Soplaba viento de norte levante de fuerza 3 a 4. Elegí aquel bajo, porque esperaba encontrar alguna lecha de dos kilos. Pero no vi ninguna. El agua estaba a 24 grados. Llevaba dos kilos de plomos en el cinto y el traje de 5 mm sin peto. No tuve ni frío ni calor. Estuve primero cogiendo salmonetes. Luego unas corvinas, y por último vi el mero de tres kilos. Se encontraba a una profundiad de 15 metros. Le disparé después de bajar tres veces hasta tenerlo a tiro. Le dí en la cabeza, pero no lo maté. Rápidamente se escondió bajo una grieta, mientras levantaba una nube de polvo del fondo marino. Era un polvo formado por rocas cubiertas de animales marinos petrificados. Coloqué las boyas sacameros, después de desliar el carrete y dejarlo, junto con el fusil a un metro de la superficie. Un barco de vela lleno de tripulación pasó irresponsablemente por casi encima de las boyas sumergidas. Casi me pasa por encima, a pesar de estar señalizada mi posición con una boya torpedo Cressi, con una gran bandera alfa que se veía desde muy lejos. Lógicamente les eché una bronca. Mientras los inútiles e irresponsables de la tripulación me decían que las boyas nos las veían pues estaban sumergidas. Menudos imbéciles. Les dije que eran unos sinvergüenzas y unos ineptos, a voz en grito, incrementada por el eco de las montañas que rodeaban el bajo sumergido. Les pregunté que si tan inútiles e ineptos y sinvergüenzas eran como para no ver la boya que estaba pegada a mi, con una gran bandera. Pero aquella embarcación homicida e imprudente se alejó impunemente. Otro día que cometan una imprudencia igual matarán a cualquier pescador submarino. En la cárcel debían ir a parar antes de que cometan un homicidio en el mar, por ser unos ineptos y por no respetar la distancia de seguridad a una boya de submarinismo bien señalizada.
Luego busqué, cuando la nube de polvo desapareció, un lugar por donde poder rematar el mero. Al fin lo encontré. Un certero disparo entre los ojos le dejó muerto. Luego solté el naylon del primer fusil disparado. y coloqué las boyas en el fusil con el que había rematado el mero. Inmediatamente aquel salió de su guarida, a pesar de estar muerto, por la fuerza ascendente de las boyas sacameros. El arpón que había desenganchado del fusil se vino con el mero a la superficie. Una vez arriba lo clavé por las agallas en el aro porta peces, y le dí una puñalada en donde había clavado el segundo arpón. El mero estaba ya muerto. Había tardado una hora en sacarlo, desde las cuatro de la tarde hasta las cinco.
Saqué algún salmonete mas y dos pulpos. Y por fin, a las nueve de la noche salí del agua. Desde las tres de la tarde en que me sumergí, había estado solo 6 horas dedicado en cuerpo y alma a la pesca submarina. La playa, a pesar de la hora tardía, estaba llena de bañistas. Había hecho un buen día de sol y de mucho calor. Compré una bolsa de cubitos y la coloqué en la nevera encima del pescado, para que llegase en óptimas condiciones hasta casa.
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