El día anterior también había estado buceando con el kayak. Un viento fuerte de levante nos impidió aquel día, a mi compa y a mi, hacer mas de 1 kilómetro y medio. Eso mismo es lo que he hecho hoy yo solo, otro kilómetro y medio de ida y otro tanto de vuelta. El agua estaba en 17 grados, había aumentado 2 grados desde el fin de semana anterior. Eso presagiaba que este año el verano llegaría antes que el pasado, o que las temperaturas serían mas extremas. Bajé e hice varias esperas, esperando que los dentones al calor del agua acudieran. No vi ni un dentón. Llevaba ya tres horas aburrido sin disparar ni un tiro. Bajé a aquella cueva en que una vez vi un mero guapo. Al bajar alumbrando con la linterna no vi nada. Pero después de unos segundos, alguien hizo su aparición. Primero de lado, y parecía grande. Luego me daba la cara para sacarle una foto para el carnet de identidad. Solo se que se hallaba un poco lejos, pero apunté al ojo. El tiro no le atravesó el ojo, pero si el moflete y no le salió del cuerpo la punta del arpón, pero le llegó a la cola. Después de pesado daba un kilo ochocientos en la báscula. También saqué un sargo gordo, al que le dí directamente en el cerebro. Tal vez fue un sargo inteligente y puso su cerebro al servicio de la técnica de la pesca submarina, que no termina de hacer experimentos. Al pobre sargo le atravesó el arpón el cerebro y le salió por un ojo que le reventó. Me evito tener que rematarlo clavándole el cuchillo en la cabeza, pues estaba bien muerto. Un viento fuerte de suroeste, de fuerza 3 en la escala de Beafour, se estaba metiendo. Aunque no había olas de viento, ya que el lugar donde me hallaba en medio del mar, estaba al abrigo de la costa y protegido del viento de suroeste, no obstante una gran corriente me hacía luchar con las aletas para bajar y para ascender, y , por supuesto, para mantenerme en superficie en el lugar elegido. Llevaba tres horas pescando sin pescar, aburrido, tan sólo ese mero y el sargo. Había quedado con el compa, para pescar mañana. No deseaba esquilmar la zona, porque mañana probablemente pescásemos en las mismas aguas. Tampoco deseaba quedar extenuado sin fuerzas para pescar al día siguiente. Cuando salí al lugar en donde había dejado el coche atravesado para impedir que algún otro coche se me acercase y me impidiese subir el kayak al costado del coche, me hallé con una roulote o caravana enorme pegada a mi coche. Le dije, después de preguntarle si hablaba español, que si no había intuido que mi coche estaba atravesado para impedir que otro se me acercase. Que tenía que subir un kayak y no me había dejado sitio. El pobre chaval de unos veintipocos años, se disculpó, como si él tuviese la culpa de algo. Yo mismo, al rato, me dí cuenta que me había excedido. ¿Quien podría prever que yo necesitaba un espacio junto al lateral de mi coche, cuando aquel puente de Semana Santa, había coches por todos lados y falta de aparcamientos?. Nadie, tal vez un imbécil podría prever tal circunstancia absurda. Pobrecillo, llevaban en la caravana niños pequeños de biberón, junto al abuelo y abuela. El abuelo conducía la caravana. Tal vez por mi actitud, tuvieron que salir del lugar cuando la noche se iba formando. De nada sirvió el que después les dijera que no se fueran, que aquel sitio era estupendo, iluminado y con compañía de otras caravanas. Pero tal vez la primera imagen de mi careto cuando vi aquella caravana tan cerca de mi coche impidiéndome subir el kayak, había dictado sentencia de ejecución. No sirvieron de nada mis disculpas, se marcharon a lo desconocido, con aquellos bebés, y entrando la noche, por carreteras no conocidas y llenas de tráfico de gente que en tres días quería recorrerse España entera, todo ello sólo para encontrar un lugar para pasar la noche. Una gran sensación de culpa, me inundó aquel día, primero por matar a un pequeño mero de solo dos kilos que me miraba a lo lejos en su cueva y me recibió poniéndome su mejor cara, mientras yo desagradecido le disparé a los ojos, luego por aquel mal recibimiento que le hice a aquella familia de la caravana con bebés que sólo pretendían pasar en un lugar tranquilo la noche. Para quitarme el sentido de culpa, pensé que aunque uno la vaya cagando allí por donde actua, no obstante existen circunstancias en la vida que solo el destino puede cambiar. No importa que uno la cague, o que ponga toda su buena intención en no cagarla, pues si las cosas deben finalizar de una forma, no hay circunstancia alguna que las modifique, por muy previsor que uno sea. Llevaba el traje de 7 mm del año anterior, tan comprimido que solo llevaba al cinto tres kilos de plomo. En el chaleco llevaba otro kilo y seiscientos gramos, en total cuatro kilos seiscientos gramos. Menos mal que el agua estaba en 17 grados, sino con aquel traje tan comprimido hubiese pasado mucho frío. Al final el mero de dos kilos lo regalaría a mi amiga, que esta Semana Santa se encontraba a 1.300 metros de altitud en su pueblo de interior alejado unos 300 kilómetros, junto a su familia, en manga corta disfrutando de estos días por el buen tiempo, mientras yo me encontraba buceando a 11 metros por debajo de la superficie y haciendo estragos en la fauna submarina, porque el instinto depredador no conoce del espíritu de San Antonio Abad, que tenía a todos los animales por hermanos. El depredador tiene a los animales un cariño mayor que el de San Antonio, pues su intención es hacerlos de su propia carne al comerlos y que no solo sean hermanos de sangre. Lo siento mucho por los compas de aperitivo de los viernes, a quienes tengo prometido un mero o un dentón grande, pero este mero no podría ser para ellos, pues no da la talla, ni para un aperitivo con mucha gente.
Desde siempre, el tiempo dedicado a la pesca submarina me ha parecido poco. Mas allá de un cabo, mas allá del minuto presente, siempre tengo la ilusión de encontrar algo imprevisto. Esas experiencias son las que me hacen conservar esta afición.
MI MUNDO SUBMARINO:
Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.
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Entendido y estoy de acuerdo.
viernes, 18 de abril de 2014
domingo, 13 de abril de 2014
Una sonda en el kayak. Tras de un kayak veloz con nuevo timón de madera
domingo, 16 de marzo de 2014
PLAGA DE MEDUSAS AVISPA DESPUÉS DE LA LLUVIA
La temperatura del agua aquel 15 de marzo de 2014 se encontraba entre 14 y 15 grados. Una pequeña mar de fondo de menos de metro rompía junto a los acantilados. Me puse el traje de 7 mm con peto, y además un chaleco de neopreno de manga corta que tengo en mi armario desde hace unos treinta años. Aquel día, pensé yo, el frío no iba a ser el obstáculo para permanecer dándole caña de la buena a las aletas durante al menos cinco horas, como había ocurrido en otros días anteriores, en que después de una hora de haberme metido al agua, me encontraba tan congelado que estaba deseando salir y ponerme en seco, como así venía haciendo. Eso había hecho que el colesterol me hubiese subido al homicida vértigo de 200 el LDL o colesterol malo, cuando el tope son 130 y a partir de este último existe riesgo de infarto. Mientras que a partir de 160 el infarto es casi seguro. Por eso puse toda mi voluntad en darle caña de la buena a las largas aletas de carbono durante el máximo de tiempo posible. Llevaba en el cinto cinco kilos y medio y en el chaleco 1,6 kilos. En total 7,100 kilos. No pasé frío, sino calor del bueno y agradable. ¿Como iba a pasar frío con una coraza de 13 mms. de neopreno en el pecho?. Llevando el pecho abrigado el calor en las extremidades estaba asegurado.
Pero nada mas entrar vi una gran cantidad de medusas por la playa. Saqué el pasamontañas antimedusas y me lo puse por encima de las gafas, metiendo el tubo para respirar por un orificio a medida. Ya podía haber medusas que ese gorro antimedusas me garatizaba poder salir al cabo de cinco horas sin una sola picadura, pues me aislaba por completo la parte de la cara que sin aquel quedaría al descubierto a merced de los venenosos y urticantes tentáculos de las medusas. Al principio cuando entré al agua estaba hecha chocolate, la visibilidad era nula al 100%. Otro obstáculo mas para impedirme bucear. Pero no, seguí avanzando y al bordear los acantilados del faro, la visibilidad era aceptable, se veía el fondo a unos 12 metros. No estaba mal, aquel día había eliminado varios obstáculos: el frío, las medusas, y la mala visibilidad. Elegí el lugar después de desechar dos lugares anteriores porque la resaca pegaba con fuertes olas. Allí en donde me metí, al abrigo de Cabo Negrete y de su esfinge de la bruja, el agua en superficie estaba bastante bien. Además no había corriente alguna. El anticiclón aquel día dejaba la mar sin corrientes. El problema era que con el gorro antimedusas no podía quitarme el tubo de la boca cuando me sumergía y así una cortina de burbujas de aire se desprendía del mismo mientras bajaba, y ello podría asustar a los peces. No bajé muchas veces, pues desde la superficie no se veía movimiento de pescado. Tal vez la luna llena hacía que el pescado de noche estuviese activo y de día descansaba escondido. Aún así vi una enorme dorada de unos seis kilos desde la superficie que no estaba encuevada. Bajé a por ella, pero el animal huyó y desapareció. Después vi un enorme mújol que siguió el mismo ejemplo de la dorada. La inteligencia animal sabe que el pescador submarino es un depredador insaciable y se pone a buen resguardo de aquel. Al final en una grieta pude capturar una brótola que fue mi comida aquel día. Cuando salí había hecho 5 kilómetros dándole caña sin parar a las aletas durante cuatro horas y media. Salí desde la playa del lastre y llegué hasta Cabo Negrete que se encuentra a dos kilómetros y medio. Aproximadamente un kilómetro a la hora de velocidad. Una gran diferencia con respecto al kayak, el cual en una hora puede desplazar al buceador una media de 5 o seis kilómetros.
domingo, 2 de febrero de 2014
El día del bogavante y las lubinas
Aquel primer sábado de febrero, me metí solo a bucear pues mi compañero de buceo se encontraba enfermo. El agua estaba en 13 grados. Llevaba el traje de 7 mm con pantalón de peto, no obstante hacía mucho frío. En el cinto llevaba 3,5 kilos de plomo y en el chaleco 1,6 kilos, en total 5,1 kilogramos. Solo estuve 4 horas buceando. El viento soplaba del suroeste, la mar estaba planchada, pero había olas de mar de fondo que rompían en la orilla, lo que dificultaba la entrada.
Desde la superficie localicé a aquellas lubinas que entraban y salían de las grietas rápidas. No sabía qué eran, si corvinas, dentones o lubinas. Estarían en celo, pues tenían pintas de colores sobre la piel y desde arriba se veían oscuras. Baje y clave una atravesándole las agallas. Mientras la colgaba del aro portapeces, las demás desaparecieron y ya no las ví, a pesar de que escudriñé bien todas las rocas próximas. En una de esas búsquedas bajo las rocas, divisé unas grandes pinzas al fondo de una cueva. Lo sabía, porque hacía unos veinte años me había encontrado algo similar. Aquello era un gran bogavante de unos tres kilos y mas de un metro de envergadura, con pinzas mas grandes que mi mano. Disparé un arpón apuntándole de refilón, y fallé el tiro. Después volví a fallar otro disparo y ya no lo volví a ver mas. El gran bogavante había aprendido que yo no tenía buenas intenciones respecto a su ser vivo. Estaba tan lejos allá al fondo que tal vez el arpón no había llegado a tocarle.
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