El agua estaba a 25 grados. Soplaba viento del norte levante. Tuve que esperar casi una hora desde las catorce hasta encontrar un hueco para dejar el coche a pié de playa. Un vehículo de unos submarinistas se marchó y allí aparqué. Entré al agua a las 15, 3o horas y salí de ella a las 21 horas. No fue mi día acertado, pues fallé multitud de disparos a los salmonetes. Tuve que pescarlos entre dieciséis y diecisiete metros. Estaban como mosqueados. Solo capturé un kilo y medio de salmonetes. No era gran cosa comparada con otros días anteriores. Tampoco era mi mejor día para la apnea. Apenas aguantaba un minuto y poco bajo la superficie.
Me metí allí buscando las lechas de dos kilos que había visto pescar allí el sábado anterior. Pero no tuve la suerte de toparme con las lechas. Tampoco había meros. El último mero de aquel bajo lo capturé el sábado anterior. Había una lancha neumática, con botellas. Probablemente estarían pescando con botellas. Desaprensivos, furtivos y delincuentes, los hay incluso en los sitios menos habituales. Pero los hay. Luego pude ver una lancha llena de buceadores que se me echaba encima, les eché el sermón a voz en grito, como es mi costumbre, avergonzarles su actitud homicida e irresponsable. Iban a la costa y los muy imbéciles tenían que pasar por encima mio que estaba lejos de la costa allí en el bajo de Santa Brígida. Supuse que para aquel bajo y para su santa patrona yo no era de su agrado, y ellos para mi tampoco en señal de reciprocidad.
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