Mayo, el mes de las sepias, tocaba a su fin. El cerco de los vientos sempiternos de levante, solo dejaban aquel día 25 de mayo, la oportunidad de salir fuera del Cantón establecido en aquel maldito lugar, en el que, el diario vendaval de levante no cesaba. Había que salir fuera en busca de provisiones de sepias, pues, cuando finalizase mayo, aquellas desparecerían o morirían de muerte natural después de desovar. El lugar de las sepias era solo aquel.
Por dichos motivos y harto ya de que la mala mar me impidiese todos los días bucear, me lancé con el coche a tragar kilómetros. Sabía que comería aquel día a la una de la madrugada. El desgaste era considerable después de estar 6 horas buceando y hacer una sola comida. Pero el espíritu espartano contra el maldito viento, no me dejaba opción posible, o me iba del Cantón donde vivía, o moriría por inactividad como Mister Witt en el Cantón, aquel bonito libro de Ramón J. Sender. No disponía de la fragata Numancia, ni de la Tetuán, ni tampoco de la pericia del capitán Alberto Colau, tal como narra la historia, pero tenía que intentarlo.
Me puse el traje de 5 mm sin peto, un chaleco de 3 mm., en el cinto llevaba 4 kilos de plomos y en un chaleco, encima del traje en la espalda, otro kilo y ochocientos gramos. En total 5 kilos y ochocientos gramos de lastre. El agua estaba en 20 grados. Era muy agradable bucear con esa temperatura. Se veía bullir mucha vida de pequeños peces, chirretes, palometas, espetones, magres, salmonetes, etc. No vi meros.
Inicié el recorrido por la línea que formaban las algas con la arena, para intentar divisar alguna sepia enterrada en la arena, pues había iniciado la jornada de buceo a las 15 horas, y los animales se escondían del sol, enterrándose en la arena. En un largo recorrido que duró dos horas, solo pude ver y capturar 4 sepias. Luego inicié, mar a través otro largo recorrido en dirección a los acantilados, pensando en ver al atardecer algún mero esconderse. Pero no vi ninguno, a pesar de que bajé algunas veces a mirar debajo de las piedras. Llevaba ya 5 horas buceando, cuando un amigo y conocido pescador artesanal de barco del lugar, que estaba faenando con las redes, requirió mi ayuda para quitarle el enredo que la red y las jarcias de gruesa cuerda, le habían formado en el eje de la hélice de su barco, que quedó atrapado y sin poder utilizar el motor. Estaba completamente inutilizado por el dichoso enredo. Me empleé a fondo con mi corta daga, con otro cuchillo que me dejó el pescador, pero que al ser de tipo navaja se cerraba. Llevaba yo otro cuchillo un poco mas largo bastante oxidado. A duras penas, durante toda una larga hora, estuve trabajando para desenredar la maldita red. Al final lo conseguí, dada mi tozudez en el empeño y, por fin, el barco pudo navegar y utilizar la hélice y el motor. Hasta entonces solo había capturado 6 salmonetes pequeños para comer aquel día y 4 sepias que congelé, para comer o regalar en días posteriores. Eran las 21 horas y el sol se iba a poner en el horizonte marino. Así que tuve que nadar contra corriente al volver el acantilado y por fin llegué a la orilla, donde, mi amigo el Sabio Borriquete, me estaba esperando para ver el resultado de aquella jornada.
Recogí el equipo en una hora y otra hora y media de carretera para desandar los casi 80 kilómetros que me separaban del Cantón de donde salí, es decir de mi casa. Después de guardar el pescado, asearme y preparar la cena-comida, terminé de alimentarme a la una de la madrugada. Al día siguiente tendría que madrugar, pero no podía acostarme antes de las 2 de la madrugada, hasta que la comida se asentara un poco en el sufrido estómago.
Pero había merecido la pena, el paisaje submarino, la mar tranquila y transparente y la abundante fauna del típico lugar, una costa y poblado de pescadores, me llenaron de satisfacción y alegría. Porque las penas, no son nada, si se tiene motivación, ilusión y alegría. Esta vez, no solo el poder bucear a resguardo del levante, sino el haber podido capturar algunas sepias y haber ayudado a aquel pescador, que de otra forma hubiese tenido que remolcar su barco con ayuda de terceros, fue todo lo que pudo dar la grata jornada de pesca. Y, por si ello fuese poco, acallar a mi amigo Borriquete, que piensa y me dice que, no buceo aunque la mar esté buena. Si que está buena a 80 kilómetros, pero no en el Cantón, donde me ha tocado vivir.





2 comentarios:
Alberto Colau según Galdos, Nicolas Colau según Sender.
así es
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