

Después de no haber buceado en mucho tiempo, tocaba hacerlo. Los veraneantes habían ido marchándose poco a poco y dejaban claro en las playas para aparcar el coche y poder bucear.
El agua había bajado desde los 29 grados del día anterior, hasta 26 grados, y en algunos puntos estaba en 25 grados. El traje de 3 mm de muchos años, ya gastado, con dos kilos y medio de plomos en el cinto, era el atuendo para bucear este día.
No se veían nada mas que meros pequeños, muchos. Algunos de ellos rondarían el kilo. También vi un pulpo. Era el último día para poder capturarlo, mañana entraba la veda. Pero, cosa curiosa, aunque el pulpo pesaría aproximadamente kilo y medio, apto para cazarlo, no lo hice. En su lugar, estuve masajeándole entre los ojos, mientras el animal se sentía tranquilo y a la vez en guardia. Pensé que esa actitud amigable le salvo la vida. Pues no merecía matar a un animal tan inteligente y tan simpático. Sobre todo porque para que quería un pulpo, si este año me he hartado a comer pulpo. Allí se quedó el animalico esperando que la veda de 2 meses le diese tiempo a incubar sus huevos.
Una dorada, que desde la superficie, parecía titubeante, entre esconderse, mantenerse por la zona, o salir huyendo, fue el objetivo del arpón. Un salmonete gordo y una lubina cubrieron la jornada. Vi varias lechas pequeñajas y poco mas. Después de 5 horas buceando, terminé comiéndome la lubina y una ensalada con garum romano casero.



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