La previsión de viento de poniente, me hizo aquel día desplazarme unos 25 kilómetros hasta llegar a Las Puntas. Aquel paraje. es tierra de moros. desde que. hace varias décadas. se implantaron los invernaderos. Entre aquellos habitantes, los había que estaban europeizados desde que nacieron, otros. en cambio, acababan de pisar territorio de sus ancestros medievales y, dada su vejez, ya nunca aprenderían las costumbres de la península, antes de que les llegase el turno de ver a su Dios.
En estos lugares. hay que llevar mucho cuidado donde se deja el coche. para meterse a bucear, pues también hay amigos de lo ajeno, que no dudarían en romper cristales y hacerse con las pertenencias del infortunado, e incauto, buceador.
Con esas precauciones en la cabeza, me dirigí al lugar mas poblado, no por ello mas seguro. En un restaurante próximo, la hora de comer había reunido a los extranjeros. que también poblaban aquellos lugares, sea provinentes de urbanizaciones, guetos de guiris, sea de roulottes, o de camping, próximos. Esa circunstancia. me daba un poco de confianza a la hora de aparcar, pues. mientras durase la comida, el coche estaría seguro ya que, antes romperían alguno perteneciente a extranjeros, que el mío que era un desperdicio de coche.
Entré al agua. aproximadamente a las 15 horas y solo estuve 3 horas buceando, porque. una de las aletas de carbono. se despegó la pala del calzante, teniendo que volver aleteando con una sola pierna desde un trecho próximo a los dos kilómetros. El agua se mantenía en 14 grados, la transparencia, me recordaba los meses de septiembre, en que era un cristal tralucido, el sol lucía y la sensación dentro del agua era por ello, agradable. Nadè contra la corriente de poniente, para que a la vuelta me fuese favorable, cuando estuviese cansado. Menos mal, porque ello me permitió volver con una sola aleta y la otra atada con unas cuerdas que siempre llevo en la boya en previsión de estos trances. No se veían, nada mas que pequeños sargos,.Solo cuando ya llevaba dos horas buceando, divisé un pulpo de unos 3 kilos, que nadaba sobre las algas. Le disparé y el arpón se quedó atrapado, sin posibilidad de extraerlo, entre varias raíces de posidonia. La única solución en estos casos, es cortar las raíces con un cuchillo afilado hasta descongestionar la muerte del arpón y, así poder extraerlo. Tuve que elevar el pulpo gordo, para que me dejase maniobrar con el cuchillo en el fondo y no me atrapase con sus tentáculos a mi también. Al final conseguí extraer pulpo y arpón. Pero al ver la aleta despegada y rota, tuve que improvisar una reparación de urgencia y volver con la corriente a favor. En estos casos, lo mejor es la tranquilidad, la respiración tranquila y relajada y tener confianza en los propios medios y en la Providencia. Una vez en la playa, entre los bolos de la orilla vi otro pulpo mas chico y le disparé entre los dos ojos. Salí y me cambié. Miré a mi alrededor, mi coche había quedado solo. Los extranjeros se habían marchado al acabar la comida. En una plaza pegada al coche, estaba sentado un moro con barba y una cara de pocos amigos que tiraba de espaldas. Tal vez, pensé yo, se sentía intranquilo por haberle invadido su territorio. Era un moro viejo, feo, de unas facciones que no daban sensación de que en su cabeza hubiese tranquilidad alguna, mas bien, malos pensamientos. Parecia un moro de aquellos que, mediante la pirateria, asolaron las costas del levante español, haciendo cautivos a los cristianos.
Tal vez, yo estuviese equivocado y aquel moro, fuese una buena persona, tal vez no. Cuando terminé de cambiarme y guardar el equipo, una idea pasó por mi mente. Si a aquel moro con cara de pocos amigos, conseguía verle la cara de cerca y fichar sus facciones, tal vez, otro día me guardase el coche de los amigos de lo ajeno, si es que, el mismo no fuese uno de ellos, Si a eso, le añadía un pequeño obsequio, tal vez conseguiría amigar al moro de cara de pocos amigos. El pulpo mas pequeño, lo cogí y llamé al moro, quien acudió con recelo, con mala gana y con miedo. No se fiaba de mi, igual que yo no me fiaba de él. Por señas le dije si quería comerse el pulpo. Me dijo con la cabeza que si. Le informe, por signos, que lo tuviese congelado 7 días, antes de comerlo, no se si me entendió, si tenia congelador, o no, o si pensaría comérselo aquella misma noche. Después, sentí pena por aquel moro, tal vez un desgraciado de la vida. Tenía los dientes mas viejos que su cara. Sucios de sarro amarillo. Eran unos dientes largos, aunque tenia huecos. Sus ojos, tenían la apariencia de haber visto cosas espantosas, cosas criminales Eran ojos de horror, maliciosos y de espanto. Ojos que causaban, asimismo, espanto y horror.
Una vez llevada a termino la idea que pasó por mi cabeza, cogí el coche y me fui de aquel lugar. Ni siquiera le pregunté al moro como se llamaba. De todas formas, espero que el efecto llamada no sucediese otro día, sino me faltarían pulpos para regalar y hacer moros amigos.
Después busqué en internet, como se comen en Marruecos el pulpo. En tajine. Todo en tajine. Espero que mi pulpo le sentara bien a aquel moro viejo y mal encarao, que no tenía familia. Según me dijo estaba solo.
Cuando se lo contase a mi amigo Borriquete, seguro que no me iba a entender,¿ o si? Porque, a los moros, o a cualquier otra persona, hay que tratarla como nos gustaría que ellos nos tratasen en su territorio.










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