MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

viernes, 19 de agosto de 2016

Primer salmonete agosto 2016




 
 
 
El agua estaba en 26 grados. Llevaba en el cinto 2,5 kilos de plomo, e iba sobrelastrado.  Al final me quité el medio kilo de mas y me quedé con 2 kilos. Llevaba la chaqueta de 3  mm, que ya tenía muchos años, el chaleco de 3 mm y unas bermudas de neopreno. No tuve frio.
Los barcos y motos acuáticas, hacían su juego de asesinos, alrededor de mi visible boya. Me prometí no gritar para no cansarme mas, pues la fuerte corriente me estaba extenuando. Tan solo me limité a grabar sus asesinos movimientos hechos a conciencia, con mi cámara submarina encontrada mientras buceaba. Eran, además de unos asesinos, unos descerebrados. Cuanto mas grababa mas se acercaban a mi boya.
Estaba en baja forma, después de no haber buceado en dos meses casi. Solo bajé en 6 horas 44 veces.
Fallé varios salmonetes. Pero cogí, no obstante cuatro. Una corvina también fue pasto del arpón casi infalible. Incluso, un salmonete al que le disparé en la cabeza, seguía vivo, pero dando vueltas y nadaba para alejarse de mi. No obstante, el arpón fue tan certero, que adivinó la trayectoria de las vueltas y de un certero disparo atravesó la pequeña cabeza de aquel salmonete loco.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20. No estaba mal para estar en baja forma y nadando contra una fuerte corriente. La mar estaba casi planchada. Una pequeña brisa de sureste y la fuerte corriente eran los únicos obstáculos a vencer. También la falta de practica de puntería. Pero al final pude comer dos salmonetes, uno de los cuales peso 300 gramos.

miércoles, 13 de julio de 2016

EL VELERO ASESINO GRIZÓN



 
El día anterior, la bola amarilla no me había traído suerte. Pero la necesitaba. Era conveniente ir bien señalizado en la mar, para evitar que los barcos y motos acuáticas puedan matar a un buceador submarino.
Aquel día, entré a la mar con un fuerte dolor de estómago y con angustia. La mar estaba no muy buena, turbia y con oleaje de mar de fondo y viento del sur de fuerza 3 de beafour, con una fuerte corriente que a la ida llevaba en contra y que me cansaba mucho. Pero la mar hace milagros y nada mas entrar al agua, la angustia desapareció. Estuve otras 6 horas buceando, pero al contrario del día anterior que bajé 111 veces, esta vez solo lo hice unas 60 veces, No se veía pescado y las rocas estaban desiertas. Al salir y poner pie en tierra, otra vez el estómago empezó a dolerme.
Al poco de entrar al agua, cuando emergía del fondo, vi venir en dirección hacía mis boyas, perfectamente señalizadas, un velero con el motor y las velas plegadas. Navegaba contra el viento.  Comencé a gritarle,  con las manos haciendo bocina para que el eco de mis gritos los oyera mejor: CAMBIA EL RUMBO, CAMBIA EL RUMBO, CAMBIA EL RUMBO. Pero, aquel velero asesino, continuaba a escasos 10 metros en dirección a mi boya. Iban dos personas en el barco, un hombre y una mujer. Llevaban los cascos puestos y no podían oir mis gritos. Tampoco miraban para delante del barco. El barco mal guiado por unos patrones negligentes, era un auténtico asesino, iba a por mi. No me daba tiempo a alejarme, solo a gritar: CAMBIA EL RUMBO, H. D. P., CAMBIA EL RUMBO, H.D.P.  Nunca había gritado tan fuerte y tantas veces en tan escasos segundos. Tardé casi una hora en recobrar la frecuencia cardiaca cuando todo pasó.
Cuando faltaban menos de dos metros, viró. Esta vez las siglas, asesino, H.D.P. atravesaron los auriculares de sus sordos oídos, y penetraron en el cerebro de unos seres despreciables, que despreciaban la vida ajena, manejando negligentemente, porque no quiero pensar que fuese a sabiendas, un barco asesino de seres indefensos en medio de la mar y a tan solo 300 metros de la costa repleta de bañistas. El velero, no se detuvo para pedir disculpas, como un verdadero H.D.P., comenzó a insultarme. Claro, pensé, además de un integral H.D.P., era un ciego, un sordo y un necio. Porque a nadie se le ocurre asesinar a alguien dejando su firma. Quedó grabado en mi memoria el nombre de aquel barco asesino, GRIZÓN patroneado por un auténtico H.D.P. que se merecía que un juez le quitase el título de patrón y le embargase el velero, antes de que asesine a alguien en la mar. Tan solo como medida preventiva. Porque, cárcel, y todo lo demás, eso ya no salvaría vidas.
Al cabo de dos horas, me encontré una boya roja naranja brillante, y el buceador que la llevaba, me dijo que a él también le había ocurrido lo mismo que a mi, con aquel velero. Le dije que teníamos que denunciarlo, porque si alguien no le paraba los pies, algún día mataría a alguien y continuaría su camino sembrando la muerte, con los ojos tapados y los oídos también, negligentemente, de manera homicida, porque no quiero pensar que sea de manera premeditada y con alevosía. Poco importa, si la vida de las personas las pone en peligro. Porque un barco y una navegación, no valen la vida de una persona.
Le dije a aquel submarinista, que íbamos a quedar un día para ponerle una denuncia, en cuanto me enterase de la matricula del barco.  Que la Guardía Civil, investigue, además si tiene todos los papeles en regla, o  si, quien conducía el velero era un indocumentado.
Cuando llegué a casa, busqué en google, el nombre del barco. Allí estaba, en diciembre de 2015,  el GRIZÓN, había quedado primero en la segunda vuelta de la regata Carabela de Plata, celebrada en aguas del Mar Menor. Tal vez, por eso, porque quien patroneaba el barco aquel fatídico día 12 de julio de 2016,  a las 17 horas, además de un H. D. P., un negligente homicida frustrado, y un descerebrado, ciego y sordo con cascos, además fuese un hábil navegante. Ese viraje de timón in extremis de acabar con mi vida, solo podía hacerlo una persona hábil con aquel, pero nunca sería un buen navegante.

martes, 12 de julio de 2016

LA BOLA AMARILLA NO ME DIO SUERTE





Después de casi un mes sin haber podido bucear por el mal estado de la mar, azotada por los fuertes vientos de  levante, aquel día entré al agua incorporando al equipo una bola flotante amarilla,  que el temporal un día arrojó a la arena. Andaba yo intentando comprar una bola no hinchable, que no sufriera deformación al sumergirla a cierta profundidad, apta para sacar meros, que también me sirviera para mayor visibilidad respecto a los barcos y motos acuáticas, así como para llevar los fusiles hidrodinámicamente horizontales.
Entré al agua a las 15 horas y salí a las 21. El agua estaba en 26 grados. Me puse la chaqueta de 5 mm y el pantalón de 3 mm, sin peto. En el cinto llevaba 3 kilos de plomo. Al principio la capucha de la chaqueta me daba calor, por lo que tenía que meterle agua continuamente.
Bajé 111 veces, según marcaba el reloj submarino,  a mirar las piedras en una profundidad de unos 7 a 8 metros. No se veía nada mas que,  algunos meros de aproximadamente un kilo, a los que no quise disparar, pues me parecieron muy pequeños y estaban en parejas, posiblemente prepararan el apareamiento para el otoño próximo. El agua estaba turbia, como consecuencia de los temporales de días anteriores. Un mar de fondo de fuerza 2 de Beafour, del sureste, producía una corriente que tuve que sortear en contra, para que, cuando volviese cansado, me fuese a favor.
Después de haber bajado casi cien veces, clavé un salmonete que se debatió en el sedal del arpón, al final escapó con las tripas colgando, intenté rematarlo en dos ocasiones, pero,  aún estando sirviendo de alimento de pequeñas doncellas, vaquillas y otros peces que le iban mordiendo los intestinos, no obstante, el salmonete no me dejó llevarlo a mi estómago aquella noche. Después, casi al final de la jornada divisé una corvina grande que se ocultaba veloz, pero fui mas rápido que ella y el arpón le atravesó el cerebro saliendo por en medio de los ojos. Luego otra corvina de menor tamaño, que me hubiese servido para la cena, pero que envié al congelador a cambio de cenar una lata de lentejas en jardinera, un poco de guacamole y una tajada de sandía. No había pescado nada considerable, pero había hecho ejercicio, después de casi un mes inactivo. El próximo día me pondré la chaqueta de 3 mm, con un chaleco y un pantalón corto, para evitar pasar calor y rozaduras en las corvas.
Una cosa estaba clara, la bola amarilla flotante, no me dio mucha suerte aquel día. De todas formas, las altas temperaturas de la jornada, próximas a los 40 grados, dejaban la playa, cuando el sol estaba próximo a ocultarse, llena de bañistas que se resistían a abandonar el agua refrescante a 26 grados. Yo había sido un privilegiado, pues 6 horas en remojo, me habían enfriado la sangre y me habían dado energía, aún habiendo perdido calorías. Al salir tomé unas aceitunas rellenas de anchoa y dos cervezas, pues no había bebido ni comido nada desde que entré al agua. Había hecho un copioso desayuno a las 12 del mediodía y me había hidratado en abundancia antes de comenzar a bucear.  Cuando terminé de cenar eran las 23 horas.




martes, 7 de junio de 2016

El día que estrené máscara perdida salí con el aro portapeces vacio. Solo un mero fotogénico vi aquel día



 
 






La mar tenía un oleaje de levante de medio metro, o mas, de altura. Había previsión de levante de fuerza 3 de beafourt. No obstante me metí a bucear. Pensé que por lo menos tendría que aguantar una hora, para hacer un poco de ejercicio. Pero el vaivén de las olas me hacía sentir mareado y daba la sensación que ese día iba a echar el hígado. Aguanté la primera hora, nadando contra la corriente, para que a la vuelta me fuese favorable el regreso con la corriente a favor. Aguanté otra segunda hora y así hasta cinco horas y media luchando contra una corriente y una mar de fondo que hacía una fuerza contra todo lo sumergido, incluyendo al buceador.
Vi dos espetones, a los que,  incomprensiblemente, no conseguí acertar con el arpón en dos ocasiones.
Después, poco antes de iniciar el retorno, en la misma piedra que un año antes lo había visto, estaba el mismo mero. Pesaría un kilo. Guardé el fusil en lugar seguro y eché mano de la cámara fotográfica. El mero se dejaba fotografiar a regañadientes. En las últimas tomas se cabreaba y se marchaba sin dejar tomar la instantánea.
Las gafas que me encontré días antes, previamente desinfectadas y bien lavadas, eran una maravilla. Por su reducidísimo volumen interno, hacían que me sobrase aire en los pulmones para que la apnea durase mas y me cansaba menos. No solo eso, también ofrecían menos resistencia tanto en los descensos como en las ascensiones, incluso en superficie, con lo que los movimientos eran mas rápidos y mas seguros, pudiendo así economizar aire y tiempo.
El agua, en superficie, estaba en 22 grados. Tenía un ligero turbión por encima, debido, principalmente,  a la alta temperatura que hacía descomponerse el plancton, pero también debido a la mar de fondo que removía todo el lecho marino. Mismo equipamiento que el día anterior, con cuatro kilos de lastre en el cinto.

lunes, 6 de junio de 2016

El día de la noche mas calurosa capturé la corvina angustiofila



Con el ánimo de estar buceando hasta la puesta del sol, me metí en el agua a las 15 horas. Tenía unos leves retortijones de vientre, y un poco de nauseas, probablemente consecuencia de la mala alimentación que llevaba durante los últimos cuatro días en que estuve pescando consecutivamente. Dos comidas al día, desayuno y cena, teniendo en cuenta que el desayuno era abundantemente de frutos secos, fruta y kéfir, mientras la comida a base de pescado y guacamole picante. Sea como fuere, aguanté el malestar, pues la mar estaba planchada y la temperatura del agua era ideal, 21 grados centígrados. Llevaba el mismo equipamiento que los dos días anteriores, solo que esta vez me dejé en el cinto tan solo 4 kilos de plomo y bajaba bien a fondos de menos de diez metros. Probablemente la escasa comida y el ejercicio diario de la pescasubmarina, me había dado una acuaticidad exagerada que me hacía necesitar menos kilos de lastre.
No bajé muchas veces solo unas 87. Mientras que el día anterior bajé 106. También estuve una hora menos buceando que el día anterior. Ya estaba aburrido y no se veía pescado, mientras la sensación de nauseas y retortijones no había cesado. Ya había cubierto la jornada con dos corvinas medianas, un salmonete, y al final, a las 20 horas, me encontré el premio al aguante físico, por medio de una corvina grandota. Al final pesó en la báscula de la cocina 1.194 gramos. Era una corvina con mucha fuerza, pues después de haberle disparado atravesándola por detrás de las agallas, sacándole el hígado, tiraba de mi bajo el agua con una energía que ya la quisiera yo aquel día, a esas horas. Terminé clavándole la daga en la cabeza para matarla y que no sufriera el animal, y con ello no produjera ácido láctico, con lo cual la carne hubiera esta mala. El sufrimiento del animal antes de morir, hace mala la carne del pescado.
Cuando llegué a casa, comí a las 23 horas la segunda comida del día. Tostas de guacamole, salmón, queso, tomate y aceitunas. De postre sandia. Me puse las botas, pero esta vez no de salmonetes.

domingo, 5 de junio de 2016

El día que murió Cassius Clay

 
 
 








Con la muerte de Cassius Clay, había muerto un ídolo de nuestra generación. Paradojas de la vida, siendo un gran deportista, murió poco a poco, desde una edad joven cuando solo tenía 40 y pocos años. Ese deporte que tanto me gustaba de pequeño,  mucho mas viendo la forma de boxear de Cassius Clay,  era una fuente cuya agua mataba a quienes lo practicaban. Unos morirían por K.O. en la lona, otros lentamente con el transcurso de los años y pocos llegaban a viejos con salud. Curiosamente, otros que nunca practicaron deporte alguno, vivieron con calidad de vida hasta casi los cien años, por ejemplo Winston Churchil. Según aquel la calidad de vida que tenía a una edad tan avanzada se la debía al deporte. Cuando le preguntaron a qué deporte, él contestó que gracias a que nunca practicó ninguno.
Aquel día en que el agua estaba entre 20 y 21 grados, era agradable bucear. El anticiclón dejaba la mar hecha un mar de plata tranquilo. Mismo equipamiento que el día anterior. No se veía pescado, por lo que me colgué del brazo la Canon y comencé a disparar a las esponjas marinas. Alguien me pregunto antes de meterme si en esa zona había esponjas marinas. No las he visto, le contesté. Pero fijándome, divisé varias. En casi todas las piedras había esponjas. Eso si, de poco tamaño. Las había también negras. Tal vez el tamaño se debiera a la contaminación del agua.
Estuve 6 horas buceando. Era ya el cuarto día consecutivo que buceaba. Los días anteriores solo estuve 5 horas cada día. Hoy había bajado 106 veces. Poco pescado. Una dorada a la que le reventé el ojo al dispararle desde arriba, escondida entre dos piedras con algas. Luego un salmonete de casi 400 gramos. Otra corvina grande que la alcancé al atardecer dentro de su cueva, detrás de un sargo gordo. El tiro de la corvina fue adivinatorio. Solo se veía un resplandor dorado detrás del sargo. Apunté aproximadamente, y la clavé en el ojo. Lo demás todo poco y morralla, para comer.
Cuando salí regalé la pesquera al dueño de la cochera en donde guardo la barca rota, el kayak y la bicicleta. No me había subido el alquiler en 5 años y algunas veces me había regalado calamares. Ahora que no sacaba su barco, le vendría bien comer pescado fresco.

jueves, 2 de junio de 2016

La doncella que hizo un mal contrato de limpieza


 
Me dolía el estómago aquel día. Sentía nauseas desde que entré al agua hasta que llegué a casa y comí. Seguramente la comida del día anterior fue poca y hoy estaba en baja forma. Sea lo que fuere, aguanté 5 horas dándole a las largas aletas sin ver pescado de consideración en cuanto a tamaño. Pocos salmonetes, y fallé muchos disparos, sobre todo en las últimas horas, en las que el estómago me estaba atormentando. No obstante, aún sin ver al banco de magres habitual en la zona y tampoco a los grandes depredadores, si que capturé algunos salmonetes. El agua estaba en 19 grados, me había puesto los dos chalecos y el traje de 5 mm sin peto. En el cinto solo llevaba 4,5 kilos de plomos.
Todo sucedía como siempre, me posicionaba en la vertical de la superficie del agua, sobre un fondo de unos 10 metros, sobre el salmonete o grupo de salmonetes que divisaba desde arriba, después daba el golpe de riñón, hacía las mínimas maniobras de wasalva, para no asustar con las ondas del eco a los salmonetes posados sobre el fondo, apuntaba a la cabeza del salmonete, este a veces se movía huyendo rápido, otras mas despacio y otras no se percataba de que sobre su cabeza a unos metros de distancia había un arpón apuntándole.
Así iba trascurriendo la jornada, el agua estaba muy transparente, el viento de levante no levantaba olas, pero había una mar de fondo, que mareaba. Según el pronostico de meteorología náutica, la mar de fondo era de cerca de medio metro.
Divisé a aquel salmonete desde la superficie. Mientras me ventilaba preparándome para bajar al fondo, vi que una doncella se dirigía cara a cara hacía el salmonete. Entablaron una conversación rápida. Yo pensaba que,  si aprovechaba el momento en el que el salmonete estaba hablando o negociando con el pez doncella, probablemente un servicio de masaje y limpieza, si descendia yo en ese momento de entretenimiento, tal vez el salmonete no me sintiría acercarme y podría capturarlo sin que se moviese. Dí el golpe de riñón, el salmonete estaba negociando con el pez doncella su limpieza y masaje. Me fui acercando mientras apuntaba con el arpón a la cabeza del salmonete, apreté el gatillo, sin darme cuenta que la doncella había concluido el negocio del servicio de limpieza con el salmonete, y estando de acuerdo los dos, ella se colocaba sobre la cabeza del salmonete para iniciar el servicio de limpieza. El arpón, parecía guiado por laser, no podía fallar, atravesó la cabeza del salmonete, pero la doncella también fue atravesada en la cabeza y cayó muerta junto al salmonete. Cogí el salmonete y después a la pequeña doncella, solo para ilustrar la historia, con un mensaje a modo de refrán: -Feliz y servil doncella, antes de hacer un negocio con alguien que va a morir, retírate a tiempo para que sigas siendo feliz y no mueras por llegar a un acuerdo que ya no podrás cumplir porque también habrás muerto-.
Luego vi al pulpo hembra, que días atrás estaba copulando con el macho. Estaba en su cueva, no había comido, ni salido en varios días, pues la puerta de la cueva estaba como si nadie hubiese entrado ni salido en varios días. Estaba allí la enorme hembra de pulpo incubando sus huevos y dándoles oxigeno con su cuerpo bombeando agua constantemente. No abandonaría la cueva, mientras tuviese que cumplir su misión de madre. Ni siquiera la abandonaría para buscar alimento. Así que la dejé tranquila hacer su función reproductora en beneficio del ecosistema y me marché de allí, pensando lo ricos que están los pulpos asados en el horno.