Aquel día me despertó un pescador submarino del lugar. Traía una pequeña lubina de dos kilos, para enseñármela y ponerme los dientes largos, como si yo fuese un pescador novato, un aprendiz de pesca submarina, o un síndrome sin diagnosticar. Al preguntarle el lugar en donde se le había aparecido la Virgen en forma de lubina, el mal excompañero de pesca submarina, no me lo quiso decir. Por supuesto, que yo solo le eché la maldición del arriero: "arrieros somos y en el camino nos encontraremos". Pero lo hice para mis adentros, pues no hace falta ser muy espabilado, para entender ese principio ético y moral, llamado reciprocidad. En fin, besugos, hay muchos en la mar, por lo que encontrarse uno, no es casualidad. Lo otro, encontrarse un besugo en tierra y con escamas, tomándote por tonto, o imbécil, eso ya es otro cantar.
La jornada de pesca se desarrolló, de una forma agradable, cazando magres o herreras, afinando puntería, como si fuese quincallería barata de verano. El agua estaba en 15 grados. Un poco de mar de fondo movía los restos de algas muertas, imposibilitando que hubiese sepias.
Vi un banco de mújoles, entre ellos algunos de casi 5 kilos. No me atrevía a zambullirme, pues estaban debajo mío y en el momento que moviese el agua, desaparecerían de estampida. No obstante, se fueron alejando lentamente, sin dejarme apuntar a ninguno, dada la distancia a la que se encontraban de la punta de mi arpón. Luego, a la vuelta, vi un banco de pequeñas lubinas de no mas de un kilo. Aquellas hicieron lo mismo que los mújoles, mientras yo esperaba ver una mas grande y apuntarle.
De recogida, vi, debajo de una gran roca, las patas de lo que parecía un pulpo grande. Apunté a su ojo y disparé. Tiré del arpón, pero el pulpo se desclavó. Le clavé con la mano de nuevo el arpón y cogí el gancho sarraceno, para extraerlo. Tiré del arpón y del gancho sarraceno a la vez. El pulpo estaba agarrado a la roca, con una fuerza superior a la que yo hacía. Una segunda vez lo intenté, creyendo haber extraido al pulpo, me di cuenta que lo que le había arrancado era media cabeza con 6 patas, mientras las otras dos patas y el resto de cabeza estaban allí, en la roca. En otra bajada, conseguí extraer lo que quedaba del noble animal. Podría decirse que la muerte del pulpo fue horrenda, pero no, el pulpo no estaba muerto, ninguno de los dos trozos había muerto, tenían vida propia. Intenté clavar el cuchillo en la parte mas grande de cabeza que tenía uno de los trozos, para darle muerte. Pero no, el pulpo no moría. Su dos trozos separados y desmembrados tenían un halo de vida que ya quisiera yo tener para mi. Era inaudito, inconcebible. Aquello solo podía ser obra de una maldición. Pensé en el pescador y su maldita lubina, que habían venido a visitarme muy de mañana. Yo no maldije nada ni blasfemé en esos fatídicos momentos. De vuelta clavé dos salmonetes.
Al salir, me di cuenta que había perdido el cuchillo. Tal vez cuando intenté dar muerte al pulpo, o, quizás cuando rematé a uno de los salmonetes. El próximo día tendría que volver por el camino del día anterior a buscar el cuchillo, pues no iba a colocarme un cuchillo de cocina, como hacen otros pescadores submarinos, como aquel que vino a enseñarme la lubina. Siempre hay que hacer algún bricolaje, pero eso de llevar en la pesca submarina un cuchillo de hoja fina de cocina, mas bien es una calamidad, por no decir una dejadez y un abandono en cuanto a material. Tal vez eso no impida pescar, pero lo que si esta claro, es que impide pescar con seguridad, porque si las armas las carga el diablo y las situaciones imprevisibles y desagradables vienen solas, para que tentar la suerte, llevando un cuchillo miserable de cocina en la pantorrilla, para hacer pesca submarina. Por si la maldita lubina y su pescador, no me hubiesen maldecido bastante, también pinché la boya antes de meterme, con lo que tuve que añadir una garrafa vacía, a modo de acompañamiento, por si la boya se hubiese desinflado de nuevo. Asimismo, jamás me metería sin boya. Otros pescadores si, como aquel de la lubina maldita. Sea como fuere, menos mal que todos somos distintos, sino, algún día podíamos llegar a las manos, al querer todos la misma cosa y no haber cosa para todos. Por desgracia, en esto de la pesca submarina, algunos pierden amigos y compañeros, en beneficio de sus pesqueras y de su cartera, creyendo falsamente que si hablan con amigos o compañeros, estos podrían quitarle y esquilmarles sus lugares de pesca, que no son otra cosa que tiñalperías de merluzo, o merlucerias de tiñalpa. Con lo ancha y grande que es la mar y cabemos todos. Pero esa es otra historia, que nada tiene que ver con la pesca submarina recreativa.












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