MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El agua estaba a 13 grados. La perrita invisible.









Aquel sábado 18 de febrero de 2012, el agua estaba entre 13 y 14 grados centígrados. Ya hacía tres fines de semana que, por unas causas o por otras, no me había metido a bucear. Las bajas temperaturas de aquellas fechas, inusuales en la zona del sureste, hacían de la pereza, para ponerse el traje de neopreno y zambullirse en las frías aguas del Mediterráneo, una virtud, para protegerse del frio. Por eso, aquel día que por fín el sol lucía y la temperatura exterior máxima era de unos quince grados a 17, elegí aquel lugar para zambullirme y practicar la pesca submarina. No esperaba pescar nada, pues en esta época del año, el pescado se encuentra desaparecido. Los pulpos y alguna sepia es lo único que se deja ver.
Me calcé mi chaleco de neopreno de manga corta, que aúnque algo acartonado ya, por tener casi veinticinco años, aún prestaba su función isotérmica, teniendo asegurada una jornada de pesca sin pasar frio. Por si el chaleco no fuese suficiente, mi nuevo traje microporoso baratero, de 7 mm, con pantalón sin peto, era otra de mis armas para protegerme de las gélidas aguas de esta época del año. Me coloqué al cinto 7 kgs de plomo. Además me golgué una pastilla de un kilo de quita y pon, hasta alcanzar los ocho kilos de lastre. No obstante, al final, prescindí de ella, y me quedé sólo con 7 kilos de plomo, lastre que me resultaba suficiente para bajar y planear por el fondo.
Y así fue. Durante las cuatro horas largas que permanecí buceando, no sólo no pasé frio alguno, sino que, al contrario, un calor bochornoso me inundaba, obligandome de vez en cuando a abrirme la capucha para dejar entrar algo de agua fría que me refrigerase un poco la cabeza. Pero lla completa estanqueidad del nuevo traje de neopreno, me hacían sentir calor muy a menudo.
Me metí al agua aproximadamente a las 14 horas y salí a las 18 horas, cuando al sol aún le quedaba casi media hora antes de ocultarse.
No ví casi nada de pescado. Tan solo unas chopas de casi un kilo, de las que conseguí capturar una de ellas. También vi, en dos ocasiones, un banco de lechas de casi tres kilos, que pasaron junto a mi a una velocidad imposible de apuntar con mi fusil. Cometí la imprudencia de intentar seguir a una para apuntarle con el arpón, pero su velocidad me impidió ponerla en el punto de mira. Tal vez hubiese acertado, dejando el fusil quieto, mientras hubiese podido mirar la mirilla, y cuando hubiese visto en la mirilla una cabeza de lecha, podía haber apretado el gatillo. Pero aquel día no caí en practicar ese tipo de caza. Otro día será.
Cuando salí del agua y me dispuse a cambiarme y ponerme la ropa seca. Un bonito perro de color blanco, intentaba ganar mi confianza de perro guardían del mi coche. Era una perra de esas que utilizan los pastores de ovejas para cuidar el rebaño. Llevaba al cuello dos correas, en una de ellas lllevaba una chapa de plástico identificativa. Para demostrarle mi agradecimiento mientras vigilaba mi coche, le ofrecí una barrita energética de avellanas y almendras, de esas que tanto me gustan. Pero la perra, no parecía tener apetito, tan solo olfateó a malas penas la barrita de lejos, y no se la comió, la ignoró por completo. Por lo que supuse que no sería una perra abandonada, sino una perra con dueño, bien alimentada, y que circulaba libre por donde le daba la gana. Tal vez su caracter pacífico, le hacían acreedora para disfrutar de una libertad merecida.
No obstante, le ví con intención de intentar subir al portamaletas de mi coche, y después también pensó en subirse al asiento del conductor, cosa que le negué. Una vez me hube cambiado y vestido, le dirigí un saludo de despedida con la mano, subí al coche y me fuí de allí, dejando a la perra en aquel lugar, tal cual la había encontrado. No tardó en irse por donde había venido, después de ver que mi coche ya se alejaba, sin darle la mas mínima oportunidad de cambiar de dueño.
Bueno, esto de la vida animal, tiene sus virtudes y defectos, pues a pesar de no haber cazado animales del género de los peces, no obstante, estuve bien acompañado de una perra de color blanco, con el pelo rizado como un borrego. Le hice algunas fotos, pero la perra era tan blanca, que probablemente, ni la cámara fotográfica pudiese captar su imagen. Menos mal que al estar en llibertad su hocico algo sucio, podía servir de identificación para que la imágen fotográfica tuviese materialidad.

viernes, 3 de febrero de 2012

NADA MENOS QUE ME TOCÓ SALIR EN UNA PELI DE PROTAGONISTA PRINCIPAL ESO OCURRIÓ EN EL VERANO DE 2010

lunes, 26 de diciembre de 2011

El pato silvestre black. El cormoran.




























































El agua estaba a 16 grados. Llevaba la chaqueta nueva de 7 mm, un peto de 3 mm. de varios años y un pantalón con peto de 7 mm, comprado hace unos tres años, pero que ahora solo tendría no mas de 4 mm. Llevaba en el cinto 6 kilos de plomo, pero tal vez me sobraba un kilo. Días antes, estrené el nuevo traje de 7 mm, con pantalón cortado sin tirantes, tuve calor, pero me metí con tan sólo 6 kilos de plomo, y me costaba mucho bajar, y aletear, pues la flotabilidad el pantalón me impedía hundir las piernas en el agua para aletear.


Llevo viendo cormoranes, una especie de patos silvestres negros, durante dos días en lugares distintos y distantes. No se inmutan ante la presencia del pescador submarino. Pero a este de la foto, ya le he cansado mucho permaneciendo junto a su pedestal fotografiándola sin parar, a una distancia que hacía pensar mal de mis intenciones. Por eso, el cormoran ha remontado el vuelo, instantánea que he podido capturar. Me recordó a la pintura de mi amigo el sabio borriquete, que tiene colgada en su blog, se trata de un águila marina remontando el vuelo sobre una roca en medio del mar.


No se ve pescado. Hace unos días una chopa de un kilo se puso delante del arpón. Hoy, una corvina de algo mas de un kilo y un sargo de casi un kilo. El invierno no es muy bondadoso para con el pescador submarino.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Solo logré sacar el arpón.




El agua estaba a 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm, comprado hace dos años, algo comprimido ya por causa de lavarlo en la lavadora, y además llevaba un chaleco de neopreno de manga corta, que poseo desde hace ya unos 22 años. Llevaba en el cinto tan solo seis kilos de plomo. Después de un buen rato en el agua, me puse la capucha accesoria que llevaba guardada en la boya. El frío me iba haciendo mella en la cabeza. Pero la capucha era un poco opresiva, por lo que no estaba del todo seguro que hubiese acertado cambiando frío por opresión en el cuello.

Ya no había nada que hacer allí, había desperdiciado mi única oportunidad. Aquel mero, de unos cuatro kilos, estaba acompañado de otro mas pequeño. Bajé varias veces, pues la cueva estaba pegada al fondo y era muy difícil que de los dos meros, el más grande, el de unos 4 kilos asomase el morro. Cargué el fusil en la segunda muesca del arpón. Pensaba que de darle un tiro certero en uno de los ojos o en el morro, sería completamente fácil sacar al mero. Después de bajar varias veces, le vi el morro, apenas asomaba, pero estaba a unos tres metros de mi gatillo. Mi dedo índice no se lo pensó dos veces, apuntaba al morro del mero y apreté el gatillo. El arpón salió disparado a toda velocidad perdiéndose en lo mas profundo de la cueva submarina. No se veía nada del arpón, tan solo el hilo de pvc. Miré por distintos sitios opuestos al del disparo para ver si se veía la punta del arpón y poder sacarlo. Pues desde donde lo había disparado era labor imposible. No se vía posibilidad alguna de encontrar por ningún otro lado la punta del maldito arpón. Estaba claro que el mero no había clavado, pues no se veía polvo en suspensión en el fondo de la cueva. Si el mero hubiese sido arponeado, este se debatiría moviendo su cuerpo y su cola y levantando una capa de limo del fondo de la cueva que haría imposible un agua transparente. Por eso, por estar el agua completamente transparente, pensé que el mero había hecho mutis por el foro, y se había largado viendo venir desde muy lejos el disparo del arpón. Que pena, pensé, había fallado un bonito ejemplar de mero, apto para ser regalado como regalo de Navidad. Pero lo peor es que había perdido otro arpón. Menos mal que el arpón que perdería si no conseguía extraerlo, anteriormente me lo había encontrado clavado en una cueva. No me había costado nada, pero si lo perdía tendría que adquirir otro.

Miré por última vez la dirección del disparo, y me percaté que en aquella dirección, en el lado opuesto al del disparo, había una hendidura de rocas en el fondo, la grieta era muy estrecha, pero alumbrándome con la linterna, pude por fin meter la cabeza y le vi, allí estaba la punta de mi arpón, al límite del alcance de mi brazo. Lo cogí con gran dificultad y lo desenroqué, luego ascendí a la superficie, me ventilé y volví a bajar tirando del fusil por el lugar desde el que había disparado. El arpón salió sin dificultad. Me congratulé de que a pesar de haber fallado un buen mero, al menos había conseguido recuperar el arpón, después de casi media hora intentándolo. Tal vez, aquel mero, al no haber sido alcanzado por el disparo, estaría tan feliz otro día esperando que otro arpón de los de mi fusil, le extrajese del lugar escondido en el que se hallaba en compañía de aquel otro mero de menor tamaño.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Otro año que no estaban los dentones


















































El agua estaba a 19 grados. Después de varios días de temporal de poniente, al cesar el viento, la mar en los lugares en los que aquellos días estaba a cubierto del viento, ahora mostraba una resaca y un oleaje de casi dos metros de altura. Era la mar de fondo que volvía a ocupar su lugar barriendo la costa.





No pude penetrar al agua por el sitio de costumbre, pues el oleaje en la costa era tan grande que lo estaban aprovechando los aficionados al surfing, para planear sobre el oleaje. Por dicho motivo busqué otro lugar a cubierto del oleaje de la mar de fondo para meterme en la mar. Llevaba un traje de 7 mm y cuatro kilos de plomo. Después de una hora aleteando sin parar llegué al lugar donde años atrás capturé algunos dentones. Vi uno, era enorme, pero después de varias bajadas y esperas en el fondo, me dí cuenta que los dentones no se acercaban, ni siquiera se dejaban ver. Probablemente, este año, la culpa de la actitud de los dentones escondidos, la tuviese la luna que aún lucía por las noches, y en esas condiciones el pescado caza durante la noche, mientras que de día se mantiene inapetente, escurridizo y asustadizo. Tal vez la culpa la tuviese la elevada temperatura del agua para estas fechas del año. Lo que traía consigo que no existía termoclina, y al no haberla tampoco los bancos de boquerones se encontraban donde deberían encontrarse. Por dichas circunstancias, por todas ellas, o por una sola, o simplemente porque los dentones tenían un día malo, me fue imposible pescar nada, salí con el aro vacío. Otro día será.





Cuando ya por fin salí, después de colgar los fusiles y atarlos con seguridad en la boya, para evitar que la mala mar me los arrebatase, me encontré con unos guardías de la Comunidad Autónoma, y uno de ellos se empeñaba en aseverar que me había visto pescando junto a una red.





Después de haber nadado mas de un kilómetro de ida y otro de vuelta, al salir, me encontré una red colocada en la playa, cosa que está totalmente prohibido. Y como no había otro lugar humanamente posible para salir, tuve que salir por la orilla en los escasos tres metros que la red estaba separada de la playa. Por supuesto que jamás he cometido una ilegalidad, y no era ni el día, ni el momento para cambiar esa sistemática, pero la cabezonería del agente de la autoridad en aserverar algo que era falso y sin fundamento alguno, me sacó de mis casillas y a punto estuve de tomar buena nota de su nombre para presentar una queja ante el superior jerárquico, porque una cosa es respetable y encomiable en un agente de la autorida, que cumpla y haga cumplir la ley, y en caso contrario ser objeto de denuncia por faltar a la verdad y actuar con abuso en sus funciones, o si verdaderamente tiene pruebas de la comisión de una ilegalidad presentar la correspondiente denuncia, respetando en otro caso al ciudadano que respeta la ley.