Aquel día, decidí salir del agujero de la rata. El zorro, ya había metido su hocico en dicho agujero aquella madrugada. El Bien Emérito del lugar, también había ganado su jornal, aplicando el protocolo al zorro hociqueador. Solo me quedaba emigrar a la Costa de los Congrios Muertos. El lugar es tétrico, pues los cadáveres de enormes congrios, se encuentran por doquier en el fondo marino. Podría pensarse que se trata de una intoxicación por el alga Caulerpa Taxifolia, que abunda por aquel lugar, en mayor medida que la posidonia oceánica. Pero no. La causa de la muerte de aquellos enormes congrios, tan vez se deba a la depredación humana. Algunos cañeros, colgados de los acantilados practicaban la pesca con sus cañas de lanzar. Tal vez, una vez pescados los congrios, los tirasen al mar, después de extraerles una buena loncha del lomo, próxima a la cabeza. Matar para desperdiciar. Una sola loncha, no legitima matar a un animal marino. Sea como fuere continué nadando, mirando el fondo, bajando de vez en cuando, sin ver rastro de vida en aquel lugar. Algún mero de aproximadamente un kilo, se dejaba ver, pero, no tantos como en el Agujero de la Rata. Las gaviotas apenas anidaban en aquella costa. Aquello era una señal de que, no había peces. Los pinos rastreros, pretendían zambullirse en el mar. Las altas cumbre de la Teta Infinita, se divisaban desde el mar. Tal vez, la vida en aquel lugar, estaba en la tierra, no en el agua.
Al terminar la jornada, pregunté a un pescador de caña que recogía sus aparejos en su coche, si había tenido suerte, me dijo que allí no había pescado. Claro, yo solo dispare dos tiros, a una lubina de ración, que al moverse me hizo mover la mano mientras apretaba el gatillo, errando el tiro, y a un salmonete que hizo lo mismo.
Otro día será, la Costa de los Congrios Muertos, entre la Teta Infinita y el Pato, no me dio buen resultado aquel día. Tendría que volver a bucear en la Merluceria del Tiñalpa, o, en el Agujero de la Rata, o, tal vez, en la Tiñalpería del Merluzo.
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