Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.
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martes, 4 de octubre de 2011
domingo, 2 de octubre de 2011
ANTES DE LLEGAR A LA CALAVERA, EN EL PENULTIMO ESCOLLO, DONDE EL VERDE TAPIZA EL FONDO.
Lo había decidido después de darle muchas vueltas al asunto. Me iría un mes a un bungalows de madera a pescar en un paraíso perdido entre montes. En el mismo lugar en donde 29 años antes me inicié en esto de la pesca submarina. Al cabo de unos días de estar en aquel camping, me dí cuenta que mi decisión había sido la correcta. Pues de no haber venido a este lugar paradisiaco, mis vacaciones se hubiesen frustrado por la mala mar reinante en aquel maldito lugar en el que habito.
La pesca, no podía considerarse extraordinaria, pero la profundidad de los acantilados, la transparencia de las aguas, y sobre todo la mar en calma, eran tan gratificantes como si el pescado abundase.
La temperatura del agua era de unos 24 grados, el último día, antes de escribir esto, me puse sobre el chaleco de 3 mm, una chaqueta de 7 mm, ya gastada por el uso, con unos pantalones sueltos de 5 mm, también gastados por el uso. Llevaba solo tres kilos y medio de plomos en el cinto.
El día anterior, vi aquel mero. Al principio solo le veía el hocico, y pensé que sería un mero chico. Pero cuando le pude divisar por otro recoveco de aquella cueva, me dí cuenta de que el mero pesaría unos tres kilos.
Bajé varias veces, pero el mero no se presentaba de frente, y huía veloz a esconderse. Le dejé, pensando que al día siguiente, el mero estaría en el mismo lugar, mas relajado y tendría la oportunidad de dispararle certeramente. Pero al día siguiente, ya no le vi. El lugar, era típico de una isla con tesoro de esas de piratas. Se encontraba en un lugar en el que nunca se me hubiera ocurrido mirar. De hecho, nunca miré allí en veintinueve años. La profundidad era escasa. Dos escollos antes de llegar a la roca de la calavera, en donde el fondo estaba tapizado de verde. El mapa del mero lo guardé como un tesoro en mi memoria de pescador submarino, de donde nadie me lo podría quitar. Tal vez otro día el mero vuelva a dar la cara y entonces será cazado infraganti por su curiosidad.
El estanque del destierro fue desguazado. Las piedras milenarias submarinas fueron trasladadas de lugar. Dos peces amur come algas que se encontraban en el estanque, tal vez presintieron el traslado, y optaron por saltar desde su hábitat desde un doceavo piso hasta estrellarse contra el suelo de un jardín que había abajo. Tal vez algunos gatos hambrientos saciaran su hambre con aquellos peces saltadores de pisos.
El resto de los peces que habitaban en el acuario, unos diez peces de todos colores y clases, peces de agua fría que llevaban en aquel lugar viviendo mas de cuatro años, también fueron trasladados junto a su estanque, por medio de una nevera llena de agua. Algunas cañas y carrizos del Mar Menor, fueron arrancados para proveer de vegetación al nuevo estanque, destino de los peces trasladados.
Solo el viejo pescador de caña chino, y el pequeño faro, quedaron en su lugar de origen. No fueron trasladados pues se hallaban pegados con pegamento en múltiples fragmentos. Su traslado hubiese supuesto su destrucción. Esperarían el regreso de los peces de colores, o de otros peces que llenarían de nuevo aquel viejo estanque, para que las noches y los días en aquel destierro malvado fuesen mas llevaderos.
martes, 20 de septiembre de 2011
domingo, 18 de septiembre de 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
sábado, 3 de septiembre de 2011
VOLVIERON COMO UNA PLAGA. LOS VERANEANTES NO SE HAN IDO. SON COMO UNA PLAGA DE RATAS, PERO QUE NO ABANDONAN LAS PLAYAS.
Aquella mañana me levanté tarde, serían las diez horas. Como siempre, realicé el aseo, el afeitado, y el desayuno. Después leí la prensa local. Miré las previsiones meteorológicas. Me preparé el equipo. Y por fin decidí coger el coche para cambiar de zona, dentro de la odiada Manga. Serían las trece horas, cuando salí de mi urbanización y me dirigí a otra, en donde el coche se podría dejar pegado a la playa. Pero no hubo suerte. Una multitud de coches pertenecientes a veraneantes de fin de semana y chancletas, de esos que se solo se acuerdan de la playa los fines de semana y les gusta tragarse caravanas de coches, calor, accidentes y gente mala conductora, habían colapsado cualquier espacio de los aparcamientos. Dejé aquella urbanización, maldiciendo a quienes prefieren ir a la playa, y en concreto a la de La Manga, que quedarse haciendo otras cosas menos agobiantes y mas placenteras. Pero en la siguiente urbanización ocurría lo mismo. Así, en otras dos urbanizaciones. La Gran Vía de La Manga, era una continuo fluir de amantes de la Manga los fines de semana. Gente a la que yo odiaba con todo mi ser. No como personas, sino como plaga. Odiaba a la plaga de veraneantes fuesen de agosto, o fuesen de fin de semana. Ojalá nevara y el agua les congelara las ganas de venir a darse un baño. Era como una plaga de ratas de alcantarilla. Te dejaban completamente incomunicado. Completamente amordazado. Completamente amarrado, sin poder ir a donde te apetecía. Eran, esos veraneantes recalcitrantes de fin de semana, una maldición. Como las plagas de Egipto en la época de los faraones.
Al final pude aparcar en mi propia urbanización. Cosa milagrosa, pues también la playa estaba llena de veraneantes de fin de semana. Me metí al agua a las 14 horas. Llevaba dos kilos de plomo al cinto, un traje sin peto de 5 mm., con un chaleco suelto de 3 mm. El agua estaba a 26 grados, y la temperatura del aire estaba a 23. Lo que hacía sentir el agua como un baño de agua termal. Estuve hasta las 20,30 de la noche. Limpié el pescado antes de salir del agua. Pero solo pude dar cuatro disparos. Los cuatro certeros. Un mújol, dos corvinas normales, una corvina grande. En las ciento cinco veces que bajé durante las seis horas y media que estuve buceando, no vi ningún pez digno de ser cazado.
Espero que la plaga de veraneantes se marcha a sus casa y me deje libertad de movimientos.
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