Aquel día me entretuve probando la nueva lavadora de carga superior.
Como si de una premonición se tratase, la carga de la pesquera podría haber sido superior, si hubiese podido pescar aquella lecha de casi 5 kilos. Pero todo no se iba a lograr.
El agua estaba en 14 grados. Traje sin tirantes del año anterior, dos chalecos de abrigo, 7,5 kilos de plomos en el cinto y medio kilo en cada tobillo. En total 8,5 kilos de lastre.
No sentía frio.
Toda la pesca se inició en la playa, buscando en el banco las lubinas de mayor tamaño. Pero estos animales se agrupan para huir de sus depredadores, haciendo el corrimiento de la nube. Nadaban veloces a mis costados, huyendo, mientras se alejaban de la punta del arpón. Logré capturar solo dos. Menos mal, pues pesaba menos de medio kilo. 600 gramos las dos.
Continué buscando con la linterna entre las cuevas, haciendo esperas antes de ascender. Así conseguir matar 4 lubinas que se aproximaban al kilo.
En una de las cuevas divisé un mero que parecía grande. Cargué el arpón en la segunda muesca y bajé por otro lado de la piedra. Allá al fondo, asomaba la punta del hocico el pobre animal. la metía y volvía a sacar, cada vez exponiendo menos superficie. Solo tuve que apuntar a la punta de aquel morro. El arpón despiadado clavó a aquel mero en el cerebro, pero los duros huesos, desviaron el tiro y le atravesó toda la testuz, sin tocar el hueso.
Andaba yo matando y sacando el arpón del mero, para colgarlo en la boya, cuando una enorme lecha merodeaba la boya, intentando comer algo de lo que colgaba. Tuve miedo, pues dudaba que fuese una lecha o una gran anjova. Me decanté porque era una lecha. Después de colgar el mero ya muerto, cogí el fusil e intenté hacer una bajada a media agua, para ver si la lecha se acercaba. No se acercó, tomó las de Villadiego y se marchó. Cuando salí, pesé el mero. Rondaba los tres kilos. Creí que era de mayor peso. Pero no estaba mal, para ser un día de estreno de la lavadora de carga superior. Eso si, la pesquera podría haber sido superior.Cuando llegaba a mi casa, le regalé las lubinas a un vecino. Congelé el mero, para regalarlo a otra persona mas allegada.
Tal vez creyera el merluzo que en la tiñalpería estaba el solo. No, la rotura de las jaulas de pescado, había hecho una llamada a todos los pescadores, también a los depredadores de aguas libres como la lecha. En la tiñalpería del merluzo, había muchos mas.






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