

Buscando un lugar al abrigo del viento del nordeste, elegimos los acantilados de Portmán, protegidos por el Cabo Negrete, en cuya punta la erosión del viento ha tallado en una roca la esfinge de una bruja con sombrero y todo. Por eso a aquel lugar le llaman La Bruja.
La temperatura del agua era de 15 grados. Comenzamos a bucear a las 14 horas y a las cinco de la tarde tenía las manos congeladas. Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto, con dos chalecos y 6,5 kilos en el cinto.
La temperatura del agua era de 15 grados. Comenzamos a bucear a las 14 horas y a las cinco de la tarde tenía las manos congeladas. Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto, con dos chalecos y 6,5 kilos en el cinto.
Fue a esa hora, las cinco de la tarde, cuando nos cruzamos con dos buceadores que retornaban. Llevaban colgados del aro algunos peces chicos, corvinas, mújoles y algunas maragotas de colores. Volvían pescando a muy poco fondo. Nos dijeron que llevaban desde las siete de la mañana buceando. Es decir a las cinco de la tarde ya llevaban diez horas pescando en esas aguas tan frías y además nos dijeron, con un acento ruso, que no tenían frío. Lógico, si eran de Rusia, los quince grados del agua, debería ser para ellos, como para nosotros los veintisiete grados que el mar tiene en verano.
Viendo que a catorce metros en las rocas no se veía vida, opté por acercarme a la orilla como los rusos, porque allí el agua estaba en 16 grados y probablemente habría mas pescado.
Baje a una roca que estaba en cinco metros de profundidad. Allí descubrí un mero de unos dos kilos. Estuve bajando muchas veces, para ver si se ponía a tiro. Pero apenas se dejaba ver. Desperdicié las dos primeras veces en que si podía haberle disparado, pero perdí el tiempo calculando su tamaño. Al final mi compañero se atrevió a dispararle, pero el mero fue mas hábil y no pudo clavarlo.
En una de las bajadas, cuando ya estaba subiendo a la superficie, vi un calamar de unos dos palmos de longitud. Le apunté y lo clavé. Es curioso encontrar calamares cerca de la orilla, pero a veces sucede. Recuerdo aquel día en diciembre de hace varios años, cuando capturé dos calamares que pesaban cada uno dos kilos. La pluma de aquellos calamares era como mi brazo de larga. Igualmente mi amigo Alfonso, ha capturado en varias ocasiones calamares de dos kilos, como el que se ve en la foto propiedad de mi amigo, a quien pediré permiso para colgarla en este blog.
Salimos a las veinte horas. Estuvimos buceando solo 6 horas, cuatro menos que los rusos. Desapareciendo el frío cuando tomamos unas barritas energéticas y una bebida isotónica.

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