Aquel día el agua estaba en 14 grados. Llevaba el traje de 7 mm, dos chalecos de 3 mm en pecho, medio kilo de plomo en cada tobillo, y 7,5 kilos de plomos en el cinto, que para bajar a mas de 10 metros me quedaba en 6,5 kilos.
No tuve mucha suerte aquel día, pues nada mas empezar la jornada, maté un mero al que dejé fulminado, penetrándole el arpón por en mitad de los ojos y saliendo el tiro por la barriga detrás del ano. El tiro certero y penetrante, fue gracias a que afilé el arpón aquella mañana, hasta darle la punta a modo de alfiler. Pero, cuando me dispuse a medir al mero, cosa que no pude hacer antes de dispararle, aquel solo medía 41 cm. No daba la talla de 45 cm. Así que dejé al mero caer al fondo del mar, para pasto de otros peces.
Hice varias esperas a las lubinas que cada día eran mas ariscas. No se acercaban. Intuían el peligro del pescador submarino y huían. No obstante, conseguí capturar 7, de unos 600, o 700 gramos cada una.
Cuando pasé un cabo me encontré un fusil submarino con dos pulpos clavados en el arpón. Miré alrededor por si había algún pescador. Al rato, viendo que aquel fusil se le habría caído a alguien y lo había perdido, apliqué la ley del mar y me lo quedé, dejando caer al fondo del mar los dos pulpos que llevaba el arpón. Se veían recién cogidos, pero, ojos que no ven no pueden poner en riesgo el estómago. A saber las bacterias que habrían cogido allí en el fondo clavados al arpón.
Cuando ya me disponía a volver vi un buceador, sin guantes, sin fusil y sin boya. Le pregunté si había tenido suerte, me dijo que andaba buscando una linterna que había perdido aquella mañana. No sabía por donde la había perdido. No habían pasado ni dos minutos, cuando casualmente me encontré bajo una cueva la linterna perdida por aquel buceador. Le pregunté si el era del grupo que aquella mañana habían sido denunciados por la Guardia Civil del mar, por pesca ilegal y me respondió que no. No le creí. Seguramente andaba buscando no solo la linterna, sino también, todo lo perdido y dejado caer al fondo submarino, al ver a la Guardia Civil acercarse, para evitar el decomiso de todo el material.
Como no dijo nada de haber perdido el fusil, yo tampoco le dije que me había encontrado un fusil.
Aquel día que empezó con mala suerte, no puedo decir que terminase muy mal. Como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.








No hay comentarios:
Publicar un comentario