Aquel tenedor de plástico en el fondo submarino, no presagiaba nada bueno. Basura y mas basura en los fondos oceánicos. Seguí aleteando a pesar del oleaje que levantaba el temporal de noroeste.
Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Política de cookies
Entendido y estoy de acuerdo.
martes, 8 de diciembre de 2020
El tenedor me estropeó la jornada. El mero no daba la talla
Aquel tenedor de plástico en el fondo submarino, no presagiaba nada bueno. Basura y mas basura en los fondos oceánicos. Seguí aleteando a pesar del oleaje que levantaba el temporal de noroeste.
lunes, 7 de diciembre de 2020
La ola me golpeó el craneo, como un tablacho de un naufragio
Baje varias veces haciendo esperas en el fondo. Todo fue en vano, los dentones de no mas de 2 kilos, estaban lejanos y no entraron. La temperatura del agua era de 16 grados. Lo peor era el oleaje de viento de mas de 40 kilómetros por hora y rachas de fuerza 7.
domingo, 6 de diciembre de 2020
El animal mugelido mas grande que una aleta
La temperatura del agua había bajado hasta los 16 grado. Un grado menos que el día anterior.
sábado, 5 de diciembre de 2020
Un merico para hacerle crecer los dientes al borrico
El agua estaba infernal, incluso a cubierto del noroeste. Lejos de la costa las olas y la gran corriente eran asesinas. 17 grados de temperatura del agua y el traje de 7 mm, gastado, con 2 chalecos y 7,5 kilos, o 6.5, al cinto, dependiendo de la profundidad.
jueves, 12 de noviembre de 2020
La logica aplicada en la mar. Como si no fuese con el.
- El agua continuaba en 19 grados. El confinamiento perimetral para burros, era absurdo, porque los borricos, rebuznan y rebuznan, dan coces y mas coces, aunque estén amarrados en su establo. La libertad del borrico es inmensurable.
- El traje de 7 mm de unos cinco años, dos chalecos de 3 mm., en el pecho y 7,5 kilos de plomos en el cinto, eran el atuendo de esos días.
- No se veía pescado, solo algunos pulpos chicos, a los que me limitaba a acariciar, con la punta del arpón, con mucha suavidad.
- Uno de esos días, la linterna que llevaba colgada de la muñeca con una cuerda de dinema, se me perdió.
- Hacia poco tiempo que la había echado en falta. Lo difícil era encontrarla, pues era muy pequeña y de color negro. No me puse nervioso, apliqué la tranquilidad y la lógica. Se trataba de recuperar la linterna que valía solo 50 euros, no una gran pérdida. Apliqué la lógica rastreando el fondo submarino pegado a las rocas y grietas. Iba escaneando con la mirada toda la superficie, desde donde tenía fondeada la boya, hasta donde había clavado aquel salmoneitor. Fue mas o menos en ese trayecto, después de colgar el salmonete muerto en el aro portapeces, cuando noté que la linterna la había perdido. Al final la encontré y pude seguir pescando.
- Los espetones estaban en algunos lugares en manadas desconfiadas. Era necesario acercarse a la manada desde arriba con tranquilidad, sin hacer turbulencias con las aletas y respirando como si no se notase. Si alguno estaba a tiro, apuntar desde la superficie y disparar. Pero, no siempre se acercaban a tiro de la superficie. Entonces había que bajar sin apenas hacer ruido, sin compensar, apuntar y disparar. Si se apuntaba bien, la captura estaba asegurada. era difícil errar un tiro bien apuntado y al alcance, si el espetón aún no había salido como una flecha.
- Cuando ya el sol se estaba poniendo, a la vuelta, me encontré debajo de una roca a un salmonete grande, asomando su cabezota. Disparé a la cabeza. El salmonete dio una vuelta y desapareció. En su lugar una maragota estaba como aturdida con la cabeza boca abajo y dando la sensación que ella había sido la receptora del disparo. Curiosamente, el salmonete seguía asomando la cabeza, como si el disparo no hubiera sido para él. Apunté de nuevo al salmonete y disparé. Otra vez apareció la maragota, como atontada cabeza abajo. Entonces apliqué la lógica, no es que el salmonete creyera que el disparo no iba con él, es que a lo que yo había disparado era a la cabeza de la maragota y esta se había quedado tan aturdida la primera vez, que pensó que el disparo no iba con ella. Yo, creyendo que seguía el salmonete asomando la cabeza, le disparé un segundo tiro, pero otra vez había dado en la cabeza de la maragota. Por lógica, alguno estábamos equivocados. Y esos eran la maragota y yo. El salmonete aplicó su lógica y huyó del lugar del crimen.
jueves, 22 de octubre de 2020
En el cielo del paladar. Un bocado mortal.
Pasaron varios minutos, hasta que por mi cabeza pasó la idea de realizar la intervención quirúrgica. Era imprescindible hacerla. El filo cortante del cuchillo iba haciendo un surco en el cielo del paladar. Se podía entrever el acero del arpón incrustado en los huesos de la calaverade aquel animal.
Todo comenzó aquella tarde. El cielo estaba nublado. Algunas gotas finas de lluvia apenas se dejaban sentir y enseguida cesaban. Por eso, tal vez, no me decidí a entrar al agua hasta las 16 horas.
La temperatura del agua continuaba en 19 grados. El traje de 7 mm de unos cuatro o cinco años y algo comprimido, mas un chaleco de 2 mm., nuevo, era toda la protección contra el frio. En el cinto 6,5 kilos de plomos.
Estuve buscando los mújoles desovando. Cuando los encontré, junto a ellos, algunos espetones se movían en manada. Apunté desde la superficie sin sumergirme el estrecho cuerpo de uno de esos animales, aproximadamente a dos metro y medio o tres de distancia. Nadaban a media agua. Aunque apunté a conciencia, la larga distancia a la que se encontraba el pez, me inclinaba a pensar que no acertaría a darle. La precisión del arpón, hacía que mi incredulidad sobre la puntería se fuera extinguiendo. Después un segundo espetón corrió la misma suerte que el primero por el mismo procedimiento. La puntería, aquel día era de matrícula de honor.
Cuando di la vuelta al cabo, la mar estaba planchada. Una ligera corriente del suroeste me hacía alejarme del punto en el que me encontraba en superficie. Desde la superficie, a las 17 horas vi mucho movimiento de bancos de obladas y de chirretes. Muchas castañuelas adornaban la escena. Estaba mirando los bancos de obladas, cuando vi al fondo una manada de 5 dentones bastante grandes. Bajé al fondo e hice una espera. La espera duró un minuto Nada de nada. Los dentones, parecía que habían pasado por allí y se hallaban muy lejos ya.
Continué haciendo esperas con el fusil de 115 cm, y con la flecha de dos aletillas o muertes. Algunas veces veía a los dentones muy lejanos. No se acercaban.
Al final de un tiempo de espera en el fondo, por el perfil de la roca que tenía a mi izquierda, vi acercarse una pequeña lecha de frente. Enderecé despacio el fusil apuntándole. Me di cuenta conforme se acercaba que era una lecha grande. Apunté al centro del morro y apreté el gatillo. El arpón con dos aletillas, salió disparado a toda velocidad incrustándose en el morro superior del animal, que quedó tiesa, ensartada en el arpón. Pensé que el arpón la había ensartado desde la cabeza a la cola sin llegar a salir Le clavé el cuchillo en la cabeza, para matarla. La colgué en el aro portapeces, pero cuando quise extraer el arpón, este no se podía mover. Intenté empujar la flecha hacía delante, para que saliese del cuerpo del animal y poder extraerla, pero aquella no se movía, no iba ni adelante ni hacía detrás. Entonces medí con el fusil la distancia de flecha que no había penetrado en el cuerpo del animal y me di cuenta que la flecha apenas le había penetrado. Habían entrado justo las dos aletillas que no se veían, nada mas, es decir solo la punta del arpón. Eso me hizo pensar, que tenia que cortar el paladar el animal, justo la distancia de la punta del arpón para extraer la flecha. Con precisión fui haciendo una incisión en el cielo del paladar. El acero de la flecha se veía. Entonces, intenté moverla como sacando una muela, para un lado y para otro. Poco a poco a través de la incisión quirúrgicamente practicada, el arpón se desprendió del tejido óseo del cielo del paladar.
Una vez la flecha libre, continué haciendo mas esperas, pero solo logré disparar a un dentón que estaba fuera del alcance del fusil y al que no conseguí tocar con el arpón, a pesar de haberle apuntado muy bien, ya que si hubiese estado al alcance de la flecha lo habría atravesado. Ahí terminó la jornada.
Mientras otros pescadores submarinos que se meten todos los días a esquilmar y convertir en billetes, ilegalmente y de manera furtiva, todo lo que capturan si respetar las tallas mínimas, pero son unos inútiles y unos incapaces, para capturar lechas teniendo que comprarlas por cajas, yo que me meto espaciadamente con el animo de hacer deporte, había conseguido aquel día, nada menos que cuatro kilos de lecha en una sola lecha y con ella terminé de llenar el congelador. Ahora, tocaba regalar el pescado a mis amistades, o invitarles a comerlo en casa. El congelador, había que vaciarlo para poder volver a llenarlo y así poder continuar practicando la pesca submarina recreativa, no especulativa. Porque siempre he pensado que quien furtivamente convierte el fondo y la vida submarina, con capturas ilegales, en billetes, es algo mas que un furtivo, es alguien que está completamente al margen de la moral, de la ley actuando, asimismo, contra la naturaleza.
Una cura de humildad, para esos furtivos, e inútiles pescadores, que tienen que comprar lo que no saben pescar.
miércoles, 21 de octubre de 2020
El seguro la salvò
Después de pasar tres días desde una gastroenteritis, ya bastante recuperado, me metí a bucear. Dudé tanto si meterme, o no, que, al final entré al agua a las 17 horas, cuando el sol se ponía a las 19 horas y 21 minutos. Dos horas de buceo, no entraban dentro de mis costumbres, pues cuando menos suelo estar mas de tres horas. Pero, preparar el equipo y decidirme me hicieron perder mucho tiempo. Al final, dado que no estaba en buena forma ni recuperado totalmente de la gastroenteritis, las dos horas se me hicieron eternas y solo estuve dentro del agua una hora y media.
La temperatura en el agua era de 19 grados. Me puse el traje de 7 mm, de unos 4 años, un chaleco de 2 mm, recién estrenado. En el cinto llevaba 6,5 kilos de plomos.
Estuve encima de los mújoles desovando, pero seguían en alerta de vigilancia y me fue imposible capturar alguno. Próximos a los mújoles había unos pequeños espetones, no en parejas como suele ocurrir en el mes de julio y junio, sino en manada. Apunté sin sumergirme a uno de los que parecían mas grandes, y disparé. El arpón obediente atravesó ese cuerpo tan fino como una aguja, dando una puntuación de sobresaliente al tema de la puntería.
Doblé el cabo, pero me faltaban las fuerzas y quedaba pocas horas de sol. Estuve bajando a una cueva en la que había un mero. Pero no supe calcular cuanto pesaría antes de que el mero decidiese no verme mas. Probablemente pesaría un kilo y medio. Rozaría el límite permitido. Tal vez dos kilos. Sea como fuere, esa cueva era su hábitat y ahí sabía que estaría dentro de unos meses, mucho mas gordo y grande.
Ya, cuando faltaban pocos minutos para decidir salir del agua, pasé otra vez por donde estaban los mújoles. No les vi, habrían cambiado de lugar, para que los depredadores no les cazasen entusiasmados con la freza. Algunos barcos estaban dando vueltas por la zona con el curricán. Seguramente habrían capturado alguna lecha y eso les mantenía en la misma zona haciendo círculos.
Cuando los barcos desaparecieron, me dirigí a la zona donde habían estado. Solo dos lechas junto a dos dentones pequeños, fue todo lo que vi. Apuntado a una de las lechas, apreté el gatillo. Pero para sorpresa mía el gatillo no se dejaba apretar. El maldito seguro se había colocado solo, salvando la vida a aquella lecha, que continuo su navegación junto a su pareja, salvada por el seguro. No importa, pensé, tengo el congelador lleno de pescado, una paella de tres días esperando en el frigorífico para comerla. Y la lecha, tampoco pesaba mas de un kilo.
El día no fue bueno. El estómago me dolía con pinchazos de resultas de la enfermedad pasada. Pero la paella, puso fin a los dolores de estómago, quedándome saciado y satisfecho, pues, al menos había hecho un mínimo de ejercicio.





















































