La corvina solo pesó un kilo. El pulpo, un kilo seiscientos gramos. No estaba nada mal, para la mala mar y el agua turbia.
El agua había bajado dos grados, desde los 17 de los últimos días. Las borrascas habían dejado el agua turbia. No se veía nada, salvo en una determinada zona de acantilados. Allí llegué, después de una hora de mover aletas. Tendría que volver en poco tiempo, pues el sol poco a poco estaba cayendo. Divisé aquella corvina en un lugar inusual. La vi grande desde la superficie, entraba a su cueva. Bajé con la linterna encendida, pensando que el animal habría desaparecido entre las oscuras grietas. Pero, cuando me aproximaba a la entrada de la cueva, desde arriba, la vi con su gran cabeza. Al sentir mis vibraciones, el animal inició el camino de su escondite, pero no le dí tiempo, lancé el arpón que le atravesó desde arriba del lomo hasta la barriga, dejando al animal sin oportunidad de escapar.
Divisé varios pulpos, de poco mas de un kilo, pero no les disparé. Al recogerme disparé a uno de esos pulpos próximos al kilo. Es difícil calcular el peso, cuando se trata de pulpos próximos al kilo. Este pesaba un poco mas.
Al llegar a casa me esperaba una tortilla paisana. La pesca fue a parar al congelador.
Llevaba el traje de 7 mm, del año anterior, con dos chalecos de 3 mm. En el cinto llevaba 7,5 kilos de plomo, que para bajar a mas de 10 metros, los dejaba en 6,5 kilos, colgando uno de los plomos en la boya. Al final de la jornada se metió la mar de fondo con olas de casi un metro. Tuve que salir alejándome del peligro de los acantilados, donde la mar rompía. Tuve mala suerte con el banco de lubinas, pues no acerté a ninguna, con el estrés de la mala mar y el sol que se ponía.









No hay comentarios:
Publicar un comentario