Después de pasar tres días desde una gastroenteritis, ya bastante recuperado, me metí a bucear. Dudé tanto si meterme, o no, que, al final entré al agua a las 17 horas, cuando el sol se ponía a las 19 horas y 21 minutos. Dos horas de buceo, no entraban dentro de mis costumbres, pues cuando menos suelo estar mas de tres horas. Pero, preparar el equipo y decidirme me hicieron perder mucho tiempo. Al final, dado que no estaba en buena forma ni recuperado totalmente de la gastroenteritis, las dos horas se me hicieron eternas y solo estuve dentro del agua una hora y media.
La temperatura en el agua era de 19 grados. Me puse el traje de 7 mm, de unos 4 años, un chaleco de 2 mm, recién estrenado. En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomos.
Estuve encima de los mújoles desovando, pero seguían en alerta de vigilancia y me fue imposible capturar alguno. Próximos a los mújoles había unos pequeños espetones, no en parejas como suele ocurrir en el mes de julio y junio, sino en manada. Apunté sin sumergirme a uno de los que parecían mas grandes, y disparé. El arpón obediente atravesó ese cuerpo tan fino como una aguja, dando una puntuación de sobresaliente al tema de la puntería.
Doblé el cabo, pero me faltaban las fuerzas y quedaba pocas horas de sol. Estuve bajando a una cueva en la que había un mero. Pero no supe calcular cuanto pesaría antes de que el mero decidiese no verme mas. Probablemente pesaría un kilo y medio. Rozaría el límite permitido. Tal vez dos kilos. Sea como fuere, esa cueva era su hábitat y ahí sabía que estaría dentro de unos meses, mucho mas gordo y grande.
Ya, cuando faltaban pocos minutos para decidir salir del agua, pasé otra vez por donde estaban los mújoles. No les vi, habrían cambiado de lugar, para que los depredadores no les cazasen entusiasmados con la freza. Algunos barcos estaban dando vueltas por la zona con el curricán. Seguramente habrían capturado alguna lecha y eso les mantenía en la misma zona haciendo círculos.
Cuando los barcos desaparecieron, me dirigí a la zona donde habían estado. Solo dos lechas junto a dos dentones pequeños, fue todo lo que vi. Apuntado a una de las lechas, apreté el gatillo. Pero para sorpresa mía el gatillo no se dejaba apretar. El maldito seguro se había colocado solo, salvando la vida a aquella lecha, que continuo su navegación junto a su pareja, salvada por el seguro. No importa, pensé, tengo el congelador lleno de pescado, una paella de tres días esperando en el frigorífico para comerla. Y la lecha, tampoco pesaba mas de un kilo.
El día no fue bueno. El estómago me dolía con pinchazos de resultas de la enfermedad pasada. Pero la paella, puso fin a los dolores de estómago, quedándome saciado y satisfecho, pues, al menos había hecho un mínimo de ejercicio.



1 comentario:
Este blog es otra caca como la de Borriquete. Aprende a pescar y no cojas pezqueñines, sino me voy a cabrear.
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