MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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viernes, 5 de febrero de 2016

El navío que me alejó de la mar











Aquel día pasé por la puerta de la tienda de artículos de pesca submarina y  no entré a comprar nada. Me limité a recoger unos cartones de envolver artículos de pesca, que acababan de dejar en la puerta. Había recibido el encargo de mi amiga de construirle un barco de cartón. El itinerario para la travesía de fabricar un barco  maqueta con cartón me llevó 14 días, dedicándole en ocasiones once horas al día. Una noche, después de acabar cansado, me preguntaba,  si merecía la pena acostarse a las cuatro de la madrugada, pegando cartones para dar forma a un navío de 28 cañones. Pero la decisión la tomé el día que recogí aquellos cartones. Después de casi diez días perdidos, dejando abandonada la pesca submarina, los deberes de la casa, y toda la vida diaria, no cabía volverse atrás, o por contra todo el tiempo empleado y la salud perdida, hubiese sido en balde. Trabajaba contra reloj, pues el barco había de estar terminado para la fiesta del cole de carnaval, en donde mi pequeña y chapucera obra sería arrastrada por las calles próximas al colegio, por unos marineros de seis años.
Aquello, de construir barcos en maqueta me gustaba, si quitaba  la tensión que  me estaba matando por la falta de ejercicio y el abandono de todo  en  casi medio mes, respecto de  las obligaciones diarias. La única obligación que me había propuesto era no hacer nada hasta no acabar aquel navío. Pensaba que si en vez de cartón fuese madera, la obra sería perfecta y mas fácil de moldear. Pero también pensé que al hacer la maqueta primero en cartón, eso me daría mayor experiencia,  para dentro de equis años hacer otra maqueta que tenía en mente, pero esta vez en  madera, y con la mayor precisión posible en la escala de medidas. Tal vez algún día haga el navío Víctory, aquel buque insignia de Nelson, en donde fue herido de muerte en la batalla de Trafalgar, por una bala disparada desde un  navío español. La simiente había sido sembrada, mis hijas me regalaron, hace unos años, los planos del navío  Víctory, pero aún no había comenzado,  ni siquiera,  a mirar aquellos planos, pues me había propuesto en mi jubilación, que primero tenía que hacer mucho ejercicio hasta hartarme  y recuperar la salud,  antes de  hacer trabajos de mayor dedicación en cuanto a  empleo de tiempo y sedentarismo.
Pero la labor de acabar la maqueta encargada por mi amiga, se me estaba ya empalagando. La última efeméride fue que, como no cabía en el ascensor, tuve que bajar con aquel barco ya terminado por las escaleras desde una altura de doce pisos, cargado de material y de bolsas, además de con el dichoso barco. Me fui a entregarlo estresado, porque veía que llegaba tarde. Pero cumplí mi promesa y el barco salió en el desfile de carnaval de aquel colegio, por la calle,  tirado por unos marineros de tan solo seis años, que tenían toda la vida por delante para embarcarse en aventuras marinas. Objetivo cumplido,  a costa de un poco de salud. La hipertensión me estaba matando. Pero tal vez había merecido la pena acabar el barco.
Ahora lejos de la obra, terminada y entregada, volveré a recuperar mi vida normal. Empezaré buceando, porque después de dos semanas en el dique seco, debería ponerme las pilas y recuperar el tiempo perdido alejado de la mar, mientras construía aquel navío de 28 cañones, al que bauticé como Nuestra Señora de los Ángeles.  

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Una chaqueta caliente, a medida, para Borriquete, porque para un traje no da el mojar la oreja





Aquel día, mi gran amigo el sabio Borriquete, no se iba a meter a bucear, pues pensaba ir a San Pedro a comprar una chaqueta calentita, porque es muy friolero. Esta es mi oportunidad, pensé, para mojar la oreja a Borriquete.
El agua estaba planchada. La temperatura continuaba en 17 grados. Chaqueta de 7 mm del año anterior. Dos chalecos de 3 mm ya gastados. Pantalón de 5 mm de este año. Cinco kilos y medio en el cinto de lastre. Entré al agua a las 13,30 y salí a las 17, 45 horas.
Empecé a ver corvinas grandes desde la superficie. Clavé tres que pesaban entre 1,200 y 900 gramos. Después vi un mero cuando estando abajo miraba una piedra en una profundidad de 12 metros. Estaba fuera de otra piedra próxima. Se escondió. Tuve que bajar muchas veces en una hora, para darme cuenta que estaba escondido e un lugar en forma de L, en donde solo veía la cola, pero no la cabeza. No podía dispararle de esa manera. Bajé muchas veces. El tiempo pasaba y no veía por donde dispararle. Bajé por última vez por el único lugar en donde no había bajado, pensando que no habría grieta alguna por la que ver al mero. Pero me había equivocado. Había una fina grieta, en donde primero se veía la cola, después el cuerpo y por último las aletas junto a la cabeza. Disparé rápidamente, sin pensarlo un poco mas arriba de la aleta, pensando que daría cerca de la cabeza. Después cogí un segundo fusil y disparé un poco mas arriba del primer disparo. El mero no se movía. Coloqué los boyarines sacameros en ambos fusiles, para que ejercieran tracción hacia arriba. Pero luego quité los boyarines, pues ejercían mucha tracción y me era imposible tirar de los arpones doblados por la fuerza elevadora de los boyarines flotantes a media agua. Cogí el gancho saca arpones y sacameros que me hizo mi amigo el sabio Borriquete, hará ya unos treinta años. Al ser de mas grosor que los arpones, intenté hacer tracción. Pero así estuve bajando e intentándolo durante una hora mas. Eran las 17 15 horas. El sol se iba a poner en quince minutos. Estaba desesperado, pues el mero no había quien lo sacase. Me di cuenta que tenía la boca abierta y ello impedía que saliese por el agujero de la grieta mas chico que la boca. Veía que el sol se ponía y perdía los dos arpones bien clavados y el mero ya muerto. Pero en uno de esos momentos de lucidez en la soledad de la mar, tuve la intuición que, tal vez si movía del fondo una roca grande, dejaría la grieta mas ancha y el mero podría salir. Imaginaba que en el agua el peso de una roca es la mitad que en la tierra. Así que me puse a mover la roca antes de ascender. Por fin lo conseguí, la roca la arranqué de su lugar y dejó la grieta abierta para poder sacar al mero. Subí a la superficie a respirar,  y al bajar por última vez, el mero salió perfectamente por el hueco que había dejado la roca.
Tenía el pobre animal los ojos desorbitados. El primer disparo le atravesó de ojo a ojo. El segundo le atravesó el morro por su parte superior de parte a parte. Por eso la boca la tenía abierta.
Una vez en superficie, le colgué del aro portapeces y le clavé el cuchillo daga entre la parte superior de los ojos, para atravesarle el cerebro y matarle totalmente, para que no sufriera mas.
No había tiempo que perder. En diez minutos dándole caña a las aletas alcancé la playa. El sol se estaba ocultando. Eran las 17, 45 horas. El mero solo pesaba dos kilos y trescientos gramos.
Inmediatamente le envié la foto al Sabio Borriquete, con el título chaqueta calentita para Borriquete.
Moraleja:  Si la mar esta hoy buena, Borriquete, no vayas a la tienda de San Pedro,   a comprar una chaqueta de neopreno caliente y metete en la mar a coger la cena, para que nadie te pueda, en un  brete, mojar la oreja . 

martes, 1 de diciembre de 2015

El día del pisete aflojado


 
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 18 horas. Cuatro horas de recuperación después de la intervención quirúrgica. El pisete aquel día no lo apreté como el día anterior, por lo que pequé de que se podría aflojar y salir del pito. Aguantó como pudo la cosa sin salirse y el pis fue evacuado fuera del traje. El agua estaba también en 17 grados, llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, un par de chalecos de menos de 3 mm y un pantalón de estreno de 5 mm., sin peto. En el cinto llevaba seis kilos y medio de plomos. No pasé frio, e iba bien lastrado.
Aquel día no se veían piezas respetables para dispararles. Solo había bancos de pescados chicos. Señalaban que el agua comenzaba a enfriarse. Solo divisé un salmonete al que asesté un arponazo en la cabeza. Pero como los salmonetes suelen olvidar que están muertos, aquel consiguió caer dentro de una grieta, de la que no pude sacarlo, a pesar de que le tocaba con la punta de los dedos de la mano. Pesaría 300 gramos el salmoneitor, pero allí se quedó, para la cena de otros peces, vacas, dentones, etc., quienes me pidieron con sus pequeños ojos, que se lo dejase para comer ellos, me querrían decir algo así como que, yo con 300 gramos de salmonete no iba ni a comer, pero ellos se lo iban a repartir e iban a comer para siete días. Así que, comprendí que aquel salmonete no iba a ser para mi, sino para aquellos pequeños peces hambrientos.
Ya de vuelta, cuando el sol amenazaba con ocultarse, divisé un  mero desde la superficie. Me miró desde abajo y en dos segundos desapareció bajo una cueva. Envió a su pareja, un mero chico, para que vigilase por los alrededores y para indicarle cuando me había marchado. Yo no hice caso al mero chico, pero estuve buscando al grande. Me costó dar con él. Pero, a duras penas, allá en el fondo de una cueva, le vi alumbrándome con el foco de la linterna, apenas asomaba la punta del hocico. Bajé otra vez, alineé el arpón en dirección a su ojo lejano. Apreté el gatillo y el mero cayó fulminado atravesado por encima del ojo un par de milímetros. Justo le atravesé el cerebro, por lo que quedó muerto en el acto. Después de sacarlo de la grieta sin dificultad, me di cuenta que no era muy grande. Pero ya estaba muerto, no podía devolverlo a la mar, para que otros peces se lo comiesen, si yo también tenía que comer. El mero pesó un kilo doscientos en la báscula, después de haberle sacado de la boca una sepia que no pudo vomitar por haber fallecido inmediatamente, ipso facto.
No tardé tiempo en enviarle la foto a mi amigo el sabio Borriquete para que se afilara los colmillos. Pero él a cambio me envió la foto de su gran pesquera de aquel día. El mero mío quedo mas pequeño todavía, comparada con aquella cuantiosa y cualitativa pesquera de Borriquete. Dicen que a la tercera va la vencida. Espero que el tercer día le moje la oreja a base de bien a Borriquete.

domingo, 29 de noviembre de 2015

El mero del día del pisete apretado





Llevaba ya dos meses en el dique seco. Una intervención quirúrgica me obligó a perderme los dos mejores meses del año para la pesca submarina, octubre y noviembre. Mi amigo el Sabio Borriquete, me hacía recuperarme rápido, cuando cada día me enviaba las grandes pesqueras que sacaba. Yo se lo agradecía mucho, porque incentivaba mi rápida recuperación, para un día llegar a mojarle la oreja. Pero me había puesto el listón muy alto. No obstante, yo no confiaba mucho en el resultado de la operación quirúrgica, pero si en mi tozudez para mojarle la oreja, antes o después a Borriquete.
Aquel día, entré al agua a las 15,30 horas y salí a las 17,30 horas. Sólo dos horas buceando. La causa era que, después de estar dos meses sin bucear, todo el equipo estaba sin estar a punto. Las boyas sin inflar. Los infladores perdidos. Tropecientos viajes de ascensor para bajar y preparar todo el equipo dentro del coche. Luego, que si aquí en este lugar no se puede bucear porque pega el oleaje de mar de fondo mucho. Cambio de lugar y empiezan las dudas. La mar no me es gratificante. Está jodida a rabiar. Pero, yo estoy rabiando por meterme para comprobar que la recuperación ha sido la adecuada y que puedo pescar.
Al final me metí. No pasé frio. El agua estaba en 17 grados. En el cinto cinco kilos y medio de plomos. Llevaba la chaqueta de 7 mm., comprada el año anterior. Dos chalecos de 3 mm, ya gastados. Un pantalón de 7 mm, que ahora tendría menos de 4 mm., al que había hecho un agujero hermético para meter el tubito del pisete,  recientemente fabricado por mi. Le metí alrededor del pisete dos tiras de welcro de doble cara bien apretadas. Además de una cinta de malla autoadhesiva. Tanto las apreté que tenía que hacer pis a trompicones. No había calculado que al hacer pis, el diámetro del pito aumenta. No obstante, pude desenvolverme bien. Con mucha cautela para no joderme la cicatriz interna de la intervención quirúrgica. Este día había marcado un hito. Era la primera vez en mis 33 años de pescador submarino,  en que, gracias al pisete, no hice pis dentro del traje. El pis salía por el tubito del pisete fuera del traje. Estaba alucinando. El olor del traje y del cuerpo, después de la jornada de pesca, ya no era de pis o amoniaco, sino a gel de ducha. El mismo gel con el que se riega el traje por dentro antes de ponérselo para que resbale el neopreno microporoso interior.
Vi un mero, pero después de bajar varias veces por la zona en donde se podría haber escondido, no logré encontrarlo.
Después vi otro, acompañado de un   mero mas chico. Me dio un poco de pena matar al grande y dejar al pequeño sin pareja o huérfano. Pero, pensé que Borriquete no hubiese reparado en tales detalles. Así que bajé y el mero estaba allí a lo lejos de la cueva. Le apunté a un ojo y disparé. El animal fue atravesado desde el ojo hasta la cola. Tuve que apretar el arpón, una vez soltado el hilo, para sacarlo por la cola y de esa forma poder sacar el arpón con el hilo de la manera mas sencilla. El mero pesó un kilo y 900 gramos. Pensaba que pesaría mas de dos kilos. Pero la falta de habitualidad en este deporte, me hizo sobrevalorar el peso del animal. No importa, a Borriquete le iba a dar un pequeño disgusto de aperitivo. La comida y la cena vendrán en días posteriores. Hoy ya me consideraba agraciado, pues había cubierto tres objetivos, hacer deporte, comprobar que la recuperación había sido la correcta, y coger un mero. Todo ello en tan solo dos horas, cuando lo normal es que nunca esté en el agua menos de cinco horas.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El mújol borracho

Las heridas del roce de las aletas en los tobillos, aún no se habían curado. No obstante me metí aquel día a bucear poniéndome en contacto con la piel unos escarpines en los que el interior era neopreno microporoso. Así evitaba el roce, ya que el neopreno tendía a pegarse a la piel y no produciría mayor rozadura en las heridas. 
Bajé aquel día unas 90 veces, a aquella barra de piedras cubierta de posidonia. No se veía nada de movimiento. Divisé al final de la barra una embarcación neumática. Había dos pescadores submarinos en el agua. Habían cogido unos dos mújoles de esos grandotes, bajo las rocas. Yo aún no había visto ninguno. Tan solo había cogido dos salmonetes y dos corvinas, una de ellas de arena.
Cambié de barra y me dirigí a la que estaba a menor profundidad. Inicié el retorno y cuando llevaba poco tiempo, vi un gran pez que subía a la superficie desde el fondo. Trazaba círculos mas o menos grandes, mientras ascendía hasta quedarse a un metro de la superficie. Era enorme. Pero mi instinto me decía que aquel pez, que parecía estar borracho, no lo estaría tanto como para dejarme acercarme a él y dispararle. Poco a poco me fui acercando, mientras el pez ascendía. Esperé a que diera una vuelta en dirección a donde me encontraba y me mostrase su perfil. Sucedió tal como esperaba, el mújol en su última vuelta me ofreció un perfil enorme, blanco. Apunté y disparé. El arpón lo atravesó. Pero el mosquetón con el que estaba sujeto el arpón a la cuerda del carrete, y que era de acero inoxidable, se me rompió. Tal vez por el peso del animal. No obstante le eché mano antes de que se saliese de la cuerda y conseguí rematar al pez, dándole un tajo con mi daga en la cabeza. La abundante sangre roja comenzó a brotar de la boca del pez que falleció.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20 horas. Había estado unas 6 horas buceando. El agua había bajado un grado, estaba en 24 grados. Llevaba unos pantalones de camuflaje de 3 mm, ya gastados. Y la chaqueta nueva de 5 mm. En el cinto llevaba 3,5 kgs. de plomo. El agua estaba muy turbia. Pegaba el viento del suroeste de fuerza 4 y había una gran corriente.
Cuando salí me encontré a una familia a la que días antes había regalado un pobre pesquera, que venían a entregarme un obsequio. Es una botella de vino, me dijeron. Aquello me pareció una desproporción, por una miserable pesquera que no tenía valor alguno para mi, y que les regalé desinteresadamente, ellos me regalaban una botella de un buen Rioja de crianza. Acepté aquel obsequio por no despreciar la ilusión de aquella familia. Y al decirme que iban a hacer un caldero con el pescado que les había dado, les ofrecí el mújol borracho para que lo sirvieran como pescado de reserva en el caldero.
El instinto me hizo ver que aquel mújol estaba borracho para dejarse cazar a media agua. Por eso, tal vez, se convirtió en una botella de buen Rioja. La gratitud me hizo regalarlo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Regalos que da la mar



El mes de septiembre había superado su ecuador y yo llevaba ya 8 días buceando durante jornadas de mas de cinco horas. Bajaba a escudriñar las cuevas formadas por las rocas del fondo mas de 100 veces. Casi todas estaban desiertas. Únicamente al atardecer, ya de recogida, cuando el sol estaba a punto de caer sobre el horizonte, es cuando se veía movimiento de peces. Unos, los sargos que volvían buscando sus cuevas para pasar la noche, otros, los meros que, aprovechándose de la nocturnidad, salían de sus oscuras e intrincadas madrigueras, para cazar. Hacía tiempo que no veía un mero de tamaño considerable fuera de su cueva. Pero no duró mucho la instantánea, porque el mero despareció. Estuve mirando por todos lados, en todos los recovecos de las piedras, en las proximidades de donde lo había visto desaparecer. Pero era en vano, las madrigueras tan intrincadas hacían imposible ver a un mero bien escondido. Fue la última vez que lo intenté, bajé a una piedra próxima de aquel lugar y le vi. El animal me miraba de frente, pero rápidamente trataba de desaparecer mostrándome su perfil. El pensamiento me hizo direccionar el fusil y apuntar al mero a la cabeza antes de que desapareciera. El arpón salió certero y atravesó al mero. El problema es que al no haberle dado de frente, el mero tendía a enrocarse. Eran ya las veinte horas, el sol estaba próximo a ocultarse y yo allí con un mero enrocado. Menos mal que llevaba tantas herramientas, inservibles todas ellas la mayor parte de los días, pero que en estas ocasiones salvan al mero de morir clavado, salvan el arpón que se recupera y salvan al pescador de salir con una miserable pesquera colgada del aro. Viendo que no me quedaba mucho tiempo y deduciendo que el mero estaba bien atravesado por el morro, en su parte dura, le coloqué al fusil los boyarines flotantes, metidos a media agua, para que tensasen el arpón y el mero no pudiera esconderse por la fuerza de tracción de los boyarines. Bajé con la linterna e intenté tirar del arpón para desenrocar al mero, pero vi que el arpón se doblaba sin conseguir el desenroque del animal. Entonces, utilicé otra herramienta que llevo siempre, y cuyo fabricante fue mi amigo Borriquete. Se trataba del gancho saca arpones y saca meros, que medía mas de un metro y tenía un grosor de unos 8 mm, superior al que tenía el arpón de tan solo 6,5 mm. Sujeté el arpón en la parte en que estaba clavado el mero con el gancho saca arpones, y colocando esta herramienta pegada al arpón, conseguí que este no se doblase mientras hacía palanca para desenrocar al mero. Pude extraerlo de esta forma, mientras el sol caía. Había evitado perder tiempo y había conseguido sacar al mero, que pesó dos kilos.
El agua seguía en 25 grados. Un fuerte viento del suroeste de fuerza 4 y 5, con rachas de 6, en la escala de Beafour,  barría las costas. Me encontraba a resguardo del viento, no mas alejado de la playa que 700 metros,  pero no obstante,  las olas de superficie me salpicaban continuamente.
Hacía poco tiempo había fallado dos mújoles de dos kilos aproximadamente, bajo una cueva. Cometí la imprudencia de esperar a que los dos estuviesen a tiro, para hacer un doblete. Es decir clavar los dos a la vez. Pero la avaricia quita precisión a los disparos y fallé los dos  mújoles que desaparecieron. En otra ocasión si que hice un doblete, ese mismo día, al disparar sobre una corvina de arena o verrugato, clavando a la vez a un sargo.
Cuando salí a la playa, era tan tarde, que mientras limpiaba el pescado dentro del agua anocheció. Había entrado al agua a las 13,30 horas y había salido a las 20,30 horas. La jornada de 7 horas, junto a las anteriores jornadas me había destrozado los tobillos por el roce de las aletas, pese a llevar dos escarpines en cada pie. Tocaba ya descansar.
 

martes, 15 de septiembre de 2015

Septiembre, como todos los años, trajo la mar en calma


Este año, esperaba a septiembre como ningún otro año. El hecho de no haberme podido meter a bucear prácticamente en los ocho meses transcurridos, me hacía pensar en una venganza cuando la mar se pusiera buena y se hubieran ido los numerosos veraneantes que, durante julio y agosto, me habían impedido sacar el coche, y por ello irme de pesca submarina. La mala mar todo el año, había dejado en septiembre un lapsus. Por eso llevaba ya este mes mas días de buceo que en todo el año. Los últimos seis días, había estado buceando. Poca pesca, pero poco a poco, todo llega, incluso la pesca. Por fin pude comer dos lechas asadas al microondas y acompañadas de una salsa de tomate frito , ajo y perejil,  machacados en el mortero, aceite, limón y pimentón de la Vera.
El agua seguía en 25 grados. El atuendo y el lastre, como el día anterior. Era relajante sentir el agua en las piernas, mientras se buceaba. La fluidez de los desplazamientos, hacía que, a pesar de las heridas del roce de las aletas en los tobillos, todo fuese de maravilla.
Esperaba con tanta ansia este mes de septiembre, que mi venganza estaba poniéndola en practica. Me metería a bucear, si las circunstancias no me lo impedían, todos los días del mes.