MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 14 de junio de 2015

UN PUERTO ROMANO SUMERGIDO EN LA MANGA DEL MAR MENOR
















miércoles, 10 de junio de 2015

LOS ROMANOS TAMBIEN VIVIAN EN LA MANGA DEL MAR MENOR















 
Las circunstancias y causas por las que suceden las cosas y los efectos que aquellas producen, en determinadas ocasiones se escapan a nuestro control y son fruto de la casualidad. Podría decirse que de la misma forma que la causalidad produce efectos, la casualidad también. La mayor parte de los descubrimientos en distintas ramas, se han encontrado gracias a la casualidad. Eso fue lo que me ocurrió aquel día 9 de junio de 2015.
La causa de todo fue el tiro con arco. Resulta que para sacar flechas clavadas en madera hay que realizar una tracción muy fuerte con el brazo. Hacía ya casi treinta años que tuve una dislocación del hombro, saliendo de su sitio la cabeza del húmero. Después de la correspondiente inmovilización y rehabilitación con pesas, todo el hombro quedó fortalecido y nunca mas volvió a salirse, a pesar del diagnostico médico que auguraba recidivas continuas, es decir, que el hombro se saldría tropecientas veces, salvo que se realizase una operación.
Eso de sacar las flechas bien clavadas, iba deteriorándome el hombro. Hasta que al cargar una bolsa con mucho peso noté que me dolía al levantarlo. Inmediatamente me lo inmovilicé. Y así, con el hombro inmovilizado no podía practicar la pesca submarina. Por eso me sumergí en la playa con unas gafas y un tuvo, sin aletas, escudriñando las rocas que había junto a la orilla a unos dos metros de profundidad. Allí, pegada a mis pies se hallaba aquella dorada de mas de un kilo. El animal sabía que no llevaba fusil ni aletas, o sea que se sentía confiada y tranquila. Yo alucinaba de ver la cara dura de la dorada que no me tenía miedo. Si hubiese llevado el fusil, el animal lo hubiese percibido y no se hubiese acercado. Mientras me fijaba en la dorada, descubrí algo parecido al cuello y el asa de un ánfora romana. Luego vi lo que podría ser una cuaderna de un barco o una colaña del tejado de una casa, o el dintel de una puerta. La madera era muy vieja, estaba negra, pero era resistente, no estaba podrida y además debió ser de calidad, pues los terodos, especie de gusanos marinos que perforan la madera,  apenas habían horadado su estructura. Recogí los objetos, pues de no haberlo hecho se hubiesen perdido o destrozado. Este año, las grandes borrascas habían levantado la arena de la orilla y habían dejado al descubierto aquellos restos. También unos días antes había recogido de aquel lugar una especie de vaso. Después de descubrir el trozo de ánfora y la madera, me fijé con mas detenimiento en aquella especie de vaso. Las características que afloraban, es que era un metal que no se oxidaba, lo que me hizo pensar que podría ser un vaso de oro, pues sólo tenía adherida una capa de arena fósil, mientras el metal, sea el que fuere, estaba intacto y era dorado,
Cuando llegué a casa, miré el lugar a vista de pájaro, mediante el google maps, y entonces vi algo que antes no había imaginado. Aquello eran restos de alguna edificación romana. Pudieran ser cimientos de casas, construidos con piedra de granito, o bien una calzada romana, o tal vez un puerto romano. Sea lo que fuere, al día siguiente llamé al Museo Nacional de Arqueología Subacuática . No estaba su director, pero me pasé por allí y dejé unas fotos y unos mapas con las coordenadas y mi teléfono para quedar un día y entregarle los objetos hallados. Tal vez los objetos en si, aunque fuesen de oro no tengan valor, pero estudiar los restos y documentar el hallazgo, podría aportar un grano de arena a la Historia, tal vez de donde estuvo la Atlántida, si es que aquella se encontraba en el Mar Menor de La Manga. Quien sabe....Tal vez el daño en el hombro producido por una flecha  bien clavada fuese la causa o la casualidad que dio origen al descubrimiento del lugar en donde se hallaba aquella ciudad milenaria que desapareció engullida por el mar: La Atlántida.

sábado, 6 de junio de 2015

El día de los tiburones

Aquel día 6 de junio de dos mil quince, me encontraba ya sentado en la playa colocándome las aletas para iniciar la jornada de buceo, cuando se acercó una moto acuática e indicó a los que allí estábamos, que el día anterior había visto unos trece tiburones de unos tres metros en una cala cercana. Y que al día siguiente había visto en otro lugar no más distante de 3 kilómetros, a dos tiburones de un metro de longitud dando vueltas alrededor de una boya en una playa.
Como los pescadores submarinos somos unos valientes, aquello no me hizo dudar en absoluto que debía  meterme a bucear aquel día.
El agua estaba en 22 grados, llevaba el traje sin peto de 7 mm, comprado el invierno pasado, y 6 kilos de plomo en el cinto. Mas bien tenía un poco de calor en la cabeza. El agua tranquila, con una visibilidad de unos 15 metros.
Casi todo el tiempo estuve pendiente del abismo azul, por si aparecía algún tiburón, pero no vi ninguno. Al salir, un conocido pescador submarino del poblado, me dijo que le habían pasado un video en el que se veía un enorme tiburón justo en la punta de La Azohía.
Mientras buceaba, pasó un kayak con un pescador submarino y me dijo que en Portmán se habían encontrado un tiburón enorme varado en la playa. http://www.laverdad.es/murcia/201506/06/tiburon-varado-portman-20150606003135-v.html

La jornada de pesca no fue muy buena. Entré al agua a las 15 horas y salí a las 21, por lo que estuve 6 horas en remojo.
La primera captura fue difícil. Estuve una hora hasta que aquel animal allá en el fondo de una grieta se dignó a ofrecerme sus ojos. La distancia era de unos cuatro metros. Por lo que cargué el fusil en la segunda muesca para tener mas potencia de tiro. Coloqué doble vuelta de hijo en el arpón, para que tuviese holgura y no frenase el arpón al disparar.
Pero el mero no me ofrecía sus ojos. Apenas, allá en el fondo, ocultándose en una piedra, me ofrecía una aleta delantera.
Tuve paciencia, hasta que vi sus ojos. Entonces con el fusil dentro de la grieta, calculé que el hilo no tropezase, que las gomas tampoco, que el fusil estaba alineando el arpón con el ojo del mero, y apreté el gatillo. Si no le daba al mero, podría enrocarse el arpón. Si le daba al mero pero no en el ojo, podría enrocarse el mero con el arpón y perdería arpón y mero. El tiro debería ser el de un arquero, en donde la diana es el ojo del mero a una distancia de 4 metros. Eché suertes y me la jugué a perder el arpón, o el arpón y el mero.
Pero la practica del tiro con arco me dieron la serena puntería de hacer blanco en el ojo del mero. El arpón le penetró por un ojo y le salió por el ano. Es decir, le entró por el ojo de la cabeza y le salió por el ojo del culo. Doble diana pensé. El mero atravesado de esta forma no opuso resistencia. Tiré del hilo del arpón y el mero venía detrás bien clavado. Lo malo era que a la distancia donde se encontraba el mero y en la grieta tan estrecha era imposible calcular el tamaño del animal. Solo pesó un kilo. Una pena, pues pensaba que superaba los dos kilos.
Después tuve la paciencia de esperar que unos espetones me dejaran acercarme sin  percibirme. Para ello me coloqué como una pluma llevada por la corriente en dirección a favor de los espetones. Y teniendo el sol a mi espalda. Poco a poco llegué a la red de la almadraba, en donde los espetones aguardaban a sus presas. El fusil estaba apuntando al delgado lomo del espetón. No apreté el gatillo hasta saber que le atravesaría. Otra vez la practica del tiro con arco me dieron ventajilla. El espetón fue ensartado del arpón sin pensarlo mucho. Luego atravesé a un salmonete. Esa fue toda la pesquera.
 









domingo, 17 de mayo de 2015

El puente de mandos del kayak







La idea fue madurando día tras día. Al final la puse en practica. Se trataba de incorporar una radio marina VHF, con tecnología bluetooth , para poder hablar por el teléfono móvil, sin tocarlo con las manos húmedas y que aquel estuviese protegido dentro del kayak en un compartimento estanco. Además, aunque sea en kayak la radio nos puede salvar la vida en el caso de una emergencia, y en la mar la única emergencia que no perdona es aquella que no ha sido prevista.
Para colocar la radio marina y el GPS, tuve que improvisar una pequeña consola, formada por una tabla con dos cuernos y unas mallas de fina cuerda,  que se adhería con un tornillo y una palometa a la tabla donde se encontraba colocada la sonda. El objetivo es que pudiesen ser visibles y manejables los tres instrumentos y que todos ellos estuviesen cerca del kayista para que las pequeñas letras, mapas, y siluetas del fondo submarino se pudiesen ver con suficiente claridad. E resultado del puente de mandos de mi kayak, resulta manifiestamente mejorable, o dicho en otros términos, estéticamente una chapuza, pero a mi me resulta practico y de la máxima utilidad.
Como en el kayak, todo se moja y tiene que ir amarrado, aún cuando los instrumentos tengan la cualidad de ser sumergibles durante media hora a un metro de profundidad, no obstante, el GPS, si no va cubierto con una funda de plástico estanca, puede estropearse. La sonda es mas resistente y solo lleva un cabezal de neopreno en la parte de proa donde rompe con la mar. En cuanto a  la radio opté por meterla en una bolsa de plástico.
Probé la radio llamando por teléfono a través del bluetooth. Lo conseguí, a pesar de que me costó un poco. Deberé leerme las instrucciones mas detenidamente y hacer mas practicas con ella.
Aquel día el agua estaba a 20 grados. El traje de 7 mm, sin peto con dos chalecos, no me hizo pasar calor, y la estancia dentro del agua era muy agradable. En el cinto llevaba 5,5 kilos de plomos.
Sólo, efectivamente buceando, estuve desde las 16 horas hasta las 19 horas. Era muy poco el tiempo empleado en bucear y el tripe de tiempo utilizado en preparar, recoger los equipos y el trayecto en coche. Había fondeado el kayak en una pequeña bahía llamada La Ventana por las gentes del lugar , en donde la pared del acantilado se parte dejando un hueco que entra en la tierra. Allí estaba al abrigo del viento de jaloque de fuerza 3. Pero lo que no había contado es que una corriente con mucha fuerza, me impidió salir de la pequeña bahía, pues cuando intentaba avanzar contra ella y superar el cabo, me era imposible avanzar por mucho que aletease. Por otro lado a favor de la corriente podría rebasar el cabo contrario, pero me hubiera resultado imposible volver otra vez hacía donde estaba el kayak fondeado, pues la corriente me lo hubiese impedido. Otra solución era haberme dejado llevar por la corriente con el kayak cogido de la mano, e ir fondeándolo en los lugares en donde hubiese el fondo adecuado para la pesca. Pero, se había hecho ya muy tarde, no se veía pescado alguno, y las secuelas del constipado seco que me erosionaba  la garganta, me hicieron desistir, y recoger el equipo, atarlo al kayak y volver. Tuve la imprudencia de echarme un chubasquero que no era impermeable, y los rociones del agua me helaban el tétano, a pesar de que la temperatura exterior no era inferior a los veintipocos grados. La próxima vez, no cometeré ese fallo, un chubasquero, o es impermeable, o no sirve para nada y menos en la mar.  Resulta que para remar en el kayak, hay que quitarse la chaqueta de neopreno que oprime las axilas y además produce fatiga por el calor que da. Sin chaqueta hay que ponerse un chubasquero, y un chubasquero de abrigo en invierno. Con eso, la navegación será agradable.

domingo, 26 de abril de 2015

La única vida que vio le quitó la suya






A una distancia separada de la costa un kilómetro, se hallaba aquella cadena de piedras formando un río cuyas orillas estaban bordeadas de posidonia. En aquel idílico paisaje submarino formado por grandes piedras con diversas oquedades por debajo formando cuevas, vivía feliz y contento aquel precioso mero. Podía ser considerado un mero feliz, afable y hospitalario, para cualquier visitante del lugar. Pero, a pesar de las apariencias, existía en aquel lugar algo extraño que el mero conocía. Por dicha circunstancia el mero era tan afable, amigable y hospitalario cuando recibía alguna visita. En aquel precioso lugar, no había mas ser vivo que él, el mero. Tal vez se sentía aburrido y deseaba compañía, aunque fuese humana. 
Ocurrió un día de esos que el maldito año de 2015 dejaba un hueco en las borrascas y tormentas habituales, que hacían maldecir a aquel sexagenario pescador submarino jubilado, porque en todos los cuatro meses transcurridos no había disparado ni un tiro, y tan solo había podido bucear cinco días, debido al estado de la mala mar. Aquel día después de hacer cuarenta kilómetros pensando entrar con el kayak por una playa en donde en google había descubierto lo que podría ser una bomba, de la Guerra Civil española, sumergida, tuvo que abortar pues la playa salvaje estaba llena de fango y algas muertas y era imposible botar el kayak por allí sin hundirse hasta la cintura. Por eso volvió a otra playa Lo Pagan, Pero allí se dio cuenta que aquello era Mar Menor, por eso buscó a la desesperada un sitio para botar el kayak y practicar la pesca submarina. Al final lo encontró, era ya tarde, las 14 horas, por lo que entró a bucear a las 16 horas,  después de preparar y botar el kayak y colocarse todo el equipo. Una vez sobre el kayak se dio cuenta que no podría alcanzar los cuatro kilómetros y medio que le separaban del lugar en donde se hallaba la supuesta bomba. Así que se dispuso a seguir los woypoint de su GPS, cotejándolos con la información casi fotográfica de su sonda, regalo de sus compañeros por su jubilación. Avanzó dos kilómetros y medio hasta llegar a una profundidad de unos doce metros, pero el fuerte viento le hizo desistir de amarrar el kayak a tan distante separación de la costa. Por eso regresó al waypoint número 72, que deberían  ser piedras según las cartas náuticas,  y descubrió que la sonda le marcaba una zona de piedras muy buena. Echó el ancla, se colocó la chaqueta, aletas y gafas y se sumergió, colocándose ya en el agua los plomos. Había mucha corriente producida por el fuerte viento de fuerza tres y casi cuatro de beafour. Le costaba aletear y se cansaba bajando por la fuerte corriente. El fondo era de unos diez metros y estaba alejado de la playa un kilómetro. Nada mas meter la cabeza bajo el agua se dio cuenta que había encontrado un lugar paradisiaco lleno de grandes rocas bordeadas de posidonia. Formaban como una cordillera y estaban huecas por abajo. En la primera inmersión vio que un gran pez venía hacía él bajo una enorme roca, venía amigable, dándole la bienvenida. No le disparó, quería estar seguro del tamaño, parecía grande y era un mero. Se ventiló y bajó por segunda vez, esta vez no le vio. Volvió a bajar una tercera vez y el mero vino otra vez confiado a darle sus mejores señales de hospitalidad. No tuvo dificultad, aunque el mero se encontraba a unos dos metros de distancia del arpón, el dedo apretó el gatillo y el tiro fue certero directamente entre los ojos del mero. Lo sacó sin dificultad, pero una vez que hubo ascendido con el mero a la superficie se dio cuenta que mediría algo mas de dos palmos, no era un mero grande, por lo que se sintió como un criminal después de matar a una criatura indefensa. Olvidó sus negativos pensamientos, creyendo que aquella zona estaría llena de otros meros y tal vez de mucho mayor tamaño. Continuó buceando durante tres horas mas. Hizo cuarenta inmersiones, pero se dio cuenta que bajo aquellas rocas que parecían un paraíso para la pesca submarina, no había mas peces que aquel pobre mero. Por lo que antes de que se pusiera el sol, colgó los fusiles, colocó el equipo amarrado al kayak y se dispuso a volver al punto de partida. En esos momentos la mar se había quedado buena tranquila, ahora que tenía que salir, pero daba igual, allí no había vida.
Ocurrió algo de lo que no había previsto, a pesar de ser previsor. No sabía el lugar desde el que había partido y donde había dejado el coche. Pronto se pondría el sol y si no lo encontraba andaría errante por la costa buscando su lugar. El track del GPS, no lo tenía guardado, lo único  que tenía era que había recorrido unos dos kilómetros y medio. Pero se había adentrado casí dos kilómetros en la mar buscando en doce metros lugares. Así que calculó que no podría estar mas de un kilómetro separado del lugar de donde había partido. Optó para mas seguridad en acercarse a la costa, para intentar ver el coche aparcado, a pesar de que cerca de la costa había arrecifes fuera y bajo el agua. No importaba la sonda le facilitaba el fondo.
Tuvo suerte, cuando ya estaba mas cerca de la costa se dio cuenta que se encontraba justo donde había aparcado el coche, por lo que el final fue feliz, con la única desdicha de haber matado al único animal vivo del lugar. Esto último no se lo perdonaba.
El agua estaba en 16 grados. Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin  peto, con dos chalecos, y 6,5 kilogramos de lastre en el cinto. No hacía frío a pesar del fuerte viento incomprensiblemente  helado del sur.