aquel fondo, me hizo suponer que en el único lugar donde se podría haber escondido, era una grieta estrecha, en donde el animal no podría entrar, ni esconderse completamente. Con esos pensamientos en la mente, me dirigí a aquella grieta, con el arpón preparado para apretar el gatillo en el mismo momento que la viese. Cuando la vi, el animal intentaba penetrar mas en la grieta, pero la rapidez del disparo dirigido a la cabeza le atravesó aquella, penetrando por uno de sus bonitos ojos amarillos. La flecha había atravesado su cabeza, pero la rapidez con la que la atraje y agarre por debajo de las agallas, mientras le clavaba el cuchillo en la cabeza, evitó que el animal se desgarrase, dada su carne blanda, no obstante haber sido arponeada entre los cartílagos del cerebro, pero que al no estar muerta, podría haber escapado del arpón, rasgándose la cabeza.
Cuando llegué a casa, solo tuve ganas de comer el salmonete mas grande, siendo el resto de piezas, enviadas al arcón congelador.
Pero al día siguiente, tenía dos problemas. La linterna submarina no encendía. El pestillo de imantado, había atraído varios trozos de arena de metal y se había quedado inservible. Al día siguiente, tuve que limpiarlo y desarmarlo. Pero la linterna, tenía una fuga de agua en la cabeza y no podía ni secarle ni abrirle la cabeza, porque necesitaba una llave especial que no tenía. El otro problema era que el día anterior había visto un mero de mas de dos kilos, pero la perdida de memoria me impedía recordar donde, a pesar de que bajé dos veces para intentar verlo. Si que vi varios meros de menos de un kilo, o de kilo. Tal vez por eso, la memoria no me permitía recordar el lugar.
martes, 2 de junio de 2020
El fin del confinamiento. Cuando el virus ya no mata a nadie, estas lubinas en cuarentena son demasiado para la cena.
El fin del maldito confinamiento, se acercaba. El final del virus, era como el parto de la montaña. Se esperaba un gigante, para tenernos dominados, pero la montaña solo parió un pequeño ratón. El virus había muerto, debilitándose. Las muertes de víctimas del Covid 19, habían pasado al pasado. Quienes, con aviesas intenciones de perpetuar un estado de alarma, perpetuo, por si el virus está, por si aparece, tienen los días en política mas contados que el virus y sus víctimas. Es necesario ver el futuro sin amenazas. Quien amenaza a destiempo, cuando a tiempo no tomó previsiones, solo es eso, una amenaza que hay que desterrar. La vida, nace si existe esperanza, si todo son amenazas y pérdida de derechos, la vida no es tal vida, sino esclavitud y miseria. Por eso, quienes pretenden mantenernos en este estado perpetuo de alarma, ya no van a vender ni una escoba, pero serán barridos de la política, no sin antes, como debe ser, rendir parte de su mala gestión.
El agua tenía, aquel día primero de junio, la temperatura de 21 grados. El traje de 5 mm, de mas de dos años, y un chaleco de 3 mm, junto a cuatro kilos de plomos en el cinto y medio kilo en cada tobillo, completaban el atuendo de pesca submarina.
Vi aquel banco de lubinas. Entre ellas había algunas mas grandes. El resto no daban mucho la talla. Apunté a una de las mas grandes y apreté el gatillo. La cacé justo por debajo de las agallas, a punto de desgarrarse. Pude rematarla con el cuchillo y colgarla en la boya. Luego fueron cayendo otras dos en otros lugares y ya no de bancos de peces. Las últimas lubinas, fueron mas inteligentes, cuando me vieron, se metieron entre la posidonia y desaparecieron. Los animales, aprenden y saben sobrevivir a las circunstancias adversas. Si los humanos tuviésemos el mismo modelo de aprendizaje y adaptación que los animales para sobrevivir, tal vez esta pandemia del coronavirus, no hubiese dejado ningún muerto, como ha pasado en Vietnam. Este país, que apenas tiene hospitales y los que tiene son tercermundistas, con el doble de habitantes que en España, no ha tenido ni un solo muerto. Tal vez todo se deba a su sana alimentación, plagada de probióticos y fermentos. Famosa es su salsa de pescado, nuoc cham , parecida al garum romano.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
















