MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 17 de junio de 2015

Mis días de fotografía paleontológica y arqueológica, subacuáticas
















 



 








 



















 








Todo había empezado de manera fortuita. Un brazo roto. No podía hacer nada. Así que un día nadando con el brazo colgado, unas gafas submarinas y un tubo. El primer día fue el hallazgo de un resto de cuadernas de barco muy antiguo, junto con el cuello de un ánfora romana y un vaso de bronce o latón dorado.  Llamé al museo de Arqueología Subacuática, y les entregué unas fotos y coordenadas del lugar. Les dejé mi teléfono, pero nunca me llamaron. El segundo día, lo que allí se veía, desde mi punto de vista de fotógrafo submarino aficionado, era algo mucho mas importante que unos restos de un puerto romano. Eran nada menos que los restos fosilizados de animales enorme prehistóricos. Imaginaba cada vez que sacaba una foto que aquello era el fémur, la pezuña, o una vértebra de un gigantesco dinosaurio. Posiblemente los sean, no cabe duda de que la naturaleza submarina no talla piedras en forma de huesos, fémures, vértebras, ni osamenta de  patas. Todo había que verlo desde lejos, pues desde cerca era imposible identificar esas siluetas, dado su gigantesco tamaño.
Tal vez el Mar Menor de La Manga, en la época de los dinosaurios estuviese poblado de ellos, y sucumbieron mientras se bañaban en sus tranquilas y termales aguas cristalinas. Pero eso, no lo sabremos, mientras el Museo competente para ello, no pueda hacer un estudio de esos restos paleontológicos. Y posiblemente, sea la falta de dinero, la poca o nada asignación presupuestaria para descubrir yacimientos nuevos, que serían de ser estudiados, tal vez Patrimonio de la Humanidad. Bueno, si al menos se dignasen sacar unas fotos, eso no cuesta nada, y la profundidad a la que se encuentran los indicados restos, tampoco es importante, sólo tres metros bajo la superficie del mar. Una pena, pienso yo, no mostrar el menor interés. Pero doctores tiene la arqueología subacuática y la paleontología, como para que yo ande preocupado, si se estudian o no. Pero, como habitante del mundo me gustaría saber que aquí hubo dinosaurios, antes de que los volcanes crearan la laguna del Mar Menor. Otra cosa distinta, es que las fotos sean sólo un efecto de mi imaginación. Pero ahí están para verlas.

domingo, 14 de junio de 2015

UN PUERTO ROMANO SUMERGIDO EN LA MANGA DEL MAR MENOR
















miércoles, 10 de junio de 2015

LOS ROMANOS TAMBIEN VIVIAN EN LA MANGA DEL MAR MENOR















 
Las circunstancias y causas por las que suceden las cosas y los efectos que aquellas producen, en determinadas ocasiones se escapan a nuestro control y son fruto de la casualidad. Podría decirse que de la misma forma que la causalidad produce efectos, la casualidad también. La mayor parte de los descubrimientos en distintas ramas, se han encontrado gracias a la casualidad. Eso fue lo que me ocurrió aquel día 9 de junio de 2015.
La causa de todo fue el tiro con arco. Resulta que para sacar flechas clavadas en madera hay que realizar una tracción muy fuerte con el brazo. Hacía ya casi treinta años que tuve una dislocación del hombro, saliendo de su sitio la cabeza del húmero. Después de la correspondiente inmovilización y rehabilitación con pesas, todo el hombro quedó fortalecido y nunca mas volvió a salirse, a pesar del diagnostico médico que auguraba recidivas continuas, es decir, que el hombro se saldría tropecientas veces, salvo que se realizase una operación.
Eso de sacar las flechas bien clavadas, iba deteriorándome el hombro. Hasta que al cargar una bolsa con mucho peso noté que me dolía al levantarlo. Inmediatamente me lo inmovilicé. Y así, con el hombro inmovilizado no podía practicar la pesca submarina. Por eso me sumergí en la playa con unas gafas y un tuvo, sin aletas, escudriñando las rocas que había junto a la orilla a unos dos metros de profundidad. Allí, pegada a mis pies se hallaba aquella dorada de mas de un kilo. El animal sabía que no llevaba fusil ni aletas, o sea que se sentía confiada y tranquila. Yo alucinaba de ver la cara dura de la dorada que no me tenía miedo. Si hubiese llevado el fusil, el animal lo hubiese percibido y no se hubiese acercado. Mientras me fijaba en la dorada, descubrí algo parecido al cuello y el asa de un ánfora romana. Luego vi lo que podría ser una cuaderna de un barco o una colaña del tejado de una casa, o el dintel de una puerta. La madera era muy vieja, estaba negra, pero era resistente, no estaba podrida y además debió ser de calidad, pues los terodos, especie de gusanos marinos que perforan la madera,  apenas habían horadado su estructura. Recogí los objetos, pues de no haberlo hecho se hubiesen perdido o destrozado. Este año, las grandes borrascas habían levantado la arena de la orilla y habían dejado al descubierto aquellos restos. También unos días antes había recogido de aquel lugar una especie de vaso. Después de descubrir el trozo de ánfora y la madera, me fijé con mas detenimiento en aquella especie de vaso. Las características que afloraban, es que era un metal que no se oxidaba, lo que me hizo pensar que podría ser un vaso de oro, pues sólo tenía adherida una capa de arena fósil, mientras el metal, sea el que fuere, estaba intacto y era dorado,
Cuando llegué a casa, miré el lugar a vista de pájaro, mediante el google maps, y entonces vi algo que antes no había imaginado. Aquello eran restos de alguna edificación romana. Pudieran ser cimientos de casas, construidos con piedra de granito, o bien una calzada romana, o tal vez un puerto romano. Sea lo que fuere, al día siguiente llamé al Museo Nacional de Arqueología Subacuática . No estaba su director, pero me pasé por allí y dejé unas fotos y unos mapas con las coordenadas y mi teléfono para quedar un día y entregarle los objetos hallados. Tal vez los objetos en si, aunque fuesen de oro no tengan valor, pero estudiar los restos y documentar el hallazgo, podría aportar un grano de arena a la Historia, tal vez de donde estuvo la Atlántida, si es que aquella se encontraba en el Mar Menor de La Manga. Quien sabe....Tal vez el daño en el hombro producido por una flecha  bien clavada fuese la causa o la casualidad que dio origen al descubrimiento del lugar en donde se hallaba aquella ciudad milenaria que desapareció engullida por el mar: La Atlántida.

sábado, 6 de junio de 2015

El día de los tiburones

Aquel día 6 de junio de dos mil quince, me encontraba ya sentado en la playa colocándome las aletas para iniciar la jornada de buceo, cuando se acercó una moto acuática e indicó a los que allí estábamos, que el día anterior había visto unos trece tiburones de unos tres metros en una cala cercana. Y que al día siguiente había visto en otro lugar no más distante de 3 kilómetros, a dos tiburones de un metro de longitud dando vueltas alrededor de una boya en una playa.
Como los pescadores submarinos somos unos valientes, aquello no me hizo dudar en absoluto que debía  meterme a bucear aquel día.
El agua estaba en 22 grados, llevaba el traje sin peto de 7 mm, comprado el invierno pasado, y 6 kilos de plomo en el cinto. Mas bien tenía un poco de calor en la cabeza. El agua tranquila, con una visibilidad de unos 15 metros.
Casi todo el tiempo estuve pendiente del abismo azul, por si aparecía algún tiburón, pero no vi ninguno. Al salir, un conocido pescador submarino del poblado, me dijo que le habían pasado un video en el que se veía un enorme tiburón justo en la punta de La Azohía.
Mientras buceaba, pasó un kayak con un pescador submarino y me dijo que en Portmán se habían encontrado un tiburón enorme varado en la playa. http://www.laverdad.es/murcia/201506/06/tiburon-varado-portman-20150606003135-v.html

La jornada de pesca no fue muy buena. Entré al agua a las 15 horas y salí a las 21, por lo que estuve 6 horas en remojo.
La primera captura fue difícil. Estuve una hora hasta que aquel animal allá en el fondo de una grieta se dignó a ofrecerme sus ojos. La distancia era de unos cuatro metros. Por lo que cargué el fusil en la segunda muesca para tener mas potencia de tiro. Coloqué doble vuelta de hijo en el arpón, para que tuviese holgura y no frenase el arpón al disparar.
Pero el mero no me ofrecía sus ojos. Apenas, allá en el fondo, ocultándose en una piedra, me ofrecía una aleta delantera.
Tuve paciencia, hasta que vi sus ojos. Entonces con el fusil dentro de la grieta, calculé que el hilo no tropezase, que las gomas tampoco, que el fusil estaba alineando el arpón con el ojo del mero, y apreté el gatillo. Si no le daba al mero, podría enrocarse el arpón. Si le daba al mero pero no en el ojo, podría enrocarse el mero con el arpón y perdería arpón y mero. El tiro debería ser el de un arquero, en donde la diana es el ojo del mero a una distancia de 4 metros. Eché suertes y me la jugué a perder el arpón, o el arpón y el mero.
Pero la practica del tiro con arco me dieron la serena puntería de hacer blanco en el ojo del mero. El arpón le penetró por un ojo y le salió por el ano. Es decir, le entró por el ojo de la cabeza y le salió por el ojo del culo. Doble diana pensé. El mero atravesado de esta forma no opuso resistencia. Tiré del hilo del arpón y el mero venía detrás bien clavado. Lo malo era que a la distancia donde se encontraba el mero y en la grieta tan estrecha era imposible calcular el tamaño del animal. Solo pesó un kilo. Una pena, pues pensaba que superaba los dos kilos.
Después tuve la paciencia de esperar que unos espetones me dejaran acercarme sin  percibirme. Para ello me coloqué como una pluma llevada por la corriente en dirección a favor de los espetones. Y teniendo el sol a mi espalda. Poco a poco llegué a la red de la almadraba, en donde los espetones aguardaban a sus presas. El fusil estaba apuntando al delgado lomo del espetón. No apreté el gatillo hasta saber que le atravesaría. Otra vez la practica del tiro con arco me dieron ventajilla. El espetón fue ensartado del arpón sin pensarlo mucho. Luego atravesé a un salmonete. Esa fue toda la pesquera.