MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 23 de mayo de 2018

El Tomahawk erró el objetivo.



Aquel día, pensé en hacer pesca submarina con el kayak. Comencé tarde la tarea de preparar los equipos del kayak y de la pesca submarina. Cuando eran las 14 horas salí de casa rumbo a una costa al abrigo del viento de poniente. Aquella mañana comuniqué a mi amigo el Sabio Borriquete, que me disponía a utilizar la tecnología del kayak, para la pesca. Después de leer el periódico, bajar el abundante desayuno, solo me quedaba elegir el lugar donde botar el kayak, o como dije a Borriquete, el lugar desde el que lanzar el Tomahawk de crucero, con velocidad subsónica.
Cuando, después de atravesar angostos caminos asfaltados por esos caseríos de Poniente, en plena naturaleza de la sierra de La Muela, llegué al Portús, tuve la mala suerte de encontrar cortada la carretera que baja a la playa, por obras. Entonces, me dirigí al camping naturista, para que me dejasen atravesar el camino para acceder a la playa. En la oficina de recepción, había cinco señoras, que me negaron el acceso. Insistí que no podía acceder a la playa con el kayak por otro lado, pero la negativa fue tajante. Pedí hablar con el dueño del camping y otra vez la negativa de las cinco señoras fue tajantemente disuasoria. Entonces llamé por teléfono a la Guardia Civil, para que levantasen acta de que se me impedía el acceso a una playa pública, a través de un camino de toda la vida que era público, con el objeto de tener una prueba para presentar una denuncia judicial, para defender bienes de uso y dominio público, que son de todos. Pero, la G. C., después de insistirme que aquello era privado, a pesar de mis razonamientos jurídicos sobre los bienes de dominio público y los de titularidad privada, que los últimos no pueden quitar el derecho de los ciudadanos al acceso, uso y disfrute, de los bienes de dominio público, por una entidad privada con  ánimo de lucro. Solo conseguí que el G. C. me dijese amablemente, que la pareja de GGCC., estaba ocupada en otros menesteres y no podía acudir en mi auxilio. No cejé por ello, sino que llamé a la Policía Local, y me dijeron que no era de su competencia zonas rusticas, que era de la G.C., y que aquello era privado.
Como iba a poner una denuncia, sino tenía la prueba de que me habían impedido el acceso, y no llevaba testigos, pues iba solo, sería ante el juez, mi palabra contra la de cinco señoras testigas. Estaba dispuesto a perder todo el día para defender lo que es de todos y que un particular ha privatizado, con el beneplácito tácito de todos los poderes públicos, sea por omisión, sea por inacción. Cuanta discriminación, comparando este asunto, con aquel pueblo de pescadores de toda la vida de Puntas de Calnegre, a quien Costas, o, Ministerio de Fomento, pretenden borrar y derribar de un plumazo para siempre. En internet hay muchas alusiones a este tema del camping del Portus, por ejemplo: https://www.trebol-a.com/2014/06/13/no-pagues-por-ir-a-la-playa-del-el-portus/
Entonces me acordé de mi amigo Borriquete, quien cree en las apariciones de la Virgen, en las supersticiones, en las maldiciones y, tal vez, en el mal de ojo. No sería esta una maldición? De quién?. Mala suerte la mía que no se me aparece la Virgen nunca, cosa contraria a lo que le sucede a Borriquete, que se le aparece todos los días, devaluándola de tanto usarla.
Pensé, ya aburrido y cariacontecido, abortar el lanzamiento aquel día del Tomahawk, pero todo estaba preparado para el despegue del misil, así que solo tenía que intentarlo, aunque fuesen ya las 16 horas. Me dirigí por una rambla por un camino de perros. Bajé el kayak hasta la playa, con toda la tecnología, sonda, gps, radio marina, etc, por una endiablada cuesta de escalones de piedras, me cambié y boté el kayak. En esto se me fueron casi dos horas. De tanto tiempo sin utilizarlo, las gomas elásticas del timón habían perdido elasticidad. Antes de colocarme la chaqueta, una vez echada el ancla, me dí cuenta que el pisete se había soltado.  Otro obstáculo mas. La dificultad de quitarse los pantalones y colocarse el pisete, en el reducido espacio del kayak, era para sufrirla en vez de escucharla. No obstante, superé aquel otro obstáculo de la, increíble, maldición de aquel día. Me tiré al agua a las 19 horas y a las 20 debería salir, pues mientras colocaba los cinco fusiles, la boya, las aletas y demás, se iría un tiempo precioso, y a las 21 horas se hacía de noche. Me quedaba una media hora aun  de remar de vuelta, pues habría hecho poco mas de dos kilómetros remando, contra el viento de poniente. A la vuelta, no obstante lo tendría a favor.
El agua estaba entre 19 y 20 grados. Llevaba el traje de 5 mm, sin peto, con dos chalecos y 6,5 kilos de lastre al cinto.
El estrés y el poco tiempo que tenía para bucear, me hicieron predecir, que no podría ni encontrar ni clavar un buen mero, si lo encontraba. A pesar que había llegado lejos del alcance de los buceadores de infantería, aquel día me tendría que retirar sin una pesquera decente, por falta de tiempo. No obstante, en aquella zona los peces pululaban, las cuadrillas de sargos ocultándose en la rocas del fondo, me motivaba. Pero, no eran el objeto de mi fusil. Me acordé otra vez de Borriquete. El si que madruga. A las cinco de la mañana sale a pescar, no a las 15 horas como yo, y claro que se le aparece, cada día,  la Virgen María, la Inmaculada y todos los santos protectores de los pescadores, porque a quien madruga Dios le ayuda. Pero, decirle eso a mis biorritmos, los mataría seguro.
Solo clavé con el arpón un mújol de mas de un kilo y un macro salmonete. Los dos fueron a parar al congelador. Una lata de fabada, acabó con la maldición del día. Me acordé otra vez de Borriquete. Él habría hecho el harakiri a un sargo y se lo hubiese comido, pero yo no. No me gustan los sargos.  Eran las 24 horas cuando termine de comer. Él, Borriquete,  ya llevaría dos horas,  por lo menos,  durmiendo, preparando sus biorritmos para madrugar al día siguiente. Pensé, yo no cambio, pues hago lo que me gusta, en la forma que me gusta.  Que cambie Borriquete, si él ve que tiene todo el día para aburrirse. Antes, cambiaría yo mis biorritmos, que Borriquete su hábito de madrugar. Si fuésemos todos iguales, el mundo petaría. Hay que dar vez a los relevos. Pero, esto de las maldiciones, aunque haberlas ahíla, yo, no creo en ellas.

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