El agua continuaba en 15 grados. El traje de 7 mm, nuevo, dos chalecos, 1,6 kilos de plomo en el chaleco y 6,5 en el cinto, fueron los elementos necesarios para bucear aquel día, sin pasar frio. Total, a la profundidad de unos 8 y 10 metros, era necesario lastrarse así. Para mayor profundidad, con solo 7 kilos, hubiese bastado.
Me dirigí en dirección a la Isla de las Gaviotas, en donde no solo había gaviotas, sino también cormoranes y palomas. Cuando llegué a la punta meridional, la fuerte marejada, de mar de fondo del suroeste, me impidió continuar. Algunos barcos de pesca, rodeados de gaviotas hambrientas, volvían a su puerto, cargados de pescado, aparentemente, ya que la línea de flotación de sus barcos estaba casi sumergida. Eso, lo sabían las gaviotas y les seguían, pidiéndoles el descarte de pequeñas piezas que los pescadores suelen tirar, antes de entrar a puerto para el desembarque en la lonja de pescado de las cajas extraídas del mar. Cuando dejé de observar al barco en superficie, metí la cabeza bajo el agua y continué buceando.
Algo atrajo mi atención. Desde la superficie observé una cosa que estaba atada al fondo, parecía un cabo deshilachado. Me aproximé, adivinando el macabro hallazgo. Aquello, no era un cabo, era una lienza de pescador de caña, con algunos peces colgados en sus anzuelos, que había quedado atrapada en el fondo, entre las rocas. También tenía atrapado un cormorán. El noble y submarino cazador, animal palmípedo y con pico puntiagudo, había querido atrapar a uno de los peces enganchados en los anzuelos, quedándosele el anzuelo atravesado en su largo gaznate. El pobre animal, que no puede respirar bajo el agua, aunque aguante mucho tiempo en apnea pescando, tuvo que tener una muerte incomprensible para él. Aquel pescado que tragó era el diablo, le había atrapado por el gaznate y le dio muerte bajo el agua. A él, un experto cazador submarino. Cuantas sorpresas se puede uno encontrar bajo el mundo acuático. Cuanta inteligencia animal pulula bajo las aguas y, comparado con ello, las acciones de los humanos, me parecen mas propias de animales incontrolados que de personas civilizadas.
Otro ejemplo me sucedió, cuando de entre las posidonias vi salir, a toda velocidad, algo parecido a un pequeño calamar. El animal, lanzó sus dos tentáculos cazadores y atrapó un pequeño pez, que tragó en un plis plas. Me di cuenta que era una sepia, cuando el arpón le atravesó el cerebro, mientras tragaba al pez. Otro cazador cazado en el momento de su caza, por obra del ser humano, que, en estos trances, no tenemos nada de humanos.
Después me encontré con otro cormorán, este estaba vivo, posado sobre una gran roca de la Isla. Me fui acercando a él, cámara en ristre. El animal no se asustó y emprendió el vuelo hasta que casi le toqué la pata con la cámara. Son nobles, los animales. Ellos confían en la naturaleza. Pero, la naturaleza se la cambiamos los humanos, llenándoles de mierda su hábitat y cazándolos en desigualdad de armas. Ellos, siempre tienen las de perder, pues están indefensos ante la tecnología armamentística de los humanos. Ellos, no han avanzado su tecnología en milenios. Siguen cazando igual que hace 4.000 años, por poner un ejemplo. Pero, lo que si han aprendido en ese tiempo, es a desconfiar de los humanos, a aprovecharse de los desperdicios de los humanos. En fin, se han unido a su enemigo, para sacar provecho de tanta basura humana suelta.
Ya, de recogida, pues el sol se estaba poniendo, divisé un pulpo. Le miré al animal. Su inteligencia me dejó anonadado, pero su tamaño estimuló a mi fusil a soltarle un arponazo entre los ojos. La muerte del arpón no se abrió y pude extraer el arpón. El pulpo se metió en su cueva, cogiendo con sus tentáculos piedras redondas para taparse su cuerpo. Pero, cometió la imprudencia de mirar con sus ojos por un resquicio de sus escudos de bolos. El arpón traicionero le penetro esta vez, habriendose la muerte. En el mismo instante que una sacudida extractora del brazo le sacó de su guarida, aún agarrado a sus piedras que utilizó a modo de escudos. Varios puntazos de cuchillo entre sus ojos, le hizo al pobre pulpo sentir la muerte incomprensible del ser humano, que mata por matar, no para comer. El pulpo y los demás animales, solo matan cuando tienen hambre. En eso el ser humano, va contra la naturaleza. Alterando la naturaleza, altera su propio paraíso. Dentro de poco, si esto sigue así, el ser humano comerá mierda, como hacen las ratas, metido y escondido en un agujero, porque nos habremos cargado la tierra.
Lógicamente, cuando divisé al segundo pulpo, viendo que salió a saludarme abrazando mi plomo, no pude hacer otra cosa que indicarle que tuviese cuidado con los humanos, que hay por ahí suelto, el llamado y conocido como "merluzo megalodón", que no siente ni padece, solo es un depredador sin sentimientos, que mata por causas inconfesables ante la Ley. Si llegará algún día a confesarlas, la justicia le daría las del "Pulpo". Y esa vez, la norma sancionadora mas favorable, no le favorecería, porque la reincidencia se sanciona con mayor pena.
Una pena, que los días tan cortos como son, solo pude estar 4 horas buceando. Total, para cometer crímenes como los que vi, y cometí, mas vale coger la bici.








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